Cuando Septimio Severo entró en Roma en junio del año 193 d.C., el Imperio llevaba meses inmerso en una crisis de poder que amenazaba con prolongarse indefinidamente. La muerte del emperador Pertinax, el efímero gobierno de Didio Juliano y la aparición de varios aspirantes al trono habían abierto una nueva guerra civil. En ese contexto emergió la figura de este general nacido en Leptis Magna, en el actual territorio de Libia, cuya victoria final sobre sus rivales puso fin al conflicto y permitió inaugurar una nueva dinastía que gobernaría Roma durante más de cuatro décadas. Su ascenso no fue fruto de una sucesión ordenada ni de una decisión institucional, sino el resultado de una larga lucha militar que transformó el funcionamiento del Imperio.

El heredero del caos

La situación recordaba inevitablemente a la que había vivido Roma tras la muerte de Nerón en el año 68 d.C. Entonces, la desaparición de la dinastía Julio-Claudia había desencadenado el conocido Año de los Cuatro Emperadores. Más de un siglo después, el problema seguía siendo el mismo: el Imperio carecía de un mecanismo estable para garantizar la sucesión. La muerte de Cómodo a finales de 192 volvió a dejar el poder en una posición vulnerable y abrió una nueva etapa de enfrentamientos entre generales, gobernadores y facciones militares que aspiraban a controlar el Estado.