Desde GinebraEl comercio del futuro no puede basarse en destruir los recursos que sostienen la vida.

Una relación que ya no se puede ignorar, es el Comercio y el Cambio Climatico. Durante años, el comercio internacional fue presentado como una vía casi automática hacia el desarrollo: más exportaciones, más inversión, más empleo y mayor crecimiento económico. Sin embargo, en pleno siglo XXI, esa visión resulta incompleta si no se incorpora una pregunta urgente: ¿qué costo ambiental tiene la forma en que producimos, transportamos y consumimos bienes alrededor del mundo?

El cambio climático ya no es una amenaza lejana. Sus efectos se observan en sequías prolongadas, inundaciones, pérdida de cultivos, aumento de temperaturas y fenómenos naturales cada vez más intensos. Paradójicamente, muchos países que menos han contribuido a la crisis climática son los que más sufren sus consecuencias. En ese contexto, el comercio debe dejar de verse únicamente como una herramienta económica y comenzar a entenderse también como una herramienta ambiental y social.

El comercio global depende de cadenas de suministro extensas. Un producto puede ser diseñado en un país, fabricado en otro, ensamblado en un tercero y vendido al otro lado del planeta. Esa dinámica ha reducido costos y ampliado mercados, pero también ha incrementado emisiones de gases de efecto invernadero por transporte, producción industrial y uso intensivo de recursos naturales. No se trata de rechazar el comercio, sino de transformarlo.