El problema del Ecuador no es político, es moral. Podemos cambiar muchas veces más la constitución, o leyes, o generar nuevos diseños institucionales para funciones del Estado, poner más regulaciones o menos regulaciones, pero todo está fallando porque hemos asumido ya que todo está roto y, es más, la mayoría ayudamos a seguir rompiéndolo si con eso sacamos alguna tajada. Es la teoría de los cristales rotos que, en la década de los 70, empezó a estudiar cómo el contexto influía en el comportamiento de las personas. Si alguien botaba basura en la calle, muchos otros lo hacían. Ese alguien ha pasado ya en muchos momentos de nuestra historia republicana. Y durante este cuarto de siglo del nuevo milenio, los que se han llevado el premio mayor son Rafael Correa y Daniel Noboa.Recuerdo que escribí un artículo sobre este mismo tema que se llamó “El presidente educador” allá por el lejano 2009. Por supuesto, describía el absurdo que significaba tener un presidente con pasado de profesor universitario dedicando sus sabatinas no a educar e inspirar a sus ciudadanos, sino a insultar o a insistir que “hay gente llena de odio”. ¡Ah, ese concepto pendenciero! Lo escribí porque en apenas dos años veía que mucha gente en la calle optaba por la ira o el insulto, a la menor ofensa percibida. Justo en ese año, un chofer de un camión repartidor se me cruzó en contravía y cuando reclamé la actitud con un pito, se bajó para querer pegarme. Creo que ver niños en el auto lo detuvo.La versión violeta (¡ah! el color de la violencia doméstica) es similarmente distinta. La ira tiene el sello instagrámico de la nueva generación. Pobre en gramática y exuberante en amenazas, imparable en su curso. Quienes gobiernan pretenden que no pasa nada y su solución es tan apocalíptica como absurda: abrumarnos con desinformación mientras no hay medicinas o seguridad, aunque las calles estén llenas de policías o tanques.Yo no creo en mesías salvadores de la patria. Cambios significativos en la sociedad solo se construyen desde abajo, cuando la gente se organiza y piensan no solo en sus particulares beneficios personales, sino en el colectivo. Quien quiera gobernar un país debe aceptar que la crítica es fundamental para ayudarlo a gobernar, porque gobernar es rectificar pero con la mano tendida y dispuesta a escuchar opciones diversas. Salidas a crisis tan dramáticas como la ecuatoriana siempre pasa por el pragmatismo de lo posible. El incrementalismo radical de mejorar el país de a poco. La revolucionaria idea de seguir diciendo lo que uno piensa. Es una lucha tan antigua como la historia y, sin embargo, hay que pelearla cada día porque quienes llegan al poder parecen todos sufrir de un ego frágil, que espera de palmaditas en la espalda cuando apenas han terminado de llenar el cubo de agua para apagar el gran incendio. Y quienes están al otro lado temen no darles gusto. Con esto me despido de esta mi segunda etapa de opinión por y para el Ecuador. La lucha continúa y hay batallas más grandes, pero a veces renunciar es la única manera de decir que ya no hay cómo “arreglar cristales” desde este espacio. (O)
Grace Jaramillo: Los cristales rotos | Columnistas | Opinión
Quien quiera gobernar un país debe aceptar que la crítica es fundamental para ayudarlo a gobernar...
Jaramillo cierra su columna: Ecuador sufre una crisis moral —no política—, ilustrada con la teoría de cristales rotos (años 70) y agravada por los gobiernos de Correa y Noboa. Sin accountability cultural real, regulaciones y rediseños institucionales fallan; patrón idéntico al de organizaciones con governance degradada.









