Esta semana miles de estudiantes de toda España enfrentarán un rito de paso capital en su tránsito hacia la vida adulta. Tras la sopa de siglas contemporánea (PAU, EvAU, EBAU…) con la que en España hemos bautizado la prueba, se esconde aquello que en Italia llaman con acierto envidiable examen de maturità. Se trata exactamente de eso, de probar la madurez de los chicos, ordenando de forma imparcial un protocolo que nos permita calibrar el esfuerzo y los conocimientos de los jóvenes. En nuestro país esta prueba es imperfecta. La añorada igualdad ante la ley, aquello que los griegos denominaron isonomía, exigiría que cada joven español se enfrentara a una misma prueba para rendir homenaje a los criterios de mérito y capacidad que rigen en nuestra Constitución. Por desgracia, no será uno, sino 17 los modelos de examen que se distribuirán por nuestro territorio. Un hecho que consagra la desigualdad bajo la coartada de la diferencia, y que condena a los chicos de las comunidades más exigentes a competir en inferioridad de condiciones. Más allá de la dimensión institucional de la selectividad, cualquiera que haya vigilado esta prueba habrá comprobado algo que no deja de resultar emocionante. Durante algunos días, chicos y chicas de alrededor de los 17 años se enfrentan a exámenes que van desde el dibujo técnico al latín, desde la historia del arte a las matemáticas, la filosofía o la lengua. Es cierto que los itinerarios ya marcan alguna especialización mínima, pero el grado de flexibilidad con el que los estudiantes afrontan una prueba tan plural da cuenta de la apertura y de la agilidad de sus mentes. Hasta que llegan a selectividad, los estudiantes conviven con compañeros de aula que tomarán rumbos opuestos. Los futuros filólogos comparten pupitre y confidencias con los abogados del mañana y arquitectos, médicos y economistas, a los 17, todavía pueden sentarse juntos. En la universidad estudiarán materias cada vez más próximas y convivirán con compañeros, y profesores, cada vez más parecidos a ellos mismos.Hay una pérdida silenciosa en ese tránsito. Ellos no lo saben, pero es en este tiempo, cuando en la mochila conviven la calculadora, el poemario de Lorca y los primeros secretos de quien es casi un adulto, cuando se vive el momento intelectualmente más ambicioso y esperanzado de la vida. Lástima que sea el sistema, y no ellos, quien decide que ya es hora de madurar y de cerrar esa mochila grande en la que cabían tantas cosas.
La mochila grande
La prueba de acceso a la Universidad no solo es una nota, sino un tránsito personal












