En un plató de televisión con poca luz, uno de los hombres más ricos de Hungría está a punto de echarse a llorar. Es principios de mayo, unas semanas después de las elecciones generales que pusieron fin a los 16 años de dominio de Viktor Orbán, y el magnate de la publicidad Balásy Gyula tiene algo que anunciar.

Gyula le cuenta al entrevistador que acaba de ceder sus negocios al Estado, junto con una parte de sus ahorros personales. Incluso ha traído consigo una escritura notarial, un documento legal en el que se formaliza el cambio de titularidad. “En la situación actual, no creo que nuestro grupo de empresas tenga futuro”, afirma.

Gyula fue uno de los principales beneficiarios de la era Orbán. Sus empresas gestionaban una red de vallas publicitarias conocidas como “las vallas azules”, en las que, en campañas de propaganda financiadas por el Estado, se tildaba de enemigos públicos a una sucesión de figuras, desde el financiero George Soros hasta la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Hoy en día, las vallas publicitarias están vacías. El nuevo líder de Hungría, Péter Magyar, y su partido, Tisza, tienen la mirada puesta firmemente en los oligarcas de Orbán. No solo se ha acabado el acceso de Gyula a los contratos del sector público, sino que es probable que aumente la factura fiscal sobre los millones que le quedan.