Hay un silencio que no se elige. No es ese silencio bals�mico de cuando decides apagar el m�vil un domingo por la tarde, no. Es el silencio que pesa, el que se mete en los huesos y se sienta a cenar contigo todas las noches frente a un plato de verduritas y un filete a la plancha cocinado sin ganas. Es la soledad impuesta -la que llega con una muerte, con un divorcio, con el paso implacable de los a�os- la que atrofia la cabeza y las ganas de mirar por la ventana. De eso, de esa "pandemia terrible" que las administraciones a menudo barren debajo de la alfombra, se sabe poco en las grandes ciudades, metidas en la prisa neur�tica. Pero en Castilla La Mancha, desde hace 10 a�os, hay un plat� de televisi�n que se ha convertido en el �ltimo reducto de esperanza para los invisibles.Cuando a Ram�n Garc�a le llam� Juan y Medio hace una d�cada para proponerle el formato de En Compa��a, nuestro Ramonchu se qued� alucinado. "Yo no me veo haciendo lo tuyo", le dijo. Le parec�a dificil�simo hablar con desconocidos y conseguir que le abrieran sus almas. Pero Juan, que de eso sabe un rato, le solt� una verdad de esas que desarman: "Es que t� eres Ram�n de toda Espa�a. La gente va a confiar en ti porque te quiere". Y vaya si confiaron. Y conf�an.HistoriasLa televisi�n, cuando se hace desde las entra�as y sin jijijaja impostado, es transparente. Los mayores tienen un radar infalible para detectar la mentira; no tienen filtros. Por eso el programa funciona: porque Ram�n Garc�a y Gloria Santoro, su media naranja televisiva, lloran y se emocionan. Porque cuando un invitado les cuenta que se ha quedado solo, ellos se miran en el espejo de sus propias p�rdidas. Es una redacci�n con chavales de 30 a�os que escuchan como si fueran los nietos de los que se sientan en el sof�. All� "no importa si sacaste un sobresaliente en la facultad", dice Ram�n; importa si tienes coraz�n para que el que ha ido all� a contar sus penas "se sienta protegido", dice Gloria.Hace ahora casi 10 a�os, al otro lado de la pantalla estaba Mercedes. Llevaba cuatro a�os viuda, sumida en una depresi�n, metida en una casa donde no iba nadie a verla. "Estaba solita", nos cuenta. Ve�a el programa porque le gustaba, pero no se atrev�a a llamar. Hasta que un d�a apareci� en el plat� "un se�or contando sus penas", un tal Mamerto, y algo hizo clic en su interior. Llam�. Si lo hubiera pensado, no lo habr�a hecho, pero bendita la hora en que descolg� el tel�fono. Quedaron en el centro comercial Luz del Tajo, en Toledo. Ella, muerta de miedo, le hab�a dicho por tel�fono: "Cuando veas a una muy paletita de pueblo, esa soy yo". Pero cuando se vieron, Mercedes no se anduvo con rodeos: "�Qu� pasa? Soy Mercedes. Si te gusto, bien, para qu� perder el tiempo".Para Mamerto, el encuentro fue un aut�ntico b�lsamo. Su paso por el plat� no era el primero, pues arrastraba el desgaste de una relaci�n anterior que no cuaj�, pero la aparici�n de Mercedes fue el giro de guion que su vida necesitaba."Mercedes ha sido como una luz para m�. Si no llega a ser por el programa, hoy no estar�amos juntos", afirma con rotundidad. "Al principio, cuando empezamos a salir, �bamos con una amiga que nos acompa�aba a todos lados. La gente del pueblo nos ve�a y se cre�a que �ramos tres amigos, o que Mercedes y ella eran de La Moraleja y yo el ch�fer" -cuenta entre risas-. "Pero la complicidad era de verdad. Ella me cont� su vida, yo le cont� la m�a, y nos entendimos desde el primer minuto".Hoy, la rutina de Mercedes ya no se parece en nada a la de aquella mujer que ve�a los d�as pasar frente al televisor y miraba al resto de viudas ir a la iglesia. La llegada de Mamerto fue el motor de "una nueva vida": "Ahora tengo alegr�a. Voy a clases de memoria, a gimnasia, me apunto a todo lo que haya. Estoy content�sima. Cambiar la soledad por esto... es que no hay dinero que lo pague".De aquel caf� han pasado ya m�s nueve a�os. Nueve a�os en los que Mamerto y Mercedes caminan juntos. Emociona observarles juntos, mientras cuentan su historia, mientras Mamerto te ense�a sus obras de arte de esparto, mientras se cogen de la mano y se la besan. La vida les cambi� tanto que Ram�n Garc�a se maravilla al verlos regresar al plat� en sus visitas de seguimiento : "Les ves cuando est�n solos y jodidos, con ojeras, dejados en el vestir... y de repente vuelven y son otras personas, van vestidos diferentes, tienen alegr�a". Es la magia de tener a alguien con quien desayunar por las ma�anas, alguien a quien prepararle el caf� y discutir sobre qui�n hace la cama.Dice Ram�n Garc�a que la frase m�s bonita que le han dicho en estos 10 a�os de En Compa��a es: "Nos hab�is salvado la vida". Y no es una exageraci�n televisiva para rascar d�cimas de share. Es literal. La soledad enferma, cuesta miles de millones a la sanidad p�blica en pastillas para dormir y consultas m�dicas de personas cuyo �nico dolor es no tener a nadie que les pregunte c�mo est�n.A veces, el goteo incesante de personas que acuden al programa esconde realidades duras, incluso familiares. Existe un ego�smo brutal en los hijos, un miedo at�vico a que el padre o la madre rehaga su vida: �si la abuela se echa novio, qui�n cuida a los ni�os el fin de semana? o "a ver si esta pelandusca le va a quitar los ahorros". Romper ese prejuicio, hacer entender que los padres tienen derecho a ser felices tras haber criado a toda una generaci�n sin vacaciones, es otra de las batallas diarias del plat�."Los hijos tienen que entender que la vida no est� solo para sufrir, tambi�n est� para ser feliz"Mercedes"Hay hijos que no lo entienden. Yo misma conozco el caso de un buen hombre que se qued� viudo y, cuando se ech� una novia, no se lo quer�a contar a su hija por miedo a c�mo reaccionar�a. Ella se enter� por otros lados y se sent�a fatal porque su padre no se atreviera a cont�rselo. Los hijos tienen que entender que la vida no est� solo para sufrir, tambi�n est� para ser feliz. Algunos no lo piensan, se creen que porque eres mayor ya no tienes derecho a una compa��a", cuenta Mercedes. En su caso, los hijos de ambos no solo lo aceptaron, sino, como asegura Mamerto, "la quieren como si fuera su madre".El programa tambi�n tiene su reverso de dolor. Las parejas envejecen, la salud se quiebra y, a veces, llega la llamada que nadie quiere recibir en la redacci�n. Como les pas� con Margarita y Jes�s, una pareja encantadora que se conoci� all�, a la que pasearon en un coche descapotable. Margarita falleci� y Jes�s volvi� a quedarse solo. Ram�n y Gloria Santoro confiesan que a veces ven entrar a una pareja, se miran de reojo y piensan: "Igual es la �ltima vez que vienen juntos". Y casi nunca se equivocan. Es duro, pero como ellos mismos dicen, les queda el consuelo y la sonrisa de saber que sus �ltimos a�os los pasaron felices y arropados.Ram�n se acuerda durante la entrevista de Antonio. Su mujer, enferma durante a�os, le dec�a que las tres horas de En Compa��a eran las �nicas en las que era feliz. Antes de morir, le dej� un mandato de amor puro: "Cuando yo falte, vete a ver a Ram�n para que te busque a alguien". La semana pasada, Antonio lloraba en el plat� con su hija enfrente, buscando esa �ltima compa��a.Y as�, hilvanando los d�as entre el caf� de la ma�ana y las tardes compartidas, Mamerto y Mercedes le ganaron la partida al silencio y a la soledad. Ella lo resume con esa sabidur�a limpia de quien ha conocido la oscuridad y hoy elige, por encima de todo, la luz: "Le quiero". Porque al final, el programa no solo les devolvi� la sonrisa. Les devolvi� la esperanza de que la vida, por muchos a�os que pasen, ofrece la oportunidad de ser feliz.