CULTURAPase gr�fico con el primer reparto de Romeo y Julieta, de Charles-Fran�ois Gounod.EFEActualizado Jueves,
mayo
00:17La �pera de Gounod toma de la obra de Shakespeare el absurdo argumento, concentr�ndose en el meollo dram�tico; es f�cil y c�modo recibir la historia de los enamorados otorg�ndoles tanto la admiraci�n por la efervescencia de su mutua pasi�n como, sobre todo, la indignaci�n por la injusticia de una sociedad que arrastra de la Edad Media el encono de un conflicto tribal. Pero quiz� lo esencial no sea el Amor con may�scula ni la pugna entre Montescos y Capuletos, sino algo m�s vivo y secreto: el c�mo una ni�a de catorce a�os descubre que un ser viviente despierta en ella la sospecha de que aqu� se viene a amar. La m�sica de Gounod nos ofrece tal revelaci�n con sobria, tensa, arrebatada riqueza. El retrato de Julieta es el eje y centro memorable de una �pera que necesita, de un modo particularmente imperioso,, de una soprano excelsa y de un tenor bien dotado.El libreto sugiere el clima temporal y espacial donde la pareja se encuentra. El tiempo es nocturno (a menudo con la inminencia del alba). Al lugar se accede (un balc�n, un muro, una cripta). La noche sombr�a, mientras espera el amanecer que la muy citada alondra anuncia una y otra vez, se ilumina con las antorchas que celebran los esponsales y las velas que acompa�an el t�lamo nupcial. El montaje de Jolly, sin embargo, parece menos interesado en contar la fuerza del destino de la pareja emblem�tica que distraernos con una fiesta carnavalesca, pensada alrededor del consabido mamotreto giratorio que se mueve porque s�, mientras oleadas de figuras espasm�dicas ni siquiera respetan lo que Juliera canta al conocer a Romeo.Nadine Sierra seguro que es una Julieta excelente; tiene la voz y la convicci�n del personaje. Aqu� flota cada vez m�s perdida, abandonada por la direcci�n de escena.Javier, Camarena es un Romeo ilegible; al pobre primero le visten de tej�n, luego debe acudir a la noche de bodas en camiseta, siempre incapaz de comunicar lo que siente.Carlo Rizzi ofrece una lectura musical agria y estridente, como si en vez de los amantes emblem�ticos fueran dos sicilianos abrumados por la caballerosidad r�stica.Loa dem�s art�fices, desde el inveros�mil fray Lorenzo hasta el inexistente Mercucio, cumplen con su funci�n de comparsas.Quien no conozca esta �pera, cabe lamentar que sigue sin conocerla.






