Los periodistas, tan deslenguados, tenemos sin embargo nuestro propio código de conducta. Como los mafiosos, sin ir más lejos. Al Ojo le gusta mucho ese precepto que ordena que si tu madre te dice que te quiere, compruébalo. El sano ejercicio de la duda, ese es el tuétano que tiene por los adentros el buen profesional de la comunicación. Ante cualquier documento, desde el prospecto de la aspirina hasta el sumario del caso Gürtel, el periodista riguroso -los hay a paletadas, los conozco- se armará de valor, y comenzará a trabajar. Verá los folios uno a uno, los párrafos uno a uno y las palabras una a una. En silencio. Y tratará de comprobar, siguiente paso, lo allí escrito. Difícil unas veces, imposible otras. Resultado: la duda, ser o no ser, cortado o con leche, al punto o poco hecho. Sabemos que al periodista bocachancla -también los hay a paletadas- le bastará con un primer ojeo o, lo que aún es más usual, lo que le dice su señorito, líbreme de tanto julepe. Y las conclusiones, luego. Cuando hayan avanzado las investigaciones. Mientras, pies de plomo, déjenme que confirme la veracidad de esa prueba que ahora, lo dice la policía, parece irrefutable.
Sencilla traducción. El Ojo duda de todo quisque, señor, señora, joven o maduro, incluso anciano. O sea, que no se fía de Santos Cerdán, Ábalos, Koldo, Zapatero, Leire y del portero de Ferraz. En la estela, hace lo propio con Pedraz, Marchena, Peinado, Hurtado, los tenientes coroneles de la guardia civil y los altos mandos policiales, qué peligro, ni de los ujieres del Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional. También los políticos tendrán su propio código, pero a los periodistas nadie nos va a decir que debemos creer a los expresidentes, honor intachable, pero tampoco a respetar la sacrosanta figura de los señores magistrados, víctimas como son de juanetes y ardor de estómago. Con letras gigantescas: hay jueces que ejercen su tarea de manera deplorable. ¿Políticos corruptos? Claro. ¿Jueces arbitrarios o inmorales? Por supuesto. ¿Queda claro?










