El mercado del petróleo vuelve a instalarse en una arriesgada montaña rusa de emociones. Hace tres meses que está sometido a estos movimientos oscilatorios. Justo desde el inicio de la guerra en Irán. Hasta entonces, vivía una inusitada calma, dominada por un exceso de producción y una tendencia a cotizar en niveles próximos a los 60 dólares, calificados de moderados. Sin embargo, el conflicto armado en Oriente Próximo ha llevado al oro negro a soportar escenas de volatilidad máxima y a las autoridades económicas, monetarias y a los inversores de todo el mundo a tener que atravesar por una pesadilla tan recurrente como persistente.
Cada relato de Donald Trump, cada ataque selectivo en el Pérsico y cada amenaza de nuevos y más herméticos cercos del Estrecho de Ormuz desencadenan escaladas violentas del barril. Por contra, las narrativas sobre distensión diplomática, emitidas sin orden ni concierto desde la Casa Blanca en su desesperado intento de recabar algún guiño de Teherán para anunciar una tregua sostenible, empujan su valor por debajo de los triples dígitos de manera fulgurante. El último intento, un supuesto acuerdo para prorrogar otros 60 días la tregua, fue cortado de raíz por Irán: el memorándum existe, pero no está finalizado.















