La crisis de la prensa, el auge de ‘podcasts’ y redes sociales y un momento en que se prefiere lo sentimental a lo académico ponen en jaque la figura del crítico cultural en el siglo XXI
Si bien han vivido días mejores, los críticos nunca fueron los más populares de la fiesta. Como prueba, está la definición del irlandés Brendan Behan (Dublín, 1923-1964), novelista, poeta y dramaturgo (también, por cierto, miembro notorio del grupo terrorista IRA). Según él, un crítico se parece mucho al eunuco de un harén: asiste a la representación y es capaz de valorarla, pero no podría ejecutarla él mismo. Empezamos fuerte, para qué negarlo.
Era una opinión expresada hace más de medio siglo, cuando el público aún se orientaba en la oferta cultural preferentemente mediante las reseñas escritas por expertos y publicadas en diarios, suplementos y revistas especializadas, que por lo general concedían más espacio a la argumentación y las ideas. Pero el paisaje ha cambiado mucho desde entonces. La crítica tradicional ocupa en los medios de comunicación un papel cada vez más secundario, a medida que ganan peso tanto los prescriptores de las redes sociales como los productos de la inteligencia artificial, a veces presentados bajo firma humana.








