La encíclica del papa León XIV, Magnifica humanitas, publicada con motivo del 135.º aniversario de la histórica Rerum novarum, constituye un documento de innegable ambición intelectual y hondo calado antropológico. En sus casi doscientas páginas, la Santa Sede pretende trazar un paralelismo entre la revolución industrial del siglo XIX y la actual disrupción de la inteligencia artificial. El texto ofrece intuiciones de extraordinario valor, pero incurre también en los vicios recurrentes de un dirigismo bienintencionado, que confunde los deseos morales con las realidades de la acción humana.El Papa acierta de pleno al situar la dignidad de la persona en el centro del debate tecnológico. El ser humano no es un mero agregado de datos, un algoritmo biológico o una métrica de eficiencia cuantificable en un balance de resultados. La firme denuncia de la encíclica contra el transhumanismo radical –esa soberbia cientificista que percibe la finitud y la fragilidad humanas como simples “fallos técnicos” que corregir en un laboratorio– resuena con fuerza en la tradición liberal. El liberalismo es, ante todo, una filosofía humanista; defiende al individuo como un agente moral libre, creativo y depositario de derechos inalienables, jamás como un engranaje sustituible del Estado o de una megaestructura digital. Perico PastorAsimismo, es oportuna la alerta vaticana sobre la descomunal concentración de poder en las corporaciones tecnológicas, las llamadas Big Tech. Cuando un puñado de corporaciones oligopolísticas, a menudo fuertemente subsidiadas o protegidas por regulaciones estatales a la medida, tiene la capacidad de moldear el flujo de información, sesgar el debate público e intervenir en sistemas críticos, el riesgo para la sociedad abierta es evidente.Hayek ya advirtió de que la amenaza no reside en la herramienta técnica, sino en el ejercicio del control monopolístico y arbitrario sobre ella. La voz papal actúa aquí como un sano aldabonazo moral frente a la complacencia ante el poder. Por último, su defensa de que la técnica debe estar al servicio del individuo y no a la inversa es perfectamente compatible con la dinámica de la “destrucción creativa” teorizada por Joseph Schumpeter: la innovación desplaza empleos obsoletos, pero genera un bienestar neto superior, siempre que la transición respete la dignidad de los afectados a través de procesos flexibles de adaptación.No es el mercado libre el que deshumaniza, sino el capitalismo clientelar y el estatismo asfixianteSin embargo, las sombras del documento emergen con nitidez en cuanto el Papa abandona el terreno de los principios morales universales para adentrarse en el proceloso fango de la gobernanza económica y la regulación pública. Aquí reaparece el eterno tropiezo, salvo en el clarividente papado de Juan Pablo II, de la Doctrina Social de la Iglesia. Al invocar conceptos abstractos y de peligrosa interpretación como el “destino universal de los bienes”, de claro aroma colectivista más que cristiano, o proponer una “ética global” institucionalizada, la encíclica se desliza hacia recetas intervencionistas que ignoran las leyes más elementales de la economía de mercado.La pretensión de embridar la IA mediante comités de expertos, autoridades supranacionales o marcos regulatorios hipertróficos adolece de una flagrante falta de realismo. La historia económica demuestra, con terquedad demoledora, que las regulaciones omnicomprensivas sobre tecnologías embrionarias producen invariablemente dos efectos perversos: la captura del regulador y la parálisis de la innovación. Los grandes actores del mercado, aquellos que el Vaticano desea controlar, son precisamente los que disponen de los recursos para amoldar esas normas en su beneficio, levantando barreras de entrada insalvables para los pequeños competidores y los emprendedores disruptivos.Frente a la tentación constructivista de planificar el desarrollo tecnológico desde un despacho en Roma o Bruselas, es preciso oponer la prudencia. La complejidad de una tecnología tan profundamente descentralizada como la IA desborda la capacidad de comprensión de cualquier planificador central, por muy bienintencionado que sea o asistido que esté. Nadie posee el conocimiento disperso del mercado. La solución a los problemas que denuncia el Vaticano no pasa por crear burocracias celestiales, sino por aplicar un marco institucional general, abstracto y predecible: una responsabilidad civil estricta por los daños que los sistemas puedan causar, la defensa inequívoca de la propiedad intelectual y la exigencia de transparencia en ámbitos de alto riesgo.La encíclica tropieza también al achacar las disfunciones del presente a un supuesto “individualismo insolidario” o a los “excesos del capitalismo”, al omitir o soslayar de forma flagrante que los peores abusos de exclusión y manipulación informativa son consecuencia directa de privilegios regulatorios, barreras arancelarias y distorsiones introducidas por el propio Leviatán estatal. No es el mercado libre el que deshumaniza, sino el capitalismo clientelar y el estatismo asfixiante quienes lo hacen.En conclusión, Magnifica humanitas cumple una valiosa función profética al recordar que la técnica carece de alma. Sin embargo, la traducción de esa advertencia a la realidad institucional exige abandonar las utopías buenistas. La grandeza de la condición humana no se preserva con decretos ni con comisiones éticas globales de corte colectivista. Se defiende garantizando el Estado de derecho, la propiedad privada y la libre competencia dentro de un orden espontáneo. La fe puede iluminar el sentido último de la existencia, pero son la libertad económica y política las únicas herramientas probadas para traducir esa dignidad en progreso tangible y duradero. Sin libertad, la compasión degenera inevitablemente en tiranía burocrática a pesar de las buenas intenciones.
Aciertos y errores de la ‘Magnifica humanitas’, por Lorenzo Bernaldo de Quirós
La encíclica del papa León XIV, Magnifica humanitas, publicada con motivo del 135.º aniversario de la histórica Rerum novarum, constituye un documento de innegable ambición intelectual y hondo calado antropológico. En sus casi doscientas páginas, la Santa Sede pretende trazar un...











