Primer clic. El ingeniero hace zoom sobre un mapa digital. En la pantalla, aparecen manchas verdes y rojas, pequeños puntos que se mueven y capas de información superpuestas. "Un tanque no puede subir por aquí", explica señalando una pendiente marcada en rojo. Con un movimiento del ratón, el algoritmo calcula en segundos operaciones topográficas que normalmente llevarían horas y ofrece nuevas rutas para el carro de combate. Segundo clic. Aparecen barcos navegando con las balizas apagadas. "Aquí (el sistema) nos alerta de que hay algo sospechoso", señala. En circunstancias normales, actuar sobre un objetivo implicaría una serie de reuniones y llamadas de teléfono. Pero con solo pinchar un botón, el operador envía una solicitud y la cadena de mando la aprueba directamente. "Hemos reducido un proceso de unos 20-25 minutos a solo 3-4 minutos. Si haces eso 100 o 1.000 veces, el tiempo que ganas para que las personas puedan tomar mejores decisiones es enorme. Y en la guerra, el tiempo es clave", explica. La esencia de todo, matiza el ingeniero, es la "ontología". La mayoría de las organizaciones tienen sus datos dispersos en decenas o cientos de sistemas desconectados. Si se permitiera a un modelo informático explorar libremente ese entorno, podría acceder únicamente a fragmentos de información y empezaría a alucinar. "Pero nosotros abstraemos toda la complejidad de datos y proporcionamos una representación precisa, actualizada y detallada. Es la base del valor de nuestro software", recalca. La escena —construida a partir de un escenario ficticio— transcurre en las oficinas londinenses de la compañía estadounidense Palantir, una elegante sede de ladrillo visto en el Soho, y muestra mejor que cualquier folleto corporativo la ambición de una de las más empresas poderosas, pero también más controvertidas, del ecosistema tecnológico global. La compañía ya ha exportado a la OTAN el sistema Maven, el mismo que utiliza el Pentágono para navegar la avalancha de información y datos de la guerra moderna. Países como el Reino Unido han adoptado su software, pero no lo han hecho todos los miembros de la alianza. Hoy, casi 25 años después, Palantir mueve las tripas militares de Occidente. ¿Cómo evitar otro 11-S? Las comisiones que investigaron los atentados del 11-S de 2001 en Estados Unidos descubrieron que múltiples organismos de inteligencia y seguridad habían tenido fragmentos de información que avisaban de la amenaza terrorista, pero nadie había conseguido conectar todas las piezas. Peter Thiel, de 58 años —cofundador de PayPal, multimillonario inversor tecnológico y una de las figuras más influyentes y controvertidas de Silicon Valley— concluyó que replicando los sistemas de detección de fraude financiero se podrían impedir ataques terroristas. Y creó Palantir, nombre inspirado en las piedras videntes de El Señor de los Anillos de J.R. Tolkien, capaces de observar acontecimientos lejanos y localizar aliados o enemigos. Los inicios estuvieron vinculados al mundo de la defensa y la seguridad nacional —con clientes iniciales como la CIA y otras agencias estadounidenses de inteligencia—. Pero su cartera se ha ido ampliando y diversificando. Palantir, con sede en Miami, pasó de facturar uno 1.100 millones de dólares en 2020 (año que salió a bolsa) a cerrar el ejercicio pasado con unos ingresos récord de casi 4.500 millones de dólares, una subida de más del 300% en cinco años. Desde su estreno en el parqué, la acción se ha disparado un 1.300%. Los inicios estuvieron vinculados al mundo de la defensa y la seguridad nacional, con clientes iniciales como la CIA Tan solo en Reino Unido, la firma acumula contratos públicos por alrededor de 600 millones de libras, más de la mitad (330 millones) con el Sistema Nacional de Salud Pública y otros 240 millones con el Ministerio de Defensa; además de acuerdos con Scotland Yard y otros cuerpos policiales y una reciente incursión en la Financial Conduct Authority, el regulador británico que supervisa gran parte del sector financiero. Thiel insistía en que la compañía no nacía para destruir libertades civiles, sino para protegerlas. "Definí así el problema: cómo reducir el terrorismo preservando las libertades civiles", explicaría años después. Pero dos décadas más tarde, esa promesa está en el epicentro de una enorme batalla narrativa. Para sus defensores, es la infraestructura silenciosa que permitirá a Occidente defenderse en una nueva era de gobernanza marcada por la inteligencia artificial; una herramienta capaz de ayudar a ejércitos a proteger a sus soldados, a hospitales a reducir listas de espera y a gobiernos a tomar decisiones con mayor rapidez y precisión. Sus detractores, sin embargo, advierten de los riesgos de que una empresa privada termine convirtiéndose en el sistema nervioso de los Estados modernos. Acusan a su directiva de una retórica de extrema derecha y condenan su trabajo para los ejércitos de Estados Unidos e Israel, así como con el ICE, el programa de control migratorio de Donald Trump. En definitiva, para unos es un escudo para protegernos contra las amenazas externas; para otros, una soga digital que puede asfixiar a las sociedades democráticas. Defender Occidente (como concepto) Louis Mosley, de 43 años, vicepresidente ejecutivo y responsable del negocio de la compañía en Reino Unido y Europa, recalca que Palantir no tienen acceso a los datos. "Eso es lo que la gente no entiende. Lo que proporcionamos son herramientas que nuestros clientes utilizan para procesar esos datos, pero nosotros no tenemos acceso a ellos", explica en una entrevista con El Confidencial. "Cuando alquilas licencias de Microsoft Word, por ejemplo, no les estás dando ningún derecho de propiedad intelectual sobre el contenido. La idea de que nosotros tenemos control sobre los datos, o siquiera acceso a ellos, es desinformación", añade el directivo, quien antes de incorporarse a Palantir trabajó en la política conservadora y en el equipo de estrategia de Banco Santander. Mosley —más aficionado a las biografías (Aneurin Bevan y Stalin, las más recientes) que a los manuales de programación— acaba de regresar de Ucrania, el mayor escaparate mundial de Palantir y la demostración más visible de cómo la inteligencia artificial está transformando el campo de batalla. Su consejero delegado, Alex Karp, fue uno de los primeros directivos de una gran compañía en viajar a Kiev tras el inicio de la invasión rusa. Entre las distintas operaciones ofensivas y defensivas, la empresa ha puesto en marcha el llamado Brave1 Dataroom, un proyecto para crear un escudo nacional de defensa aérea, donde el sistema recopila información procedente de la guerra para entrenar modelos capaces de predecir ataques rusos y utilizar interceptores autónomos de bajo coste para proteger el espacio aéreo. Según Mosley, la gran revolución no consiste en sustituir a soldados o analistas por algoritmos, sino en liberarles de tareas repetitivas "Creo que Ucrania es ahora el principal exportador mundial de conocimiento sobre cómo defender el espacio aéreo frente a drones", apunta Mosley. El trabajo de la compañía en los últimos cuatro años ha cambiado "de manera radical". "Cuando empezamos, la IA apenas tenía el peso que tiene hoy y la guerra se libraba sobre todo con artillería tradicional y tanques. Ahora hay IA y drones por todas partes", explica. Según Mosley, la gran revolución no consiste en sustituir a soldados o analistas por algoritmos, sino en liberarles de tareas repetitivas. "Antes necesitabas miles de personas vigilando flujos de datos; ahora puedes utilizar IA para supervisarlos y generar alertas cuando algo requiere atención humana. La IA no reemplaza la toma de decisiones: sigue siendo un humano quien decide". Ucrania, dice, ha terminado convirtiéndose en una especie de laboratorio militar global, especialmente en la guerra con drones. Pero atribuye su éxito a algo más profundo. "Hay casi una diferencia filosófica. Ucrania funciona más como un sistema de libre mercado y competencia", dice. Describe incluso un sistema mediante el cual las unidades obtienen puntos por operaciones exitosas y pueden utilizarlos para adquirir nuevo equipamiento militar. "Cuantas más operaciones exitosas registras, más puntos obtienes; cuantos más puntos tienes, mejor equipamiento puedes adquirir; y cuanto mejor equipamiento tienes, mejores resultados consigues". En su opinión, esa lógica genera "un efecto exponencial en el rendimiento" y representa una ruptura con los modelos tradicionales occidentales. Ucrania está exportando ahora la experiencia adquirida y ha firmado acuerdos de cooperación en defensa con países como Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Palantir tiene algunos trabajos "pequeños" en Oriente Medio, pero, según Mosley, siguen "muy centrados en Estados Unidos y Europa". La misión fundacional de la compañía es "defender Occidente", concepto cada vez más complejo de definir teniendo en cuenta las tensiones trasatlánticas en la era Trump. "Creo que la mejor definición es un conjunto de valores. No es algo geográfico", apunta. En Estados Unidos existe "una carrera por adoptarla lo más rápido posible". Considera que el Viejo Continente avanza con más cautela Mosley cree que el gran riesgo para Europa no es la IA, sino quedarse rezagada. Mientras en Estados Unidos existe "una carrera por adoptarla lo más rápido posible", considera que el Viejo Continente avanza con mucha más cautela. Su temor es que acabe surgiendo "un mundo a dos velocidades", con las empresas estadounidenses "en el carril rápido" y las europeas "en el carril lento". A su juicio, la IA es "la tecnología más transformadora surgida en siglos" y las empresas que no se adapten podrían convertirse "en una sombra de sí mismas" en apenas una década. Aunque considera que Europa tiende a ser "más reacia al riesgo", cree que en España hay compañías que podrían estar siendo "más innovadoras y abiertas" que otras de su entorno. Aunque Palantir tiene clientes públicos y privados en España, no entra en detalles. Seis meses de ventaja Con China la conversación adquiere un tono más estratégico. Mosley sostiene que la ventaja estadounidense en inteligencia artificial sería hoy mínima: "Las mejores estimaciones apuntan a que Estados Unidos va unos seis meses por delante", afirma, aunque subraya que se trata de una distancia "muy corta" en un entorno donde "las reglas del juego cambian casi a diario". El momento que alteró muchas percepciones, explica, fue la aparición de DeepSeek. "El mundo despertó al hecho de que Pekín tenía tecnologías muy capaces". Y admite que, en algunos aspectos, especialmente en tamaño, escala y capacidad de despliegue, los modelos chinos llegaron a superar a algunas herramientas estadounidenses. "Sí, es una carrera armamentística", resume. Opinión La preocupación no se limita a la competencia tecnológica inmediata, sino a una dependencia futura difícil de revertir. Mosley establece un paralelismo con Huawei: "Una vez que una tecnología está integrada, resulta muy cara y difícil de retirar". Y lanza una advertencia: "Lo que hoy puede parecer un atajo o una alternativa más barata puede acabar teniendo enormes costes en el futuro". Mientras tanto, la posición de Palantir sigue siendo tajante: "No trabajamos en China y nunca lo hemos hecho. Solo trabajamos con aliados de Occidente". Para Mosley, el gran desafío de la IA ya no es desarrollar modelos más potentes, sino hacer que funcionen dentro de organizaciones reales. "La frontera tecnológica se mueve casi a diario", afirma, pero advierte de que la mayoría de empresas e instituciones tienen sus datos repartidos entre "cientos o miles de sistemas desconectados". Frente a quienes hablan de una burbuja, el directivo rechaza el catastrofismo y compara la IA con una revolución histórica: "El impacto será probablemente el más importante desde la Revolución Industrial o desde la electrificación". Tampoco cree en la desaparición masiva del empleo. "La IA hará a las personas más productivas y, en muchos casos, hará los trabajos más interesantes", sostiene. Cuestión de confianza La conversación se desarrolla en un ambiente relajado. Ese día no ha habido manifestación en la puerta. Pero las protestas suelen ser semanales. Más de 200.000 personas firmaron el mes pasado dos peticiones impulsadas por la organización 38 Degrees, en las que instan al Gobierno británico a poner fin a todos los contratos públicos con la empresa. Según una encuesta realizada por la organización activista y compartida con The Guardian, más de dos tercios de la población británica están preocupados por el creciente número de contratos públicos de Palantir, y el 40% desconfía de que la empresa no acceda a los datos de los pacientes del NHS, el Servicio Nacional de Salud, a pesar de que la compañía insiste repetidamente en que no puede ni lo hará. Richard Evans, responsable de Privacidad y Libertades Civiles de Palantir, recalca que una de las principales virtudes de la plataforma reside, precisamente, en controlar quién puede ver qué información, e insiste en que la empresa se ajusta siempre al marco regulatorio de cada país. "Nuestra seguridad es una de nuestras principales ventajas competitivas", sostiene. Su argumento es que el sistema está diseñado para compartir datos sin convertirlos en un "gran lago de información" accesible para cualquiera, sino compartimentando el acceso según la función y permisos de cada usuario. En cuanto a la regulación, su posición intenta caminar por una línea intermedia: defiende los estándares europeos de protección de datos, pero teme que un exceso de carga normativa frene el aprendizaje. "Los riesgos se comprenden utilizándola", sostiene. "Hay que aprender haciendo". También rechaza la imagen de Palantir como un "Gran Hermano" tecnológico. "Toda la filosofía fundacional de Palantir consistía precisamente en construir tecnología que permitiera usar datos sin renunciar a la privacidad y las libertades civiles", asegura. A su juicio, el problema es en gran parte de percepción: "La gente no entiende que somos procesadores de datos, no propietarios de datos". En cuanto a la regulación, su posición intenta caminar por una línea intermedia: defiende los estándares europeos de protección de datos Las críticas, sin embargo, no cesan. El pasado mes de mayo, un grupo de antiguos empleados publicó una carta abierta titulada The Scouring of the Shire ("La devastación de la Comarca"), en la que acusaban a la dirección de Palantir " haber abandonado sus ideales fundacionales". Y añadían que sus principios sobre protección frente a la discriminación, la desinformación y los abusos de poder "han sido violados y están siendo desmantelados rápidamente tanto en Palantir Technologies como en el conjunto de Silicon Valley". La república tecnológica El consejero delegado de la compañía, Alex Karp, de 58 años, nunca ha encajado en el molde clásico del fundador tecnológico obsesionado con aplicaciones de consumo o publicidad. Mientras otros gigantes de Silicon Valley construían imperios alrededor de redes sociales o teléfonos móviles, él defiende una idea mucho menos comercial: que la tecnología debe servir para reforzar a los Estados y proteger a Occidente. Hijo de una artista y criado por unos padres de espíritu contracultural próximos al ambiente hippie de los años sesenta, estudió filosofía y derecho, obtuvo un doctorado en teoría social en Alemania y durante años se definió como progresista e incluso socialista. Llegó a votar a Hillary Clinton y durante mucho tiempo aseguró que el auge de la extrema derecha era uno de sus mayores temores. Su amistad con Peter Thiel —cofundador de PayPal, inversor de Facebook y una de las figuras intelectuales más influyentes del conservadurismo tecnológico estadounidense— acabaría siendo decisiva para la creación de Palantir. Se conocieron a principios de los noventa en Stanford, donde estudiaban Derecho y discutían sobre política casi con la misma intensidad con la que otros estudiantes discutían sobre exámenes. Eran una pareja improbable: Thiel, capitalista libertario; Karp, un joven criado por padres de espíritu hippie y obsesionado con la filosofía política. Pero, a pesar de sus diferencias —o precisamente por ellas—, mantuvieron una amistad intelectual que acabaría convirtiéndose en una de las alianzas más influyentes del mundo tecnológico. Karp cultiva además una imagen deliberadamente excéntrica. Habla alemán con frecuencia, incluso dentro de la empresa, practica taichí, guarda espadas de entrenamiento en sus oficinas, nunca aprendió a conducir —"primero era demasiado pobre y luego demasiado rico", ha bromeado— y ha construido una imagen casi filosófica alrededor de su papel como líder empresarial. Pero donde esa evolución resulta más visible es en el manifiesto de 22 puntos que Palantir publicó el pasado abril, inspirado en su libro The Technological Republic (La República Tecnológica). El texto funciona casi como una declaración ideológica de la empresa: sostiene que Silicon Valley tiene una "deuda moral" con Estados Unidos y debe implicarse mucho más en la seguridad nacional; defiende que la cuestión no es si las armas basadas en IA se construirán o no, sino quién las construirá; propone recuperar formas de servicio nacional obligatorio y sostiene que Occidente debe abandonar cierta "autoflagelación" cultural. Algunas formulaciones provocaron una fuerte polémica, especialmente aquellas que sugerían que determinadas culturas habían impulsado avances decisivos mientras otras seguían siendo "regresivas" o "disfuncionales". Para sus seguidores, Karp está formulando una idea incómoda pero necesaria: que la tecnología y la defensa ya no se pueden separar y que Silicon Valley nunca debió alejarse del Estado. Para sus críticos, sin embargo, el manifiesto es una ventana a algo mucho más inquietante. Una visión en la que las fronteras entre poder político, tecnología y seguridad nacional empiezan a desdibujarse peligrosamente.