Tenemos asumido que el cerebro envejece igual que el resto del cuerpo. Cuando nacemos, está en una fase de desarrollo, crece y, hacia los 18 años, llega a una especie de meseta en la que permanece durante la edad adulta. A partir de cierto momento, empieza a deteriorarse. Sin embargo, “esa visión ya no se sostiene; el cerebro es un órgano que está en desarrollo continuo desde que nacemos hasta el final de la vida”. Así de rotundo se muestra el neurólogo Álvaro Pascual-Leone, catedrático de la Harvard Medical School y una de las mayores autoridades mundiales en estimulación cerebral y salud cognitiva.“La idea de que con la edad lo único que podemos esperar es no perder demasiadas capacidades cerebrales es falsa”, afirma el también profesor de neurología en la Facultad de Medicina de Harvard, científico principal del Instituto Hinda y Arthur Marcus para la Investigación del Envejecimiento y director médico del Centro Deanna y Sidney Wolk para la Salud de la Memoria en Hebrew SeniorLife (HSL) en Boston. Hay capacidades que funcionan mejor en la juventud, como la velocidad de procesamiento o la facilidad para aprender rápidamente; sin embargo, otras mejoran con la edad, como el conocimiento acumulado, el vocabulario, la capacidad de ver el contexto general o la precisión conceptual, lo que se denomina la inteligencia cristalizada. Por eso, defiende que debemos abandonar la idea de mantener un cerebro joven y sustituirla por mantener la salud cerebral a lo largo de nuestra vida.Lee tambiénEl cerebro, mantiene, no entra nunca en una fase de estancamiento, sino que cambia constantemente. El problema es que seguimos abordando la salud cerebral como tratábamos otras enfermedades hace décadas: mientras la cardiología o la oncología han avanzado hacia modelos preventivos, en neurología seguimos esperando a que aparezcan los síntomas.“Si a los 65 años empiezas a notar problemas de memoria, la enfermedad puede llevar desarrollándose quince años antes”, asegura. Por eso, Pascual-Leone –que está estos días en Madrid para participar precisamente en un encuentro sobre el futuro de la neurología– cree firmemente que ha llegado el momento de cambiar radicalmente de paradigma, dejar de pensar solo en enfermedades neurológicas y empezar a hablar de salud cerebral.Cuando hablamos de longevidad, solemos pensar en el corazón. ¿Por qué cuesta incluir al cerebro en la conversación?Porque nos hemos acostumbrado a asociar determinados hábitos al corazón o a la salud física, pero no a la salud cerebral. Sin embargo, el cerebro es fundamental no solo para nuestra capacidad cognitiva, sino para la salud general del organismo. La mitad del tiempo nuestro cerebro está permitiéndonos relacionarnos con el mundo exterior, pero la otra mitad está monitorizando nuestro propio cuerpo y regulando funciones esenciales. Por eso, el cerebro es crítico y puede favorecer nuestra salud general o contribuir a deteriorarla dependiendo de cómo funcione.¿Cuándo empieza a envejecer el cerebro?Durante mucho tiempo hemos pensado que el cerebro iba madurando igual que el organismo y hacia los 60 o 65 años empezaba a decaer, asociándolo al concepto de ancianidad en sentido peyorativo. Hoy sabemos que esa visión no refleja la realidad biológica. Debemos entender el cerebro como un órgano en desarrollo continuo y, en ese proceso, el objetivo debe ser mantener la capacidad funcional y la salud cerebral. Cuando esa capacidad se deteriora, suele existir una enfermedad.¿Solo perdemos capacidades entonces por una enfermedad, o también por no cuidar nuestra salud cerebral?Cuando hablo de enfermedad, no me refiero solamente a una lesión patológica en el cerebro o en el sistema nervioso, sino a factores como el estrés, hábitos de vida inadecuados o situaciones que alteran el funcionamiento cerebral, como insultos, daños, ataques que produzcan una disfunción. Aunque no produzcan una lesión estructural, alteran la forma de funcionar del cerebro. Precisamente, esa capacidad plástica tan fantástica que tiene el cerebro hace que la función determine la estructura y la estructura determine la función en un bucle cerrado. ¿Podría poner un ejemplo?Si una persona se empeña —porque la han educado así— en ser muy obsesiva, acaba reforzando circuitos cerebrales que promueven obsesiones. Por tanto, no se trata solo de que haya un infarto cerebral, un tumor o una demencia por enfermedad neurodegenerativa; la ausencia de retos cognitivos, el aislamiento social, la falta de un propósito vital claro, solo ver el lado negativo de las cosas… son factores que acaban dando lugar a estructuras cerebrales que promueven discapacidad.Si nos preocupamos por nuestro cerebro a los 60, ¿estamos llegando tarde?Estamos llegando tardísimo. Sabemos que enfermedades como el alzhéimer pueden llevar desarrollándose una media de quince o veinte años antes de que aparezcan los primeros síntomas. Dicho de otra manera, si una persona empieza a notar problemas de memoria a los 65 años, probablemente la enfermedad estaba presente mucho antes. También sabemos que algunos factores de riesgo de desarrollar demencia actúan décadas antes, a los 25 o los 30. Por ejemplo, tener sobrepeso a los 30 años aumenta el riesgo de desarrollar determinadas enfermedades neurológicas muchos años después. Esto es muy importante si tenemos en cuenta que una de cada dos personas de 85 años tiene demencia. El problema es que muchas discapacidades neurológicas empiezan a manifestarse entre los 50 y los 65 años, pero la edad es solo el detonante de esa manifestación, no la causa que, probablemente, surge muchos años antes.Si una persona empieza a notar problemas de memoria a los 65 años, probablemente la enfermedad estaba presente mucho antesÁlvaro Pascual-LeoneCuidar la salud cerebral es cuidar la salud en general. Getty ImagesUsted defiende que tener una enfermedad neurológica no significa necesariamente desarrollar demencia.Exacto, y esto es importantísimo entenderlo. Si tenemos una enfermedad neurológica teniendo una buena salud cerebral, las expectativas son mejores. Volviendo al ejemplo del alzhéimer, solemos pensar que recibir el diagnóstico lleva obligatoriamente a desarrollar demencia, pero la realidad es que el cerebro dispone de una reserva cognitiva y resiliencia, es decir, tiene capacidad para mantener su funcionamiento a pesar de la presencia de una enfermedad. Hay personas con cambios cerebrales compatibles con la enfermedad de Alzheimer que nunca desarrollan síntomas cognitivos a lo largo de su vida porque mantienen una buena salud cerebral. Por eso es importante cuidar la salud cerebral, que no significa que haya ausencia de enfermedad, sino que mejora cómo funciona el cerebro cuando eso se produce.Si tuviera que diseñar un plan de salud cerebral para una persona de 40 años, ¿por dónde empezaría?Por un plan de medición, un chequeo de cómo está rindiendo el cerebro y cómo funciona fisiológicamente. Creo que hay que empoderar a las personas para que puedan monitorizar su salud cerebral y actuar en consecuencia. Igual que utilizamos una báscula para saber si estamos ganando peso antes de que la ropa deje de servirnos, necesitamos herramientas que nos permitan seguir la evolución de nuestro cerebro. Hay cada vez más compañías que desarrollan herramientas que usan marcadores digitales del comportamiento para extraer predicciones de cómo está funcionando el cerebro. Gracias al machine learning y a la inteligencia artificial, pueden detectar cambios sutiles en nuestro comportamiento cotidiano: cómo hablamos, cómo caminamos, nadamos, escribimos o cómo realizamos varias tareas al mismo tiempo. Son las huellas digitales de cómo actúa nuestro cerebro.Lee también¿Y es posible medirlo?Por ejemplo, el teléfono que llevo en el bolsillo sabe si estoy hablando, cómo estoy andando, si lo hago a mi ritmo normal o me estoy enlenteciendo, etcétera. Sabemos también que si una persona tiene dificultades para realizar dos tareas sencillas como hablar y andar a la vez, lo que cognitivamente llamamos una tarea dual, puede tener una disminución de su reserva cognitiva o alguna alteración como el estrés que debe ser estudiada. Es decir, cuando el coste de una tarea dual se hace excesivo, la reserva cerebral de esa persona está sufriendo.¿Qué pesa más en la salud cerebral, la genética o el estilo de vida?Creo que no se pueden separar. La genética crea el cauce del río, pero todo lo que nos ocurre a lo largo de la vida va modificando ese cauce. Los hábitos, las experiencias, las expectativas y el entorno influyen sobre la expresión de los genes a través de mecanismos epigenéticos, de modo que el cerebro es el resultado de una interacción constante entre la herencia biológica y la vida vivida. De nuevo, si nos fijamos en el alzhéimer, las personas que heredan dos copias de la variante genética APOE4 desarrollarán la enfermedad, pero no todas llegarán a sufrir demencia o deterioro cognitivo. Aproximadamente un 30 % nunca desarrolla síntomas. Y esa diferencia no está en los genes, sino en factores relacionados con el estilo de vida, el ejercicio físico, la reserva cognitiva o el propósito vital. No podemos cambiar nuestra genética, pero sí podemos cambiar cómo vivimos. Según distintos estudios, entre un 40 % y un 80 % de las enfermedades neurodegenerativas podrían prevenirse o retrasarse mediante hábitos de vida adecuados.Al hablar de hábitos saludables solemos pensar en sueño, alimentación o ejercicio. ¿Cuál pesa más para la salud cerebral?Según los datos del estudio poblacional Barcelona Brain Health Initiative, el BBHI, que tuve el honor de iniciar y de dirigir durante muchos años, los factores que más protegen la salud cerebral son tener un propósito vital y no sentirse solo. Son las dos cosas más importantes y no solo por su impacto directo sobre el cerebro, sino porque potencian la eficacia de otros hábitos saludables. Las personas que mantienen un propósito que las trasciende y las conecta con los demás suelen obtener también mayores beneficios del resto de comportamientos protectores. En este contexto, la soledad no se mide por el número de personas que rodean a alguien, sino por cómo vive sus relaciones. Lo importante no es estar físicamente solo, sino sentirse solo. Del mismo modo, el propósito vital que protege al cerebro no es el centrado exclusivamente en uno mismo, sino aquel que proyecta a la persona hacia los demás. Parte de lo que estamos entendiendo del cerebro humano es que se desarrolla como una herramienta para conectarnos con el otro; por eso los vínculos sociales significativos y los proyectos con sentido colectivo son mucho más que elementos de bienestar emocional, son factores clave para preservar la salud cerebral a largo plazo.Como referencia mundial que es en estimulación cerebral, ¿estamos cerca de poder prevenir el deterioro cognitivo?La neuroestimulación ha demostrado que puede mejorar la función cognitiva en personas con deterioro cognitivo, pero todavía es pronto para afirmar que permita prevenir enfermedades neurodegenerativas. Ojalá estuviéramos ya ahí. Hay estudios que han confirmado que determinadas técnicas de estimulación cerebral pueden ayudar a recuperar capacidades cognitivas y aumentar la resiliencia o reserva cognitiva del cerebro, pero todavía no se ha demostrado si ese refuerzo acaba traduciéndose en una reducción real del riesgo de desarrollar síntomas de enfermedades neurológicas. Eso es lo que pensamos que debería pasar, que si fortalecemos el cerebro antes de que aparezcan los síntomas, se puede retrasar o incluso evitar la manifestación clínica, pero aún no tenemos respuestas concluyentes.Todavía es pronto para afirmar que la neuroestimulación permita prevenir enfermedades neurodegenerativasÁlvaro Pascual-Leone¿Qué cambia esto respecto a lo que ya se sabía de la memoria?Una de las ideas que más está cambiando la neurociencia actual es la forma de entender la memoria. Frente a la visión clásica de los recuerdos como archivos almacenados en un lugar concreto del cerebro, ahora sabemos que es un proceso mucho más dinámico. Cada vez que recordamos una experiencia, no nos limitamos a recuperarla, sino que la recreamos y la reconstruimos. Ese acto de evocación modifica tanto el contenido del recuerdo como los circuitos cerebrales que lo sustentan, de modo que memoria y cerebro evolucionan conjuntamente. Esta visión abre nuevas posibilidades para comprender tanto la vulnerabilidad como la capacidad de adaptación del sistema nervioso.¿Y qué hay de las señales de alerta?En cuanto a las señales de alerta, hay que distinguir entre los olvidos cotidianos y los problemas que merecen atención. Olvidar el nombre de un restaurante o de una persona no suele ser preocupante; más relevante es perder el contexto de una experiencia, repetir las mismas preguntas o no recordar hechos recientes que deberían haberse consolidado. Aun así, el objetivo no es preocuparnos cuando aparecen esos síntomas, sino ocuparnos antes, porque la detección precoz permite identificar alteraciones cerebrales mucho antes de que los fallos de memoria sean evidentes.Aprender nuevas habilidades refuerza la salud cerebral. Transcendent / Europa PressSi una persona pudiera hacer tres cosas para proteger su cerebro durante los próximos años, ¿qué le recomendaría?La primera sería abandonar la idea de que los problemas neurológicos son inevitables, sino tomar la determinación de una actitud proactiva de velar por tu cerebro. A partir de ahí, la segunda sería intentar conocer mejor cómo está funcionando el cerebro y hablar de ello con tu médico de cabecera para buscar maneras de evaluarlo. Y la tercera, seguir aprendiendo. El cerebro es una máquina diseñada para aprender continuamente; lo importante no es repetir siempre lo que ya sabemos hacer, sino enfrentarnos a nuevos retos. Si nunca has bailado, aprende a bailar; si nunca has jugado al ajedrez, aprende; si nunca has estudiado una determinada disciplina, empieza ahora. Mantener esa capacidad de aprender, junto con un propósito vital que nos conecte con los demás, es probablemente una de las mejores inversiones que podemos hacer por nuestra salud cerebral.
Álvaro Pascual-Leone, neurólogo: “Los dos factores que más protegen el cerebro son tener un propósito vital y no sentirse solo”
Catedrático de la Harvard Medical School, Pascual-Leone sostiene que los problemas en la salud cerebral comienzan décadas antes de los primeros olvidos y que muchos casos de deterioro cognitivo podrían prevenirse actuando sobre el estilo de vida














