En la Argentina, la Justicia suele ser objeto al mismo tiempo de veneración retórica y de desconfianza agria. Detrás de esa conducta quizás se combinen necesidades políticas con expectativas insatisfechas respecto de la igualdad ante la ley, la autonomía de jueces y fiscales, el castigo eficaz de la corrupción, el combate a la impunidad, la parsimonia. Pero también anida la controversia sobre la verdad de las cosas.Los sistemas jurídicos occidentales se basan en el principio de que existe un hecho objetivo que debe ser descubierto: es lo que habitualmente se llama la verdad de los hechos. También en el periodismo un viejo apotegma dice que las opiniones son libres pero los hechos son sagrados, lo cual recuerda, por si hiciera falta, que la persecución de la verdad no es una exclusividad abogadil.Existe quizás la fantasía de un mundo ideal en el que la verdad judicial (que necesita probar con evidencia legal lo que hay en el expediente) y la verdad periodística (una aproximación fáctica sujeta a contrastación) deberían parecerse. Un ladrón, por ejemplo, tendría que ser un ladrón desde cualquiera de las perspectivas, no un sobreseído por insuficiencia de pruebas o agraciado por vericuetos leguleyos al que sin embargo la opinión pública percibe como un inequívoco culpable. Y tampoco un inocente “sentenciado” en forma anticipada por los medios con poco o ningún margen para aceptar otra posibilidad después de un meticuloso proceso judicial que se habrá tomado su tiempo. Cristina Fernández (AP Foto/Natacha Pisarenko)Natacha Pisarenko - APEs notorio que la lentitud de la justicia argentina engorda las ínfulas justicieras de los medios. A su pesar los medios se convierten en expresión solitaria de la desazón colectiva cuando las causas prescriben por culpa de jueces que las dilatan a propósito, cuando se mete la política, cuando abogados defensores practican una tras otra las artimañas que el sistema tolera con una generosidad pasmosa o, lo más común, al concatenarse todos los vicios tribunalicios juntos mientras los años pasan. No se conocen muchos países en los cuales cada vez que hay un crimen, la gente del barrio de la víctima, como si se activara el reflejo de Pavlov de la fragilidad institucional, arma en un par de horas una marcha con quema de cubiertas incluida para gritar “¡justicia!”, una manera de atraer a los medios que con su sola intervención reducirán al menos un poco, se cree en la periferia, la modorra de las burocracias judiciales. Desde el vamos se construyen con riesgo de bifurcación una verdad judicial y una verdad periodística. La reiteración de la discordancia pareciera ser que afecta más a la Justicia que a la prensa. Un ejemplo: mucha gente sigue refiriéndose a las coimas en el Senado sin importarle o sin siquiera recordar que para la Justicia las coimas no existieron. Pese a que el arrepentido Mario Pontaquarto declaró con lujo de detalles cómo habían sido pagadas, en 2013 todos los acusados terminaron absueltos. Para las personas de a pie las coimas sí existieron, digan lo que digan sus majestades los jueces.Carlos ZanniniAlfredo SábatEstá también, claro, la verdad religiosa, fundamentada en la fe y en la revelación divina. La verdad científica, que sigue su propio método estricto. La verdad filosófica, enfocada en el sentido de la existencia humana. Pero acá sólo se trata del contraste entre la verdad judicial y la verdad periodística. Contraste e interacción, reclamarían presurosos Cristina Kirchner, devota de la teoría del “lawfare” como causa de sus desdichas, y el camarista Carlos Mahiques, a quien le gustaría poder sancionar a los jueces que dan información no oficial a la prensa. Disquisiciones éstas que hoy, acá está el punto, rejuvenecen gracias a Manuel Adorni, quien acumula 14 semanas continuadas en el medio del escenario. Ni el narcisista más desesperado debe envidiarle a Adorni la centralidad que él mismo ayudó a labrarse. Tal vez bajo la fiebre mundialista Milei encuentre el día apropiado -quién sabe, después de un cuatro a cero a favor de la Argentina- para acabar con este alargue inaudito de incierto propósito. Adorni retaceó información a los medios sobre el dinero que acumuló y la forma en que lo gastó con el argumento de que el asunto estaba siendo investigado por la Justicia y que él no podía hablar del tema porque no quería interferir con la causa. Eso mismo sostuvo de manera oficial y se supone, cuando estaba muy preparado, al comparecer en la Cámara de Diputados. Sin embargo, fue su primera contradicción presentarse en televisión para ofrendarles a los argentinos una explicación considerablemente más ridícula sobre sus manejos dinerarios que la esbozada en el génesis, lo cual es mucho decir. Las nuevas explicaciones -el pen drive que él se encontró por casualidad, las operaciones que hizo en negro “igual que todos los argentinos que ahorran” y los impuestos que olvidó pagar-, ¿ya no interferían en la sagrada causa judicial?Río Gallegos. Santa Cruz.
La verdad judicial, la verdad periodística y la verdad política
El presidente Milei, denunciante cotidiano de las “mentiras” de prácticamente todos los periodistas (95% miente, dice), quizás debería recalibrar el detector que usa: no le está tomando las mentiras circundantes











