El martes entendí otra vez por qué a Estudiantes nunca se lo puede dar por muerto. Y menos que menos en la Copa Libertadores. La verdad es que no tenía muchas dudas. Pasado el minuto 40 del segundo tiempo, cuando algunos seguramente estaban abriendo una cerveza o pensando en el mensaje que iban a escribir en Twitter, se me vino a la mente una frase que repito bastante seguido: Estudiantes nunca defrauda. Nunca. Se puede perder (porque es lógico y porque es parte del juego), pero no es lo mismo perder blandiendo los escudos que bajar los brazos. Y eso pasa siempre en Estudiantes. Siempre. Lo del martes no fue solamente una clasificación. Ni siquiera el alivio final cuando terminó el partido y todo explotó. Fue otra cosa. Algo más difícil de explicar y que, sin embargo, cualquier hincha del club reconoce enseguida. Esa sensación de estar viendo una historia que ya pasó muchas veces. Como si la camiseta, la Copa y la noche se conocieran de memoria. Somos coperos. Estudiantes tiene eso. Una relación especial con la Libertadores. Una mística que suena exagerada para el que la mira desde afuera (aunque cada vez menos), pero que aparece siempre en los momentos límite. En las difíciles. Cuando hay que aguantar. Cuando hay que sufrir. Cuando hay que morderse los labios. Cuando parece que el equipo no encuentra el rumbo. Ahí, de alguna manera, algo empuja. Sobran los ejemplos. Y no me vengan con la suerte y esa frase que se hizo bandera (mística de la c… de tu madre).
La mística no es suerte
El martes entendí otra vez por qué a Estudiantes nunca se lo puede dar por muerto. Y menos que menos en la Copa Libertadores. La verdad es que no tenía muchas dudas. Pasado el minuto 40 del segundo tiempo, cuando algunos seguramente estaban abriendo una cerveza o pensando en el mensaje que iban a escribir en Twitter, se me vino a la mente una frase que repito bastante seguido: Estudiantes nunca defrauda. Nunca. Se puede perder (porque es lógico y porque es parte del juego), pero no es lo mismo perder blandiendo los escudos que bajar los brazos. Y eso pasa siempre en Estudiantes. Siempre. Lo del martes no fue solamente una clasificación. Ni siquiera el alivio final cuando terminó el partido y todo explotó. Fue otra cosa. Algo más difícil de explicar y que, sin embargo, cualquier hincha del club reconoce enseguida. Esa sensación de estar viendo una historia que ya pasó muchas veces. Como si la camiseta, la Copa y la noche se conocieran de memoria. Somos coperos. Estudiantes tiene eso. Una relación especial con la Libertadores. Una mística que suena exagerada para el que la mira desde afuera (aunque cada vez menos), pero que aparece siempre en los momentos límite. En las difíciles. Cuando hay que aguantar. Cuando hay que sufrir. Cuando hay que morderse los labios. Cuando parece que el equipo no encuentra el rumbo. Ahí, de alguna manera, algo empuja. Sobran los ejemplos. Y no me vengan con la suerte y esa frase que se hizo bandera (mística de la c… de tu madre).












