León XIV ha querido que la encíclica Magnifica Humanitas apareciera el día del 135 cumpleaños de la Rerum Novarum, en la que su admirado León XIII puso los cimientos de la doctrina social de la Iglesia. Pero el azar ha hecho que la publicación también coincida con el año del centenario del ingreso de Antonio Gramsci en el penal de Ústica, donde el teórico marxista, pensando en el modelo que entonces ofrecía el catolicismo, empezó a madurar sus reflexiones sobre la hegemonía. Hace ya un par de décadas, siguiendo las huellas gramscianas, Ernesto Laclau señaló que la piedra angular de la hegemonía era establecer una frontera antagónica. La empresa retórica de Magnifica Humanitas levanta espectacularmente el vuelo contraponiendo dos imágenes bíblicas para señalar que la humanidad se halla ante un momento decisivo y trazando una frontera de este tipo entre dos obras en construcción. Según él, la época exige una decisión urgente, crucial y sin alternativa. Hay que elegir entre seguir construyendo una nueva torre de Babel o construir la ciudad de Dios, reedificando, como Nehemías, las murallas de Jerusalén.

El Papa León XIV

En el documento, estas dos construcciones confluyen con las dos ciudades descritas por Agustín de Hipona en La ciudad de Dios. Por un lado, la ciudad salvífica, que acepta el gobierno divino; del otro, la ciudad diabólica, gobernada por quienes actúan por el deseo egocéntrico de imponer su dominio. En el gran relato de esta adaptación pontificia de la visión histórica agustiniana, las poderosas élites tecnológicas aceleracionistas aparecen como los antagonistas contra los que hay que construir una nueva identidad colectiva existencialmente necesitada de una perspectiva trascendente, la que ofrece la Iglesia, que se autoproclama portavoz de los débiles y se presenta como socio providencial y aliado estratégico indispensable del poder político en un momento en que el poder superior real ya no es el de Estado, sino el de los amos de la tecnología.