No hizo falta una sola palabra. Con una presencia sobria, pero simbólica, la mayoría de la Corte emitió ayer un mensaje cargado de significado. Su presidente, Horacio Rosatti, y el juez Carlos Rosenkrantz estuvieron sentados en la primera fila de un acto que constituyó, en sí mismo, una fuerte reivindicación de la libertad de prensa y de la labor profesional que desarrollan los periodistas. En un contexto en el que el Presidente insiste en que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, acusa de ser “corrupta” al “95 por ciento” de la prensa, promueve acciones penales contra columnistas y restringe la tarea de los cronistas acreditados en la Casa de Gobierno, la Corte, con la presencia de ayer, marca desde la cima del sistema institucional un nítido contraste con esa posición. Pero no solo podría leerse como un mensaje hacia el Ejecutivo, sino también hacia los otros poderes de la república.Quizá haya sido un mero capricho del calendario, pero lo concreto es que esa presencia simbólica de la Corte en el acto más importante de la Academia de Periodismo se produjo un día después de que el camarista de Casación Carlos Mahiques -a la sazón, el padre del ministro de Justicia de la Nación- planteara ante ese tribunal federal su idea de sancionar a los jueces que brinden información a la prensa y se quejara de informaciones que se han publicado sobre él. Se produjo, además, el mismo día en el que Senado se aprestaba a votar el pliego de una candidata a jueza que el Presidente había intentado retirar por su parentesco con un prestigioso periodista que investiga al poder.En una era en la que “las formas” y la sutileza de los gestos tienden a ser despreciados como meros artificios, la actitud de la Corte -al menos, de su mayoría- puede interpretarse como un símbolo contracultural. Tiene la sofisticación y la elegancia de aquellos gestos medidos que, en la circunstancia justa, valen más que mil discursos. Dos jueces lo han demostrado: se puede decir mucho con una presencia discreta, oportuna, silenciosa. Una gestualidad austera, pero a la vez firme, es capaz de hacer un aporte muy valioso a la convivencia y a la preservación del Estado de Derecho. Aun a riesgo de caer en alguna sobreinterpretación, no es arbitrario asignarle ese valor a la presencia de Rosenkrantz y Rosatti en el acto que se celebró ayer en la sala Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional.Si se intenta una lectura entre líneas, también adquiere un valor singular la referencia que hizo el doctor Maqueda al fallo “Patitó”. Es el caso en el que la Corte aplicó la doctrina de la real malicia (que obliga a probar que el periodista actuó de mala fe) y priorizó la libertad de prensa como un valor superior frente a la demanda de un perito judicial que se había sentido afectado por una publicación. Al hacer referencia a aquella sentencia, Maqueda subrayó un principio elemental: “la protección del funcionario público es más restringida que la del ciudadano particular”. Es una línea que tal vez deba leerse con alguna atención desde el gobierno y también desde algunos sectores de la propia Justicia que puedan sentirse interpretados en la carta de Mahiques. Maqueda hoy es un exmagistrado, pero conoce como pocos la jurisprudencia y la tradición de la Corte. Su voz no solo tiene peso testimonial: es una referencia de prestigio en el mundo del Derecho y la política.En el discurso mesurado, pero a la vez enérgico, del presidente de la Academia, Joaquín Morales Solá, también subyace un mensaje de fondo y de máxima jerarquía institucional: la libertad de prensa no es solo un derecho de los periodistas ni una construcción de la prensa; es un pilar del sistema republicano, es un principio básico de toda sociedad democrática. Por eso también hay un mensaje en la elección de un exmagistrado de la Corte como receptor de la Pluma de Honor. Porque la defensa de la libertad de prensa es una tarea de los periodistas profesionales, pero también de los jueces, de los legisladores y de los funcionarios. Como cabeza de un Poder del Estado, a la Corte le toca hablar a través de sus sentencias, pero también a través de sus gestos e incluso de sus silencios. Ayer, sin declamaciones ni altisonancia, la mayoría de ese cuerpo ratificó, en un momento especialmente oportuno, algo fundamental para la salud republicana: la libertad de prensa es un valor supremo, igual que la tolerancia y el pluralismo; respetarla no es una concesión a los periodistas, es una obligación con la sociedad.