La muerte del emperador Cómodo, hijo de Marco Aurelio, a finales de 192 d.C., abrió una de las crisis de sucesión más desordenadas de la historia de Roma, como popularizó Ridley Scott en Gladiator. El año siguiente, conocido como el “año de los cinco emperadores”, convirtió el trono imperial en el centro de una pugna política y militar que reflejaba hasta qué punto el poder en Roma dependía ya del ejército, las alianzas y la fuerza. En ese escenario, Didio Juliano protagonizó el episodio más escandaloso de todos.

Tras la muerte del emperador Pertinax, Roma atravesó una crisis de sucesión que desembocó en una situación extraordinaria: la Guardia Pretoriana, encargada de proteger al emperador, terminó entregando el poder al aspirante que ofreció una mayor recompensa económica. El vencedor fue Didio Juliano, que accedió al trono el 28 de marzo y lo perdió poco más de dos meses después.

Aunque la posteridad lo recuerda principalmente por haber comprado el trono, Juliano no era un desconocido ni un aventurero improvisado. Nacido en Mediolanum, la actual Milán, pertenecía a una familia de prestigio con raíces en Italia y el norte de África. Las fuentes antiguas lo sitúan ocupando distintos cargos políticos y militares antes de alcanzar el consulado y consolidar una posición destacada dentro de la élite imperial. Su trayectoria lo había convertido en una figura experimentada de la administración romana mucho antes de convertirse en emperador.