Entre el 14 y el 16 de mayo se desarrollaron las Jornadas de la Crítica 2026, organizadas por la Asociación Argentina de Críticos de Arte en PROA. Uno de los ejes del debate giró en torno a la pregunta “¿Para qué sirve la crítica de arte?”, cuestión que, al menos, supone dos cosas: que la crítica existe (algo que muchos sospechan) y que al estar sufriendo una crisis terminal, su utilidad entra en disputa. De una heladera o un calefactor nadie duda para qué sirven, todos lo sabemos y simplemente los usamos; quizás, nos preguntemos por la utilidad de los celulares o la inteligencia artificial (tópico tratado insistentemente durante las jornadas), pero la interrogación tiene otro cariz. La pregunta, en general, no se dirige a la matemática o la química, presuntas ciencias exactas, pero sí a campos como la filosofía, considerados inútiles y proclives a la autorreflexión. Respecto de la filosofía (y lo hacemos extensivo a la crítica de arte), Gilles Deleuze afirmaba que la pregunta era irónica y mordaz, y por lo tanto la respuesta debía ser equivalente. Las jornadas resultaron ser un espacio de discusión (y distancia) inapreciable para los tiempos que corren.En este marco, leí la siguiente ponencia.1. No conozco momento más oportuno para convertir algo en objeto de reflexión que cuando se encuentra a punto de sucumbir –por caso, cuando se anuncia insistentemente su deceso–. Esta es, ni más ni menos, la situación contemporánea de la crítica de arte, acechada por el avance voraz del antiintelectualismo y por la delegación de facultades a ciertas mediaciones técnicas que amenazan con liquidar los últimos resabios de un ejercicio reflexivo que se presenta hoy como anacrónico (intelectual ha pasado a ser casi un insulto, sinónimo de soberbia).Antes de continuar, procuremos, hasta donde nuestro talante lo permita, eludir la tentación nostálgica. Siempre resulta gozosa la remembranza del paraíso perdido, con el secreto anhelo de reconquistarlo. Pero por experiencia sabemos –aunque nos resistimos– que toda vuelta es imposible. No hay lugar para volver: ni a las tardes de infancia tomando mate en la vereda ni al país –La Argentina– en el que una editorial se daba el lujo de publicar tiradas de 100.000 ejemplares de Dostoievski o Roberto Arlt.La realidad está allí, ajena a nuestras expectativas, y con ella nos toca lidiar.2-No hace falta ser un lince para constatar el declive de la crítica. Pero ¿qué cosa en este mundo no se encuentra en franca decadencia? Ya nadie confía en nada, salvo en su propia paranoia. Crisis de las instituciones. Crisis de representación (política, estética, epistemológica). Crisis ambiental (rigurosamente negada). ¿No estamos listos para dar el gran salto hacia el abismo? ¿No lo hemos dado ya? De todos modos, a no entusiasmarse, el inminente Apocalipsis no es excusa –al contrario– para dejar de pensar.Generalmente, leemos artículos publicados en medios culturales y si algo parece haber desaparecido es la raigambre crítica: nos topamos con declaraciones y comentarios de artistas y curadores, alguna que otra descripción distraída de la obra, dos o tres anécdotas amontonadas sin criterio, pero en contadas ocasiones surge una reflexión dedicada a cómo se construye la obra, las singularidades formales, qué procedimientos se ponen en juego, cómo organiza la mirada. Con viento a favor, es la crítica como crónica: el crítico administra y suministra información del evento. Este diagnóstico nos lleva a reconocer el imperio de una crítica disminuida –impericia conceptual, pérdida de centralidad, honorarios irrisorios–, agonizante por haberse convertido en simple ornamento, en el mejor de los casos; o puro dislate, en el peor.¿En este clima irrespirable, qué nos queda? ¿Conformarnos con migajas? ¿Imaginar el velorio? ¿Velar por la crítica?Aunque suene fúnebre, la palabra velar puede convertirse en auspiciosa. En el diccionario figuran varias acepciones, ligadas a asistir por la noche al enfermo o hacer centinela. La noche más oscura de la crítica. Otra acepción redobla la apuesta: “Pasar la noche al cuidado de un difunto”. Aquí ya no se puede salvar a la crítica, ni siquiera con ejercicios de resucitación, resta solo derramar la última lágrima y decirle adiós. Pero de pronto, el margen de maniobra se amplía. La Real Academia Española define velar como “Observar atentamente algo”, ¿no es esa la base de la crítica? Escrutar, detenerse, contemplar, volver a mirar, con distancia y cuidado. Ahora bien, si estamos forzados a pasar todo de largo, ¿cómo lograremos el milagro de la demora?3-La crítica es una práctica de la atención y de la palabra –la escrita, especialmente–, a la que le toca la dura tarea de sobrevivir en días en los que la argumentación racional cayó en desgracia. A la polémica razonada le cuesta plantarse. La confrontación de dos logos se ha devaluado: la vedette es la autopromoción, el modo selfie, la lógica algorítmica.Y la crítica no puede abstraerse de estos movimientos.Si históricamente la crítica emitía juicios sobre las obras, hoy, la primacía de lo afectivo y la precariedad, impide el desarrollo de una crítica negativa. A lo sumo, la negatividad se manifiesta como indiferencia. Pero esa indiferencia también habla del estado de cosas: argumentar una crítica negativa exige riesgos difíciles de asumir.4-Walter Benjamin se refería al carácter aniquilador de la crítica y la definía como un “aprender a ver la obra”, lo que no significa entenderla. En el mundo actual, marcado por una fuerte tendencia cultural homogeneizante, la pulsión pedagógica refuerza la necesidad de comprender, en detrimento de la experiencia estética. En lugar de sensibilizar al público, la premisa es enseñarle algo y garantizar que todos se vayan con su interpretación correcta bajo el brazo.Alimentar la idea de que comprender es el non plus ultra de la crítica le inflige al arte (y a la crítica) daños irreparables. Porque a los fines de hacer comprensible la obra, todo vale, especialmente aquello que respete la ley del menor esfuerzo. De ahí, por ejemplo, la apelación al anecdotario. ¿Cuánto más sencillo es estudiar dos noticias de la infancia del artista que detenerse a ver? La subordinación a la anécdota silencia la crítica. Y dice poco de la obra. Y casi nada del mundo.5-El poeta británico Alfred Tennyson afirmaba que los críticos eran los piojos en los rulos de la literatura; Chéjov los llamaba tábanos, que no dejan arar al caballo; y Flaubert, directamente, derrapaba: son la lepra de las letras.Es cierto, siempre hubo elementos incómodos en la crítica, celos, conspiraciones, envidia, mala intención, sólo para nombrar algunos, pero a la vez, muchos de los grandes escritores o artistas no habrían alcanzado su madurez sin la ferocidad (el pensamiento salvaje) de algunos críticos. Hoy, salvo excepciones, el afán reside más en complacer que en pensar y ningún artista le diría piojo o tábano al crítico (esa libertad se la toman los políticos, y en abundancia). Lamentablemente, la única figura crítica en sentido negativo proviene de personas por fuera del campo que proclaman que una obra no es arte o que la pudo haber hecho su hijo de ocho años.6- Habría que ser temerario (o millonario) para dedicar la vida a escribir crítica. Un crítico de mediana carrera necesitaría una cascada mensual de textos para sortear la indigencia. En estas condiciones, ¿cómo se sostiene la práctica profesional de la crítica de arte? Y en la otra orilla, ¿quién lee? ¿Quién nos lee? Un colega se resiste a escribir aduciendo la falta de recursos y la extinción de los lectores. Craso error. Escribir no es meramente teclear palabras en una computadora: escribir piensa. Y si renunciamos a escribir, la sentencia está firmada.¿Cuál es la salida de este atolladero? ¿Hacer videítos? ¿Y si la ola pasa? ¿Y cuando pase? Más que nunca quiero reivindicar otro aspecto de la crítica: la posibilidad de hacer una de más, decir algo que no estaba dicho, pensar lo que no estaba pensado, inventar, si es necesario. La crítica no es una explicación de las supuestas intenciones del autor, ni una traducción de ideas previas: es una especie de escenografía (siempre única) en donde la obra podría revelar un nuevo fulgor. El objetivo no reside entonces en recuperar, conservadoramente, el lugar que la crítica perdió, sino conquistar espacios para el pensamiento. Me resisto a creer que es más fácil imaginar el final de la crítica que el fin del mundo.Si ya no se puede escribir crítica, escribamos crítica.