Hace cuatro años menos algunos días, el 16 de junio de 2022, comencé un artículo con estas palabras: “Se acaba por fin la campaña más sucia, más biliosa, más iracunda y más repugnante que yo recuerde, y esto lo escribe alguien que vivió muy de cerca el infierno previo al plebiscito de 2016”. Un lector me mandó ayer mismo esas palabras con un mensaje que decía: “No importa cuándo leas esto”. Y es verdad que lo mismo se puede decir de esta campaña que termina con nuestro voto de hoy, pero últimamente me parece que algo ha empeorado esta vez: la primera vuelta se siente como si fuera la segunda. De todas formas, es verdad: allí han estado la bilis y la rabia y la insensatez y el veneno de lo que se ha vuelto la rutina de ir a las urnas. Las campañas son esto en Colombia, y no parece que podamos salir de esas dinámicas perversas. Hemos visto a personas que tienen un cierto grado de influencia jugar a pegarle un tiro al presidente; hemos visto a candidatos prometer que van a destripar a los oponentes; incluso los que no estamos en la cloaca tóxica de las redes sociales, grandes responsables del veneno en que vivimos, hemos sentido el clima general de desprecio explícito y violencia contenida que han sido estas semanas. Violencia contenida, digo, pero me corrijo: porque no se nos puede olvidar que el punto de partida de esta campaña es el asesinato cobarde y atroz de Miguel Uribe Turbay. Que a tantos se les haya olvidado ya, o que encima de ese fuego otros hayan querido rociar más gasolina, es un síntoma más de la podredumbre en que vivimos hoy los colombianos.Iba a comenzar este artículo haciendo proselitismo, como lo harán tantos otros artículos de este domingo y como lo han hecho tantos en estas últimas semanas. Iba a comenzar diciendo por qué mi voto será para Sergio Fajardo, por qué me parece que considerarlo el mejor candidato y no votar por él es un acto de cobardía ciudadana o renuncia política, por qué creo que el voto debe reflejar nuestras convicciones y no nuestros miedos: y etcétera, etcétera, un largo etcétera. Iba a hablar del cacareado voto útil, y de mi convicción de que sólo se desperdicia el voto (sólo es el voto inútil) cuando se vota obedeciendo a los otros: los que quieren que votemos según las encuestas; los que quieren que votemos desde ya por el supuesto mal menor. Iba a decir por qué es problemático en democracia ese voto que sólo puedo llamar chantajeado. Iba a decir, cayéndome por el precipicio de la ingenuidad, que el voto no sólo es un derecho ciudadano, sino un gesto ético. Pequeño y casi invisible, sí: pero es que no tenemos otro, porque así funcionan las democracias. Iba a recordar, para salir de las abstracciones que no le interesan a nadie, que el porcentaje de indecisos ha crecido notablemente en las semanas recientes, y según algunas cifras roza el 28%. Iba a preguntarme si esa cifra nos habla sólo de la gente que no tiene claro por quién votar; iba a sostener que no es así, que esa cifra incluye también a los que lo tenían claro pero se han arrepentido por algún hecho reciente (por ejemplo, el mismo candidato de la ramplonería que le pide a una mujer periodista fijarse bien en su paquete). Iba a concluir que ese 28% de indecisos puede tal vez salir con algo que las encuestas no están viendo. Iba, en fin, a tratar de explicar por qué me parece tan problemática esta forma de la izquierda que se ha inventado Petro en los últimos cuatro años y por qué me parece tan nefasta y peligrosa esta derecha que se ha inventado Abelardo de la Espriella. Me iba a preguntar qué dice de nosotros que un personaje de su catadura sea un candidato deseable para tanta gente. Porque no: a De la Espriella no lo ha producido solamente el odio visceral a Petro. También lo ha producido la admiración que esta sociedad siente por el machismo de caricatura, el matoneo de patio de colegio, la frivolidad, la ostentación, la insustancialidad y la chabacanería. Pero no voy a hacer nada de eso. Propongo otra conversación: una conversación sobre lo que se nos viene encima. He descubierto que muchos ya comienzan a prever que las elecciones dejarán destrozos; ya comienzan a ver de qué forma podemos repararlos. Y tienen razón, me parece. Nadie sabe lo que va a pasar hoy, pero en cierto sentido no importa: ya podemos intuir lo que va a pasar durante los próximos cuatro años. Sabemos que esta campaña electoral nos deja –igual que la campaña de hace cuatro años, igual que la de hace ocho– un país más roto, más peleado consigo mismo, más atrincherado en su mentalidad de guerra: un país donde una mitad considera que la otra mitad es su enemigo feroz, donde una mitad piensa en la otra mitad como una amenaza de muerte y además lo dice, donde una mitad está dispuesta a condonar o justificar la violencia que se cometa contra la otra mitad, y a veces incluso la propone. Lo que quiero decir es esto: el clima actual es el producto de años y años en que los líderes de las sectas –Uribe, Petro y sus respectivos soldaditos de plomo– se han dedicado disciplinadamente a envenenar y a dividir, porque nadie parece tener imaginación suficiente para inventar otra forma de llegar a poder (o de mantenerse en él, o simplemente de defenderse de la persecución). Hoy vivimos en el resultado del deterioro provocado por ellos; pero hoy comienza otro deterioro. Y en cuatro años, a menos que hagamos algo, estaremos en las mismas. Piensen también en eso cuando vayan a votar.