Si hace veinte años alguien hubiera dicho que el coche eléctrico sería una alternativa real, que las energías renovables competirían en precio con las tradicionales, que los productos ecológicos crecerían de forma sostenida o que factores climáticos y sociales influirían en el acceso al crédito y en la valoración de activos, la respuesta habría sido siempre la misma: imposible. Dos décadas después, aquel “imposible” y la realidad vuelven a encontrarse. Y con ello, también cae uno de los grandes mitos en torno a la sostenibilidad: que era, ante todo, un discurso. Hoy es ya un motor tangible de transformación en sectores clave de la economía -movilidad, energía, construcción, moda o tecnología- y ha generado nuevos millonarios. Durante mucho tiempo, la sostenibilidad se entendió como un imperativo moral, reputacional o regulatorio. También se asumió que sostenibilidad y rentabilidad eran conceptos en tensión. Esa idea, en muchos casos, sigue presente. Sin embargo, los datos de los que hoy disponemos empiezan a desmentirla. No solo son compatibles, sino que en muchos casos la sostenibilidad actúa como variable explicativa de los resultados de las empresas líderes hoy generando impacto tangible, no siempre positivo para algunos, aunque bueno para todos en el largo plazo. En el fondo, lo que está cambiando es el propio concepto de valor. Durante años, el valor se ha medido en términos financieros y, después, desde una perspectiva más amplia hacia los grupos de interés, incorporando ideas como el “valor compartido” o los marcos ESG. "Hemos hablado más de qué medir que de qué resultados se generan" Sin embargo, en muchos casos, la conversación se ha quedado en el terreno del discurso y del reporting. Hemos hablado más de qué medir que de qué resultados se generan. Y ahí es donde empieza a cambiar el enfoque: de medir la sostenibilidad a entender el impacto tangible que genera. En ese contexto, asistimos al fin de la sostenibilidad como discurso y al tiempo del impacto tangible. Un enfoque estructurado en tres dimensiones, que no son arbitrarias, sino el resultado de la evolución del propio concepto de valor en la empresa. La primera recoge todo el conocimiento acumulado en torno a la valoración financiera de las compañías, donde el impacto se traduce en ingresos, costes y decisiones de inversión. Es el terreno más desarrollado, donde la conexión entre sostenibilidad y resultados empieza a ser medible. TE PUEDE INTERESAR Si analizáramos el IBEX 35 como si se tratara de una sola gran empresa, las conclusiones serían claras. Hoy, un 22 % de sus ingresos procede de actividades sostenibles y alrededor del 33 % de su inversión se destina a transformar su modelo hacia ellas, mientras que una mayoría creciente ya incorpora el coste del carbono en su planificación financiera. La segunda da un paso más allá e incorpora la sostenibilidad en la gestión del riesgo y la resiliencia del negocio, ampliando el enfoque tradicional hacia una visión más prospectiva, donde factores como el cambio climático o las tensiones regulatorias condicionan la capacidad futura de las compañías para operar. Según el análisis del IBEX 35 las compañías empiezan a integrar los riesgos de sostenibilidad en su gestión, afectando a la valoración de activos, al coste de capital y a su capacidad para anticipar escenarios futuros, aunque todavía de forma parcial. "Estas métricas no hablan el lenguaje tradicional de la cuenta de resultados, pero sí el de las variables que importan a la sociedad" La tercera dimensión incorpora los avances más recientes en la medición del impacto en el entorno, incluyendo modelos de evaluación de externalidades, outputs y resultados, que permiten entender no solo cómo las compañías se ven afectadas por su contexto, sino también cómo lo transforman. Estas métricas no hablan el lenguaje tradicional de la cuenta de resultados, pero sí el de las variables que importan a la sociedad y que, de forma cada vez más evidente, están directamente conectadas con el desempeño empresarial. Desde este punto de vista el IBEX 35 muestra una evolución desigual: las emisiones se han reducido a la mitad desde 2018 y la siniestralidad laboral ha caído de 7,21 a 2,8 accidentes por índice de frecuencia, mientras que aumenta el peso de la energía renovable en su consumo; sin embargo, el consumo de agua ha crecido un 45% en un contexto de creciente estrés hídrico, reflejando tensiones relevantes en determinados modelos de negocio, al tiempo que avanza la presencia de mujeres en los consejos de administración. A esta forma de estructurar el impacto de la sostenibilidad en estas tres dimensiones es a lo que llamamos Impacto Tangible. TE PUEDE INTERESAR En su conjunto, estos datos reflejan una realidad compleja: la sostenibilidad se traduce en resultados concretos -positivos y negativos- a lo largo de distintas dimensiones, con efectos desiguales y, en ocasiones, contradictorios. Es precisamente un enfoque integrado el que permite hacer visibles estas tensiones, conectar sus implicaciones y entender las prioridades que subyacen en las decisiones empresariales, evitando visiones parciales o simplificadas y facilitando la toma de decisiones, la definición de escenarios y el equilibrio entre ellas. La diferencia la marcan -y mañana la marcarán- las empresas que sepan conectar y encontrar el equilibrio entre estas dimensiones, integrarlas en sus decisiones y llevarlas a la práctica, demostrando su impacto con hechos. Porque, en el fondo, este es el verdadero cambio que estamos viendo: el fin de la sostenibilidad como discurso y el tiempo del impacto tangible, con foco en los resultados. Así es como construiremos hoy la sostenibilidad del mañana.