El caso de Agostina Vega no solamente conmociona por el horror del crimen. También deja al descubierto todo lo que, como sociedad, todavía no aprendimos.Porque mientras una adolescente de 14 años era buscada desesperadamente, gran parte de la conversación pública empezó a girar alrededor de sus redes sociales, sus gustos, sus amistades o las decisiones de su madre.Otra vez el foco cayó sobre la víctima.Otra vez aparecieron análisis sobre cómo vivía una nena, como si hubiera que encontrar en su conducta alguna explicación capaz de justificar lo injustificable.Y otra vez quedó en evidencia una lógica tan injusta como peligrosa: interrogar más la vida de la víctima que la conducta del victimario.A once años de la primera marcha de Ni Una Menos, Argentina acumuló miles de víctimas de violencia de género. Hubo avances legales, más visibilización, registros oficiales y herramientas institucionales que antes ni siquiera existían. Pero casos como el de Agostina muestran que todavía persiste una mirada profundamente arraigada: la necesidad de buscar respuestas en las víctimas.Porque cuando desaparece una mujer o una niña, las preguntas suelen repetirse: dónde estaba, con quién hablaba, qué hacía, por qué salió, por qué confió.En cambio, cuesta encontrar la misma intensidad para preguntarse quién ejerció la violencia, quién manipuló, quién destruyó una vida.También volvió a repetirse otro mecanismo dolorosamente habitual: el juicio social sobre las madres.Se cuestionan horarios, decisiones y responsabilidades con una dureza feroz, mientras muchas veces el padre queda fuera del relato público y el propio asesino termina menos observado que el entorno familiar de la víctima.Nada de eso es casual.Es una sociedad que todavía parece más cómoda analizando la conducta de una adolescente que preguntándose por qué existen hombres capaces de ejercer semejante violencia.Y en medio de todo eso, también quedan interrogantes sobre el accionar judicial. La actuación del fiscal, los tiempos de búsqueda y las decisiones tomadas durante la investigación fueron fuertemente cuestionadas por gran parte de la sociedad. Incluso hubo polémicas alrededor de las prioridades institucionales mientras una familia buscaba desesperadamente a una niña desaparecida.Todo eso también forma parte de la discusión.Porque Ni Una Menos no debería ser solamente una consigna para recordar una vez al año. Debería ser una interpelación permanente sobre cómo reaccionan las instituciones, cómo comunican los medios y cómo hablamos como sociedad frente a estos hechos.Ninguna publicación en redes mata.Ningún gusto personal mata.Ninguna madre mata.Mata quien ejerce violencia.Y mientras sigamos discutiendo más la vida de una nena de 14 años que las responsabilidades de quien decidió quitarle la vida, seguiremos demostrando que todavía hay muchísimo por cambiar.
El caso Agostina y todo lo que todavía nos falta
Aún persiste una mirada profundamente arraigada: la necesidad de buscar respuestas en las víctimas.
El caso de Agostina expone cómo la sociedad investiga más la vida de la víctima que la responsabilidad del victimario. Esta lógica persiste 11 años después de Ni Una Menos, mostrando que los mecanismos de culpabilización de víctimas siguen arraigados.












