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Imagen es percepciónOcho décadas después, la República que nació de las cenizas de la guerra y la división es hoy una de las democracias más influyentes del mundo.
El 2 de junio de 1946, los italianos decidieron en las urnas que no querían un rey. Querían una república. Era una decisión que iba mucho más allá de la forma de gobierno; era un veredicto moral sobre 20 años de fascismo, sobre una guerra que había dejado medio país en escombros y sobre una clase dirigente que había conducido a la nación al abismo. Aquella jornada, con las mujeres votando por primera vez en la historia italiana, fue el punto cero de una refundación que pocos países han tenido que acometer con semejante urgencia y con semejante claridad sobre el pasado que debían dejar atrás.
Ochenta años después, conviene hacer el recuento sin retórica. Italia salió destrozada de la guerra. Pero lo que construyó sobre esas ruinas es una de las grandes historias de transformación política del siglo XX, todavía insuficientemente estudiada y todavía más insuficientemente admirada. En menos de 10 años, el país redactó una constitución que sigue siendo un modelo de ingeniería democrática, se convirtió en uno de los seis fundadores de lo que hoy es la Unión Europea, entró en la Alianza Atlántica y puso en marcha el despegue industrial que lo convertiría, en los años 60, en la séptima economía del mundo. No fue un milagro. Fue trabajo, decisión política y la ventaja de un pueblo que, cuando toca fondo, sabe exactamente de qué está hecho.










