Las elecciones colombianas volvieron a mostrar la debilidad de las encuestas como instrumento de predicción. No solo en ese país. Fallaron en los Estados Unidos, Ecuador, Chile y Bolivia. En la última semana de publicaciones todas las empresas que trabajaron en Colombia daban una ventaja clara en primera vuelta al candidato Iván Cepeda, respaldado por el presidente Gustavo Petro, seguido, lejanamente por Abelardo De la Espriella y por Paloma Valencia. Todas ellas se equivocaron. Finalmente, De la Espriella obtuvo en los comicios un 43,7 % de los votos frente al 40,9 % de Cepeda.Hay varios elementos que explicarían ese fallo desde la especulación política, sin entrar en la técnica demográfica y estadística. El primero de ellos es el sesgo inevitable que se produce en sociedades altamente polarizadas. En Colombia, como en otros países, hubo encuestadores que generaron datos para producir propaganda y que son, por principio desconfiables, en sus pronósticos. Hay incluso entidades internacionales que yerran en todos los países donde trabajan porque están asociadas a una tendencia. Otro factor es que, a pesar de que el diseño de la muestra estadística pueda ser correcto, las respuestas no garantizan que se diga verazmente la intención de voto. Miedo, por ejemplo en contextos violentos; censura social en entornos altamente polarizados, donde se descalifican actitudes o conductas de ciertos candidatos y vuelven vergonzante afirmar que se votará por ellos; o, la deliberada intención de confundir con las respuestas, porque se sospecha de la simpatía de los encuestadores hacia alguien. Todas estas son actitudes comunes de los indagados. El caso es que las predicciones no son confiables dados los antecedentes de los últimos años.Los resultados electorales en Colombia tuvieron varios protagonistas y una de sus características es que actores externos a las candidaturas fueron extremadamente visibles en la campaña. Los dos casos emblemáticos fueron los del expresidente Álvaro Uribe, figura determinante de la política colombiana en el siglo XXI, y del propio presidente Petro. A juzgar por los resultados, ambos fueron golpeados por los votantes. Si bien De la Espriella fue denunciado por sus rivales como una encarnación de lo más negativo de las políticas de Uribe, él no fue su candidato, corrió por su cuenta y en más de una ocasión intercambió ásperas hostilidades con el Centro Democrático. El ganador de la primera vuelta parece haber iniciado el proceso de jubilación del líder histórico de las derechas colombianas.Cepeda, por su parte, tuvo que competir no solo contra sus rivales sino también con un caudillo que lo respaldaba, pero que no pudo contener su pasión por las luminarias y su vocación por ser el foco de la atención, como se ha dicho en innumerables comentarios en Colombia. El candidato presidencial debe ser, dicen los que saben, el jefe político y el centro de la campaña. No fue el caso. Aun después de la elección, Petro sigue atrayendo las luces con sus denuncias de fraude, y no sorprende que la primera encuesta (que puede equivocarse) le dé una ventaja de 50 a 42 a De la Espriella en segunda vuelta. (O)