Cuando somos niños, no nos preguntamos por la autoría de una obra literaria: nuestro primer contacto con la literatura suelen ser esos cuentos que, aunque se editen bajo el nombre de quien los recopiló, son el resultado de una larga tradición oral en la que han sufrido numerosas variaciones. Más adelante, con los libros para primeros lectores, los escritores son percibidos como poco más que un nombre que aparece en la cubierta, el nombre de alguien vivo o muerto, qué más da; lo único que nos importa es el relato.
Sin embargo, con los años esa “pureza”, por así decir, se pierde. El autor comienza a ser un elemento destacado en torno al acto de leer, bien porque desde las clases de literatura obligan a aprenderse unas líneas de su biografía, bien porque como lectores aficionados nos interesamos por ellos e incluso acudimos a sus firmas. El anonimato queda relegado a clásicos como el Lazarillo de Tormes, sobre los que de hecho ya existen indicios sobre su autoría; o como un fenómeno histórico, como las escritoras que se escondieron bajo un seudónimo masculino para que sus publicaciones se tomaran en serio, como Caterina Albert (Víctor Català) o Mary Ann Evans (George Eliot).
Más allá de los grandes clásicos, hoy es muy difícil dar con un libro del que no se sepa nada sobre el autor. A las transformaciones socioculturales —la consolidación de la obra de autor en la narrativa moderna frente a la tradición oral— se ha sumado la exposición (¿explotación?) mediática, que desde la existencia de Internet y las redes sociales va en aumento. El escritor no se limita a escribir: también se dedica a promocionarse, por su cuenta o siguiendo las indicaciones de su editorial (entrevistas, presentaciones, vídeos, conferencias y cualquier tipo de evento). A veces, el número de seguidores que acumula en las redes se convierte en un valor añadido para que las editoriales apuesten por él.






