¿En qué momento, podría decir Mario Vargas Llosa, se “jodió” el vínculo entre Bullrich y la secretaria general, quien tiene en la práctica las riendas del Gobierno? Fue, saben todos los involucrados, mucho antes de las crudas escenas que sucedieron el lunes 25. En el aniversario de la revolución de Mayo la tormenta interna que sacude al Gobierno quedó expuesta ante todos, cuando Karina Milei sacó a relucir una de las cualidades que tiene más entrenadas y que a esta altura se podría decir que es su sello personal de conducción política: la humillación pública a los propios a los que ya les hizo la cruz.
La secretaría general, el área que se encarga formalmente de los actos, no invitó a Bullrich la caminata desde la Casa Rosada a la Catedral. La cita que le llegó fue directamente a la sede de la iglesia porteña, pero el derrotero no terminó ahí: cuando amagó a sumarse a las primeras filas del templo, donde estaba la plana mayor del Gobierno, le prohibieron el paso. Le dijeron que por “protocolo” sólo podían sumarse los miembros del Gabinete. Fue una excusa que a Bullrich, finalmente destinada casi al fondo de la Catedral, casi la hizo reír cuando divisó a Santiago Caputo, y a su extravagante look “Peaky Blinders”, entre el selecto grupo de los supuestos ministros. ¿Por “protocolo” el asesor sin cargo podía estar ahí y la jefa del bloque oficialista en el Seando no?












