En 1945, George Orwell publicó “Rebelión en la granja”, una novela sobre unos animales que se rebelan contra el granjero y los humanos que los explotan con la promesa de construir una comunidad más justa e igualitaria. Al frente de la revolución quedan los cerdos, quienes aseguran representar los intereses de todos. Sin embargo, conforme acumulan poder, comienzan a concentrar privilegios y a manipular la verdad para justificar cada abuso. Cuando una promesa deja de servirles, la cambian. Cuando una regla les estorba, la reescriben en el muro de la granja. Cuando alguien los cuestiona, lo acusan de traidor. México se parece cada vez más a esa historia.Morena llegó al gobierno con enorme apoyo popular y prometiendo acabar con los abusos del pasado, fortalecer la democracia y devolverles la dignidad a los ciudadanos. El resultado ha sido otro: captura de jueces y magistrados, organismos autónomos desaparecidos, contrapesos debilitados, fiscalías convertidas en herramientas políticas, severas restricciones al juicio de amparo, una mayoría legislativa obtenida fraudulentamente y una ofensiva permanente contra la división de poderes. Como los cerdos de Orwell, la mal llamada Cuarta Transformación asegura actuar en nombre del pueblo mientras concentra cada vez más poder en menos manos.La reforma judicial fue uno de los mandamientos más importantes escritos en el muro de esta nueva granja. Morena la presentó como una transformación histórica. Quien se opusiera era acusado de defender privilegios o corrupción. Pero los mismos que aseguraban haber purificado el sistema de justicia regresaron al Congreso para modificarla. La contrarreforma aprobada en este periodo extraordinario constituye una admisión implícita de que la reforma original estaba plagada de torpeza y motivada por intereses políticos. Sin embargo, los cambios no corrigen el problema de fondo. No devuelven independencia al Poder Judicial, no fortalecen el mérito profesional ni reconstruyen los contrapesos destruidos. Sólo eliminan obstáculos que todavía dificultaban su control político absoluto.Pero el episodio más revelador ocurrió mientras esa contrarreforma se discutía. Aprovechando el proceso legislativo, Morena introdujo un albazo que nadie había debatido públicamente. De la noche a la mañana aparecieron modificaciones para ampliar la permanencia de los magistrados del Tribunal Electoral, permitiendo que puedan mantenerse hasta diecisiete años en el cargo.Demasiada urgencia por beneficiar precisamente a esos magistrados. Se trata del mismo Tribunal Electoral que validó la sobrerrepresentación con la que Morena obtuvo una mayoría artificial en la Cámara de Diputados, la misma mayoría que después utilizó para modificar la Constitución, capturar instituciones y alterar el equilibrio de poderes. En cualquier democracia, una decisión de semejante trascendencia habría provocado una revisión profunda. Aquí ocurrió lo contrario. Los magistrados que facilitaron la concentración abusiva del poder terminaron recibiendo una ampliación extraordinaria de su permanencia en el cargo, una recompensa disfrazada de reforma.La misma lógica aparece en la reforma para anular elecciones por supuesta intervención extranjera. Oficialmente busca proteger la soberanía nacional. El momento en que surge cuenta otra historia. Aparece cuando ya existen acusaciones formales en Estados Unidos contra políticos vinculados a Morena, cuando el caso de Rubén Rocha Moya abrió una ruta de investigación que puede alcanzar a otros personajes del oficialismo y cuando funcionarios estadounidenses advierten que vienen más expedientes.El verdadero objetivo parece evidente. Si en vísperas de una elección surge una acusación internacional contra algún candidato de Morena por presuntos vínculos con el crimen organizado, el régimen quiere tener la posibilidad de convertir el escándalo en un acto de injerencia extranjera. El problema dejaría de ser la conducta del acusado. El problema sería quien se atrevió a exhibirla.Y como si eso no bastara, también apareció una comisión destinada a revisar candidaturas para detectar vínculos criminales. El planteamiento es tan engañoso como absurdo. La responsabilidad de impedir que los narcopolíticos lleguen a las boletas no corresponde al INE. Corresponde a los partidos que los seleccionan, los respaldan y los postulan. Ninguna comisión burocrática resolverá lo que los partidos se niegan a corregir. La verdadera discusión debería ser otra: partido que postule a un narcopolítico, partido que pierda el registro.Vistas por separado, estas decisiones parecen asuntos distintos. Vistas en conjunto, forman una arquitectura de control. Capturan la justicia, recompensan a quienes facilitaron el fraude y el abuso, preparan mecanismos para neutralizar electoralmente futuras acusaciones y trasladan al árbitro electoral responsabilidades que corresponden a los partidos políticos.Orwell entendió que las tiranías rara vez llegan anunciándose como tiranías. Llegan prometiendo justicia, igualdad y transformación. El problema aparece cuando quienes prometieron liberar empiezan a reformar las reglas para protegerse a sí mismos.Al final, en “Rebelión en la granja”, los animales observan por la ventana y descubren que ya no pueden distinguir a los cerdos de los humanos. México se acerca cada vez más a ese desenlace. Cada albazo, cada contrarreforma, cada institución capturada y cada regla modificada para beneficio del poder acerca un poco más a los nuevos cerdos de la granja a convertirse en aquello que prometieron combatir. Ya no buscan transformar el sistema. Son el sistema. Y mientras siguen reescribiendo los mandamientos en el muro, pretenden convencernos de que la granja mexicana todavía pertenece a todos, cuando hace mucho tiempo que sólo les pertenece a ellos y a su ambición enfermiza de poder.Únete a nuestro canal
Morena y los cerdos de la granja, escribe Jorge Triana
En 1945, George Orwell publicó “Rebelión en la granja”, una novela sobre unos animales que se rebelan contra el granjero y los humanos que los explotan con la promesa de construir una comunidad más justa e igualitaria. Al frente de la revolución quedan los cerdos, quienes aseguran representar los intereses de todos. Sin embargo, conforme acumulan poder, comienzan a concentrar privilegios y a manipular la verdad para justificar cada abuso. Cuando una promesa deja de servirles, la cambian. Cuando una regla les estorba, la reescriben en el muro de la granja. Cuando alguien los cuestiona, lo acusan de traidor. México se parece cada vez más a esa historia.Morena llegó al gobierno con enorme apoyo popular y prometiendo acabar con los abusos del pasado, fortalecer la democracia y devolverles la dignidad a los ciudadanos. El resultado ha sido otro: captura de jueces y magistrados, organismos autónomos desaparecidos, contrapesos debilitados, fiscalías convertidas en herramientas políticas, severas restricciones al juicio de amparo, una mayoría legislativa obtenida fraudulentamente y una ofensiva permanente contra la división de poderes. Como los cerdos de Orwell, la mal llamada Cuarta Transformación asegura actuar en nombre del pueblo mientras concentra cada vez más poder en menos manos.La reforma judicial fue uno de los mandamientos más importantes escritos en el muro de esta nueva granja. Morena la presentó como una transformación histórica. Quien se opusiera era acusado de defender privilegios o corrupción. Pero los mismos que aseguraban haber purificado el sistema de justicia regresaron al Congreso para modificarla. La contrarreforma aprobada en este periodo extraordinario constituye una admisión implícita de que la reforma original estaba plagada de torpeza y motivada por intereses políticos. Sin embargo, los cambios no corrigen el problema de fondo. No devuelven independencia al Poder Judicial, no fortalecen el mérito profesional ni reconstruyen los contrapesos destruidos. Sólo eliminan obstáculos que todavía dificultaban su control político absoluto.Pero el episodio más revelador ocurrió mientras esa contrarreforma se discutía. Aprovechando el proceso legislativo, Morena introdujo un albazo que nadie había debatido públicamente. De la noche a la mañana aparecieron modificaciones para ampliar la permanencia de los magistrados del Tribunal Electoral, permitiendo que puedan mantenerse hasta diecisiete años en el cargo.Demasiada urgencia por beneficiar precisamente a esos magistrados. Se trata del mismo Tribunal Electoral que validó la sobrerrepresentación con la que Morena obtuvo una mayoría artificial en la Cámara de Diputados, la misma mayoría que después utilizó para modificar la Constitución, capturar instituciones y alterar el equilibrio de poderes. En cualquier democracia, una decisión de semejante trascendencia habría provocado una revisión profunda. Aquí ocurrió lo contrario. Los magistrados que facilitaron la concentración abusiva del poder terminaron recibiendo una ampliación extraordinaria de su permanencia en el cargo, una recompensa disfrazada de reforma.La misma lógica aparece en la reforma para anular elecciones por supuesta intervención extranjera. Oficialmente busca proteger la soberanía nacional. El momento en que surge cuenta otra historia. Aparece cuando ya existen acusaciones formales en Estados Unidos contra políticos vinculados a Morena, cuando el caso de Rubén Rocha Moya abrió una ruta de investigación que puede alcanzar a otros personajes del oficialismo y cuando funcionarios estadounidenses advierten que vienen más expedientes.El verdadero objetivo parece evidente. Si en vísperas de una elección surge una acusación internacional contra algún candidato de Morena por presuntos vínculos con el crimen organizado, el régimen quiere tener la posibilidad de convertir el escándalo en un acto de injerencia extranjera. El problema dejaría de ser la conducta del acusado. El problema sería quien se atrevió a exhibirla.Y como si eso no bastara, también apareció una comisión destinada a revisar candidaturas para detectar vínculos criminales. El planteamiento es tan engañoso como absurdo. La responsabilidad de impedir que los narcopolíticos lleguen a las boletas no corresponde al INE. Corresponde a los partidos que los seleccionan, los respaldan y los postulan. Ninguna comisión burocrática resolverá lo que los partidos se niegan a corregir. La verdadera discusión debería ser otra: partido que postule a un narcopolítico, partido que pierda el registro.Vistas por separado, estas decisiones parecen asuntos distintos. Vistas en conjunto, forman una arquitectura de control. Capturan la justicia, recompensan a quienes facilitaron el fraude y el abuso, preparan mecanismos para neutralizar electoralmente futuras acusaciones y trasladan al árbitro electoral responsabilidades que corresponden a los partidos políticos.Orwell entendió que las tiranías rara vez llegan anunciándose como tiranías. Llegan prometiendo justicia, igualdad y transformación. El problema aparece cuando quienes prometieron liberar empiezan a reformar las reglas para protegerse a sí mismos.Al final, en “Rebelión en la granja”, los animales observan por la ventana y descubren que ya no pueden distinguir a los cerdos de los humanos. México se acerca cada vez más a ese desenlace. Cada albazo, cada contrarreforma, cada institución capturada y cada regla modificada para beneficio del poder acerca un poco más a los nuevos cerdos de la granja a convertirse en aquello que prometieron combatir. Ya no buscan transformar el sistema. Son el sistema. Y mientras siguen reescribiendo los mandamientos en el muro, pretenden convencernos de que la granja mexicana todavía pertenece a todos, cuando hace mucho tiempo que sólo les pertenece a ellos y a su ambición enfermiza de poder.Únete a nuestro canal









