La ópera Romeo y Julieta, de Charles Gounod, ha llegado al Teatro Real con una propuesta escénica monumental, presentada hace ahora tres años en la Ópera Bastille de París. Las enormes proporciones de la producción quizás resulten más adecuadas para aquel teatro que para el de la Plaza de Oriente, pero eso no ha impedido que las funciones se vivan con gran expectación y pasión en Madrid, aunque el resplandor y la pompa impidieran llegar a la esencia de esta obra en algunos momentos. Nadine Sierra y Javier Camarena son los protagonistas del primer reparto, pero durante las nueve representaciones que restan se alternarán con Vannina Santoni e Ismael Jordi.La escenografía de Bruno de Lavenère replica la Gran escalinata del Palais Garnier, casi a tamaño original. El resultado es una estructura mastodóntica en la que caben balcones, plataformas, pasadizos y antepechos, todo ello rodeado de candelabros que reproducen los que procuran iluminación eléctrica a la Ópera de París desde el año 1888, siete años después de la presentación de Romeo et Juliette en aquel escenario. El estreno de esta obra no tuvo lugar allí, sino en el Théâtre Lyrique, años atrás (1867). Para generar un efecto todavía más impresionante, el escenario es rotatorio, ¡y vaya si da vueltas! Los tiovivos operísticos resultan vistosos y amenos, pero corren el riesgo de fatigar cuando Perico abusa del torno, no digamos si se le imprime velocidad al giro aunque este no fuera el caso.Tras una imponente introducción coral de Gounod, donde Thomas Jolly, director de escena, apunta las oscuras secuelas de la peste que afectó a Verona en el siglo XIV, arranca la mazurca que ameniza la fiesta de disfraces de los Capuleto, poblada por decenas de figurantes y cantantes, todos engalanados con un vestuario apabullante por su diversidad. Por momentos, aquel tinglado recuerda una puesta en escena cinematográfica de Max Ophüls, con múltiples planos de acción, bullicio y serpentinas volando. A ello se suma, en este caso, el frenesí de un cuerpo de baile que apunta una gestualidad tomada del 'waacking', estilo que nació en los clubes gay de Los Ángeles, allá por los años setenta, y que ha rescatado la responsable de ese apartado, Josepha Madoki. El movimiento de gentes es incesante y transmite una heterogénea celebración de la libertad que, a fin de cuentas, es lo que una fiesta de disfraces propone.Nadine Sierra surgió resplandeciente entre el ajetreo. Es el cumpleaños de Julieta y, con su vestimenta blanca, entonó el famoso aria de salida: "Je veux vivre / dans le rêve qui m’envivre" (quiero vivir en este sueño que me embelesa). Esta pieza fue requerida por la soprano que estrenó la ópera en 1867, Caroline Miolan-Carvalho, haciendo valer que se trataba de la esposa del empresario. Al igual que ocurrió en su ópera anterior, Mireille (1864), Gounod tuvo que plegarse a los deseos de esta señora e incluir un vals para su lucimiento. En realidad, ambas piezas tratan de emular el efecto del Aria de las joyas de su ópera Fausto (1859), que obtuvo un gran éxito. En cualquier caso, fue el inicio de una actuación donde Sierra se alzaría como triunfadora indiscutible del estreno. Ha incorporado el papel de Julieta a su repertorio dominando todos sus registros, aportando la agilidad de una soprano ligera y ese punto de lirismo que requiere este rol en su resolución. Ya lo había protagonizado previamente en nuestro país, concretamente en Bilbao hace tres años, también junto a Javier Camarena.Su brillante aparición se vio eclipsada, al menos para una parte del público, debido a una iluminación que produce un espectacular efecto de resplandor, visto desde la mayor parte del teatro, pero resulta un molesto inconveniente para los espectadores del Paraíso, que acaban cegados por unos potentes focos. Hubo sonoras protestas durante las primeras escenas y causaron el desconcierto, que fue atenuándose con el transcurrir del primer acto, aunque el maestro Carlo Rizzi se llevó una parte de abucheos al saludar tras el descanso, quizás por una lectura a la que faltó algo de pujanza.El segundo acto se abre con una bellísima introducción musical de gran sutileza que fue importunada, en cierto modo, por el ruido y la confusión que genera la rotación de la escenografía, algo que sería perfectamente evitable en ese momento. Sobre ese sustento musical se asienta el recitativo y cavatina "L’amour, l’amour! Oui, son ardeur a troublé tout mon être!", donde el tenor encuentra su primera oportunidad de lucimiento. La aproximación de Javier Camarena despertó unos contenidos aplausos ya que la ejecución distó mucho de ser redonda. Lejanos quedan sus exitosas apariciones en aquel triplete de óperas de Donizetti con que encandiló al Teatro Real: La fille du regiment (2014), Lucia di Lammermoor (2018) y L’elisir d’amore (2019). No obstante, sus intervenciones fueron adquiriendo mayor poso al avanzar la obra.La famosa escena del balcón coloca a nuestro enamorado observando a Julieta asomada a la barandilla, pero en esta gigantesca escenografía se halla a una altura que haría necesaria una cuerda de alpinistas para abrirle una vía. Tras la serenata, el coro nos deparó buenos pasajes, demostrando que se encuentra en un gran momento, mientras que la dirección escénica adquirió un necesario equilibrio.El tercer acto refrendó nuevamente que Roberto Tagliavini es un bajo de categoría, cosa que viene demostrando año tras año en el Real, asumiendo con solvencia el papel de Fray Laurent y casando a los enamorados en una diminuta barca. También Héloïse Mas obtuvo cálidos aplausos en su intervención como Stéphano, tras la cual se produce el enfrentamiento entre Tibaldo y Mercutio que desencadena la tragedia. Nuevamente, el coro brilló en la solemne intervención donde proclama que la jornada se ha tornado en un día de luto y lágrimas, mientras que Javier Camarena, quizás espoleado por ese dramático momento, estuvo convincente y entonado, mostrando arrodillado la desesperación de su personaje.La noche de amor ha llegado a su fin y el cuarto acto comenzó con una escena de cama francamente desafortunada, en una especie de covacha dibujada por tiras de luz que recuerdan al neón. Las sábanas van a juego con la iluminación y Romeo va en camiseta sport, pero lo peor es que en semejante contexto, más propio de un motel, ha de entonarse el dúo "Nuit d’Hyménée!", un precioso momento de éxtasis que se sabe efímero, puesto que los rayos del sol ya apuntan en el horizonte. Aún así, la pareja lo defendió con pundonor y conjunción.Este acto contiene uno de los momentos más intensos escritos por Gounod para esta tragedia shakespeariana: la escena y aria donde Julieta ingiere finalmente el veneno, que Nadine Sierra consiguió dotar de un controlado dramatismo, acentuado, esta vez sí, por la puesta en escena. Tras la rotunda y merecida ovación, prosiguió un resumen del ballet escrito por Gounod para la Ópera de París, donde un cuerpo de baile mixto ataviado con vestido de novia y velo -bajo el que se adivinan algunas barbas- ejecuta una frenética danza, en la línea de lo visto en el primer acto, para evidenciar la desesperación de Julieta ante una boda impuesta. La tragedia concluye tras un magnífico fragmento orquestal que abre el quinto acto, y un último dúo -son cuatro protagonizados por soprano y tenor a lo largo de la ópera- resuelto con intensidad dramática.De este modo se cierra una producción que no convenció como se preveía, lastrada por un aparataje grandilocuente y excesivo, pero donde la figura de Nadine Sierra se engrandeció y nos rescató de un deslumbramiento artificial a través de la luz de su voz. Dado que las funciones están dedicadas a la memoria de Alfredo Kraus, uno de los cantantes que con mayor conocimiento impulsaron la popularidad del papel de Romeo en el siglo XX, dejemos aquí un momento de la grabación en la que sentó cátedra al respecto.
La soprano Nadine Sierra se impone con brillantez en 'Romeo y Julieta' sobre una pompa cegadora
Nadine Sierra triunfa en el estreno de la ópera Romeo y Julieta, de Charles Gounod, que se representa en el Teatro Real hasta el 13 de junio







