De poco sirven un Bruce Wayne sin capa ni batimovil y un Clark Kent que no se anima a convertirse en Superman.
Para los cubanos, Miguel Díaz-Canel es una promesa incumplida. Más por ansiedad que por tener motivos serios, esperaban que fuera el héroe político que se atreviera a lo que su mentor no se había atrevido. Pero el primer presidente sin el apellido Castro en 67 años terminó siendo un gris administrador de estertores; un guardián de los restos de la revolución.
Un regalo del régimen al presidente menos democrático y más inescrupuloso de la historia de Estados Unidos: la oportunidad de poner fin a una realidad calamitosa, sin que la acción que completó el colapso energético y económico causara más estupor que el ínfimo causado por la captura de Maduro y el sometimiento del chavismo a la voluntad de Washington.
Cuando Raúl Castro puso a Díaz-Canel en la presidencia, la mayoría creyó que el régimen, finalmente, cumpliría la postergada promesa de permitir la empresa privada nacional y abrir la economía a inversiones de capitales extranjeras. Lo que hizo Vietnam a partir del VI Congreso del Partido Comunista, al lanzar la “Doi Moi” que puso fin a la economía colectivista de planificación centralizada y promovió el capitalismo vietnamita y la inversión extranjera en gran escala.












