Esto no es una columna sobre videojuegos, porque vaya por delante que quien esto escribe no ha jugado (aún) Mina the Hollower y, por tanto, esto no es una crítica del último juego de Yacht Club Games. Esta columna no es una columna sobre videojuegos, pues, sino sobre algo mucho más importante: esta es una columna que trata sobre la ilusión.Felizmente, los videojuegos nos han malacostumbrado a qué algo así pase al menos una vez al año: de repente, los susurros empiezan a hablar de una obra cuya recepción parece unánimemente buena; de repente, en foros, conversaciones y webs se empieza a repetir el nombre de una obra que había pasado por debajo del radar; de repente, un juego grande en aspiraciones pero modesto en presupuesto consigue desplazar a las grandes superproducciones y colocarse en el centro de la vida gamer; de repente, ha nacido un fenómeno. Pasó en 2015 con Ori and the Blind Forest, en 2016 con Stardew Valley, en 2017 con Hollow Knight, en 2018 con Celeste o en 2019 con Outer Wilds. Más recientemente, en 2024 ocurrió con Balatro, y el año pasado con Clair Obscure.Este año todo parece apuntar que ha pasado con Mina the Hollower, que ha sorprendido a todos con su aspecto de juego de 8 bits. Lo del aspecto visual no es algo baladí: cuando se trata de un juego sorpresa, el aspecto visual se convierte de forma intuitiva en un medidor inversamente proporcional a la calidad que parece atesorar. Es decir: si un juego tiene un aspecto visual (aparentemente) tan pobre, uno piensa de forma automática que todo lo demás debe ser absolutamente extraordinario para compensarlo y justificar la expectación. No pasa siempre, pero, en general, cuanto más simple sea su apartado gráfico mayor debe ser la magia que secretamente atesora y que a tantos ha convencido. Es algo con lo que los amantes de los videojuegos se han topado a lo largo de su búsqueda de juegos: ¿qué gozoso secreto, narrativo o de jugabilidad, debe guardar obras tan visualmente simples como, por ejemplo, Undertale, Rain World, o Return of the Obra Dinn para convencer a tantos?Como el cazador que de pronto entrevé la silueta de un ciervo de 14 puntas, como el bibliófilo que se topa por sorpresa con un incunable agazapado en una librería de viejo, no hay mayor gozo que el de la sorpresa de la grandeza. Cuando uno lee las noticias y ve que la conversación gira en torno a un juego tan (aparentemente) limitado como Mina the Hollower; cuando uno se da cuenta de la unanimidad de las críticas y testimonios; cuando uno se entera de que, a la chita callando, se ha convertido en el juego con mejor nota media en un año en el que han llegado obras mayores como Pragmata o Resident Evil Requiem, entonces uno sabe que está ante algo especial, algo que ha logrado llegar a la raíz misma de la magia de los videojuegos, y no puede evitar que un escalofrío de gozo y expectación recorra su espalda.Pasa con algunos libros, con algunas series, con algunos discos y, claro que sí, también con algunos videojuegos. De hecho, es menos probable que un videojuego tan bien reseñado termine decepcionando, porque (por ahora) el gusto entre la crítica y los jugadores está mucho más en comunión que en otras formas artísticas. Pasa pocas veces que una obra venga tan unánimemente avalada por la crítica, pero cuando pasa queda claro que la emoción tiene muchas formas pero un solo mandato: cuando llega, lo único moralmente obligatorio que se puede hacer es cancelar planes, y dedicarse a disfrutar en casa.