Puede ser interesante pensar alrededor de las modas argumentales. Sus nacimientos suelen estás mucho más vinculados a conclusiones que prescinden de los datos, que al resultado del análisis de información relevante para llegar a esas mismas conclusiones. El estudio de la política se nutre con intensidad de estas semánticas, luego asumidas como verdades incuestionables, y utilizadas a lo largo del tiempo como material clave en la toma de decisiones. A su vez, las columnas de opinión de los medios de comunicación masivos, o los mismos editorialistas en medios audiovisuales, pueden mirar a cámara con un rostro que simula el resultado de un proceso reflexivo, para simplemente repetir lo que por esos días todos comparten en similitud. Pero además de describirlos, puede uno acercarse a un análisis adicional en relación a la idea de la función que estos argumentos acumulados cumplen. No se trata del procesamiento de un conocimiento, sino solo del logro conjunto de un sentido que existe para sostener la comunicación activa. De este modo, su logro más trascendente es permitir que la comunicación no se interrumpa, mientras de fondo, pasan siempre otras cosas, que en la mayoría de las veces, son las mismas. Una de las condiciones importantes y necesarias para que esto sea posible es la prescindencia de las comparaciones y revisiones históricas. Los temas son asumidos como novedades absolutas en la política y como eventos solo presentes, solo actuales en formato de sorpresas impensadas y sin antecedentes. A su vez, se extienden estas asunciones de singularidad a las hipótesis sobre el tiempo próximo, es decir, a las imaginaciones factibles sobre sus factibles resultados, como si ese pasado no solo no tuviese condiciones de elementos para comparar el episodio en sí mismo, sino tampoco nada para su probable resolución. Un ejemplo atractivo es la obsesión con la polarización como novedad de este tiempo. Para la política actual no habría algo que sí antes estaba presente en torno a las política como escenario de discusión colectiva en el que ciudadanos y dirigentes se encontraban, supuestamente, en un proceso virtuoso de retroalimentación cívica casi emocionante. Ahora, en cambio, todos serían unos bárbaros ignorantes solo seguidores de figuras públicas de redes sociales. Gracias estos argumentos se puede incluso conseguir financiamiento para la realización de documentales sobre los problemas asociados a internet en el mundo moderno, investigar el impacto simbólico de la IA en las relaciones entre pares, nutrir a las siempre “productivas” charlas TED, hacer posteos en LinkedIn para que tus pares te feliciten, y en especial, permitir que legisladores de todo el mundo intervengan con proyectos de Ley sobre problemáticas que en especial desconocen, pero que preocupan como urgencia supuesta. Dentro de todo lo que afectaría al universo social, la política, precisamente, quedaría también reducida a un escenario irreflexivo del que solo habría espacio para la denuncia y el lamento.
La insoportable novedad
La pregunta por lo realmente nuevo también conforma al análisis político. Cabe también para comprender cómo se insertó y progresó Javier Milei. La originalidad es un valor no habitual y poco frecuente en la política.
La polarización no es novedad: en Argentina, dos bloques concentraron el 80-100% del voto presidencial desde 1922, con grietas tan profundas como la de 1946 mucho antes de internet. El mismo sesgo ahistórico distorsiona el debate sobre IA y redes sociales, produciendo regulaciones impulsadas por legisladores que desconocen los fenómenos que pretenden regular.












