El resultado de la primera vuelta presidencial ha caído como un baldado de agua helada a la izquierda colombiana, que durante los últimos meses navegó en el triunfalismo, creyendo que eran ciertas las encuestas que daban como ganador a su candidato, el senador Iván Cepeda Castro. La izquierda no escuchó las alarmas y ha pasado lo inesperado: el outsider de extrema derecha, Abelardo de la Espriella, quien se reconoce como El Tigre, ganó el primer lugar del balotaje, a pesar de que en los últimos meses le explotaron múltiples escándalos mediáticos por su pasado como defensor jurídico de super poderosos delincuentes. Por ello, Iván Cepeda lo califica como “estafador de estafadores”. Con el 43% de votación a su favor, con más de 10,3 millones de votos, se demuestra que a los electores poco le importó el pasado del candidato, su falta de experiencia en cargos públicos, la fragilidad de sus propuestas y la amenaza de futuros expedientes en Estados Unidos por su relación con el testaferro de Nicolás Maduro, el colombiano Alex Saab, preso en una cárcel norteamericana. Con tres puntos por encima de Cepeda y más de 600.000 votos de diferencia, el Tigre arranca la segunda vuelta desde una posición de ventaja. Pero las elecciones son como un partido de fútbol de 90 minutos que se acaba en el pitazo final. Apenas han pasado 45 minutos del primer tiempo, y el Tigre lo ha ganado. Pero Cepeda aún no está derrotado. No hay que caer ni en el derrotismo, ni en el triunfalismo. En Colombia ya ha sucedido que el ganador de la primera vuelta es el perdedor en la segunda. Basta recordar la campaña de 1998, cuando el liberal Horacio Serpa Uribe le ganó por escaso margen al conservador Andrés Pastrana, y faltando ocho días para la segunda vuelta, la guerrilla de las Farc decidió, por gestión de Álvaro Leyva, apoyar al dirigente conservador, demoliendo la estrategia de que Serpa era el camino de la paz. Fue un golpe de opinión demoledor que significó la derrota de Serpa, y la entrega de Pastrana, unos meses después, de cinco municipios y 42.000 kilómetros a las Farc, en un proceso de paz que esa guerrilla aprovechó para crecer y azotar a Colombia. De ese fracaso surgió el poder de Álvaro Uribe, como jefe de la extrema derecha, quien ganó las elecciones presidenciales de 2002 y 2006 en primera vuelta, con el 53% y 62%, respectivamente. Otro ejemplo, son las elecciones de 2014, cuando el candidato del Centro Democrático, Óscar Iván Zuluaga, derrotó en primera vuelta al presidente Juan Manuel Santos, quien buscaba la reelección con la bandera de las negociaciones de paz con las Farc. Zuluaga obtuvo el 29,3% y Santos, el 25,7%. En segunda vuelta, ganó Santos con el 50,99%, mientras Zuluaga obtuvo el 45%. A pesar de que el presidente Petro no reconoce aún los resultados electorales, la segunda vuelta presidencial comenzó ayer mismo. Aún faltan 21 días de campaña, movimientos estratégicos de ambos rivales, reacomodamiento de fuerzas, decisiones de grupos de poder, acciones determinantes del presidente Petro, quien no tiene límites para expresar su voluntad política. Y, por supuesto, gestiones de actores internacionales que buscarán imponer en Colombia un futuro de derecha como el de Argentina, con Milei; Ecuador, con Noboa; El Salvador, con Bukele; y Estados Unidos, con Trump. La agenda internacional será determinante para intentar incidir en la voluntad de los colombianos. La gran incógnita es cuánto daño se hicieron los candidatos de la derecha y hasta dónde es posible que los votos de Paloma se trasfieran al Tigre. De hecho, el compañero de fórmula de Paloma, Juan Daniel Oviedo ya anunció que no apoyará al Tigre por ser “sucio, machista y homofóbico”. De tiempo atrás Sergio Fajardo y Claudia López anunciaron lo propio. Por ello, el Centro político adquiere en este momento un valor estratégico y es vital para asegurar la victoria de cualquiera de los candidatos en disputa. El triunfo del Tigre significa, asimismo, un reacomodamiento del tablero político. El manto de duda del presidente Petro es un golpe de opinión contra ese hecho. Lo evidente es el nacimiento de una extrema derecha más radical, que tiene nuevo jefe y sepulta el liderazgo de Uribe, quien desde sus años de Gobernador de Antioquia se mantuvo como faro ideológico de ese espectro y carga con un lastre de violación sistemática de derechos humanos y corrupción de su círculo cercano. El fin del uribismo tendrá un alto impacto en la política nacional, porque servía para ordenar el debate político. El surgimiento del abelardismo como jefe de la extrema derecha es un camino que apenas comienza, y cuyas claves están en su manera de entender la economía, los derechos humanos, la democracia, el medio ambiente, el fracking, las relaciones con Estados Unidos. De la Espriella es un hombre ambicioso, con tres nacionalidades, que busca incrustarse en los grupos de poder de la extrema derecha internacional y tiene como modelo a Trump, a quien copia en su particular manera de hacer dinero y exhibirlo; Bukele, de quien admira su desprecio por los contrapesos democráticos; y Milei, de quien copia su discurso económico. Todos los ataques al Tigre, sin embargo, se han estrellado contra un teflón mediático, que lo ha hecho inmune a la izquierda, los influencer, las redes sociales, pero sobre todo del desdén de Uribe, su antiguo protector, y los ataques de Paloma. La estrategia de Paloma fracasó en un caos permanente, la ineptitud de sus asesores y la deslealtad de sus seguidores. El 6 % obtenido la deja solitaria en el palomar, fuera del Congreso de la República, su espacio natural, y sin poder político para negociar. Solo le quedó la opción de claudicar ante el Tigre. A estas alturas, más importante que entender lo que pasó es vislumbrar lo que viene. La segunda vuelta será una guerra total entre dos espectros ideológicos antagónicos. El triunfo del uno, es la derrota del otro. Y lo peor, el inicio de días difíciles para Colombia. Si ganara el Tigre tendría a Petro en la calle en primera línea haciéndole oposición. Si ganara Cepeda, tendría a la extrema derecha envalentonada cerrando todos los espacios para impedir las reformas que el país reclama. Visto desde ahora, pareciera inútil hablar de unidad nacional. El resultado obliga, además, a Iván Cepeda a revisar a fondo su estrategia y tomar decisiones. La primera, es liderar con mayor ímpetu su campaña, atraer negociaciones con el Centro, librarse del sectarismo de su círculo cercano, propiciar debates, calibrar los ejes del discurso, apelar a las emociones y neutralizar el show de su adversario, que ha cautivado al electorado con un mensaje de revancha, que no escucha razones y se mueve por emociones. Ello significa recomponer la narrativa y profundizar el mensaje. Esa campaña necesita más autenticidad, más vida propia, transmitir emoción y una promesa de valor que le llegue a más colombianos, que hoy están embelesados con los gruñillos del tigre y sus juegos pirotécnicos. Cepeda ha sido un candidato demasiado cerebral para un país de gente apasionada, que busca fetiches y salvadores. Es el momento de la movilización, de la seducción y las grandes propuestas. El éxito del Tigre se entiende, asimismo, en el voto castigo de millones de colombianos a la corrupción de quienes traicionaron a Petro. La promesa de valor de Cepeda tiene que superar el tema del ELN, que traicionó los anhelos de paz de los colombianos y le ha hecho la campaña a la derecha.La primera vuelta presidencial, en síntesis, ha significado el fin de la burbuja de un triunfo en primera vuelta de la derecha o la izquierda. Colombia tiene ante sí dos modelos definidos de política de Estado. La continuidad del Gobierno de Petro, a través de Iván Cepeda, o el regreso al poder de una extrema derecha revanchista que llegará a imponer las recetas que se aplican en otras latitudes, que comenzarían, como en Chile, con cientos de decretos presidenciales para revocar los avances sociales de Petro en los últimos cuatro años. En conclusión, el Tigre ya no es un dummy, tiene rayas y dientes grandes, pero aún no ha ganado. Iván Cepeda no está derrotado y Petro sigue siendo el presidente. La batalla continuará hasta el 21 de junio. La política arde.