La objetividad no está de moda. El descaro que antes se condenaba ahora se promociona. Incluso se defiende como único camino para destacar en política y en el ecosistema mediático. Adoramos al fanfarrón, castigamos la cautela del responsable. Quizá porque no es previsible ante el ojo de nuestros anhelos. Los populismos lo saben. Lo aprovechan: utilizan la velocidad de consumo de las redes sociales para excitar la irritación colectiva. Hasta conseguir que dediquemos mucho tiempo de nuestra existencia a sus bravuconadas. Aunque sean debates que no están en la calle. Y los medios de comunicación nos contagiamos. De hecho, la televisión se ha llenado de tertulias en donde el reality show arrasa con la información. Lo importante es el choque que nos pone arrebatados. Pero eso no es periodismo. Es el espectáculo que retuerce los valores democráticos y que ha conseguido que no diferenciemos demasiado entre periodistas y defensores. De hecho, preferimos defensores a periodistas, pues nos dan la razón. Cosa bastante más reconfortante para un mundo infantilizado. ¿Qué debemos hacer los periodistas? Para defender y proteger la credibilidad que nos diferencia de los propagandistas,los medios de comunicación veraces deberíamos poner en cuarentena las provocaciones de los que calientan cabezas. No amplificarlas desde la rabia inmediata. Nunca hay que divulgar desde el horror del susto. O solo se propagará la indefensión del miedo.Pero silenciar tampoco es una salida. Parece que se censura en un mundo distraído en el morbo de historias de conspiraciones, mitos y leyendas. Cuando cribar una información y no darla normalmente solo es el ejercicio honesto de priorizar entre lo sustancial y el mero barullo, entre lo contrastado y la especulación. La solución a este complejo desafío pasa por no replicar lo que crispa solo porque crispa y aportar el contexto: explicar a la sociedad en qué consisten estas tácticas de distracción masiva que nos hacen más dóciles. Exponer aquello que delata las dinámicas de los mercaderes de la demagogia e ignorar su delirio habitual que solo es una trampa para aturdir. Es la exitosa rutina de Trump: lanza desatinos constantes que son imposibles de rebatir. Y cuando empiezas a desmontar un dislate ya está otra necedad encima de la mesa. Así se enreda el debate público: el absurdo impide la denuncia lúcida de los desmanes.El problema se agrava porque muchas teles y partidos políticos han interiorizado que esa tensión épica les beneficia. Y juegan al "¡qué vienen los malos, qué vienen los malos, qué vienen los malos!" para defenderse incluso de lo que no tiene defensa. Se elige echar leña al fuego más que llamar a un bombero que sofoque las llamas del incendio. Es la victoria del individualismo cortoplacista que vivimos. Te puede dar likes un rato, audiencia unos meses y quizá algún voto en las próximas elecciones, pero más allá de los convencidos, que tuitean mucho pero representan a la sociedad poco, esta dinámica está sembrando un agotamiento colectivo que peligra en transformarse en desafección democrática. La responsabilidad es de todos y el periodismo es un oficio fundamental para frenar este empobrecimiento social. Sí queremos hacer periodismo real y no propaganda, claro.
La responsabilidad mediática: cómo acabar con las manipulaciones de los populismos
Cuando la tensión narrativa marca la agenda pública.









