La libertad de emprender es, en esencia, la libertad de soñar sin que el miedo sea el socio mayoritario de un negocio. Sin embargo, para miles de dueños de pequeñas y medianas empresas, esa premisa hoy parece una utopía.
No podemos hablar de un México competitivo ni de un Modelo de Desarrollo Inclusivo si el primer obstáculo que enfrenta un ciudadano al abrir una cortina es la amenaza que llega por un teléfono o por una nota debajo de la puerta. La extorsión es el veneno que mata a la MiPyME y paraliza la inversión en nuestras regiones.
Los resultados más recientes de nuestro Monitor de Seguridad presentan una realidad que no admite matices: entre enero y marzo de 2026, registramos 2 mil 915 víctimas de extorsión. Estamos hablando de un promedio de 32.4 personas que, cada día, ven vulnerada su paz y su patrimonio. Estas cifras nos sitúan en los niveles más altos de los últimos 11 años, una meseta de violencia que se ha vuelto intolerable para el sector productivo.
Pero hay una cifra aún más dolorosa y reveladora: el 97 por ciento. De acuerdo con el Inegi, casi la totalidad de las extorsiones en el país nunca llegan a convertirse en una carpeta de investigación. Vivimos bajo la sombra de la cifra oculta más alta de todo el sistema de justicia.











