La condena, si llega, sería un mensaje demoledor para las fuentes de los periodistas, incluidos los jueces
Hace ya muchos años, declaré ante un juez tras publicar, junto a una compañera, varias informaciones sobre un caso de corrupción que salpicaba a Izquierda Unida en Sevilla que estaba bajo secreto de sumario, esa fase en la que solo el juez y el fiscal conocen el estado de las investigaciones policiales. Se conoció como caso Camas, por una localidad cercana a Sevilla capital, en el que se investigaba el pago de comisiones por recalificaciones urbanísticas. Era la primera vez que estaba en esa tesitura incómoda. Llegado el momento, la compare...
cencia no llegó a durar ni tres minutos. El abogado del denunciante me preguntó cómo había obtenido la información y me limité a acogerme al secreto profesional. A continuación, me preguntó si podía precisar si la información nos había llegado en un dispositivo electrónico o en papel. No tuve necesidad de responder porque el juez le interrumpió y le dijo que me había acogido a un derecho constitucional y que no tenía que responder a esa pregunta. Tras unos segundos de desconcierto, el magistrado preguntó al letrado si tenía alguna otra cuestión y este comentó que no tenía ninguna más. Nos levantamos y nos fuimos. El caso se archivó.







