Yo empecé a fumar a los 13 años. Tal vez porque me hacía sentir mayor y porque otros chicos de mi clase también habían empezado. En broma en broma, acabé fumando un paquete diario hasta los 21 años, en que lo dejé. Un año y medio después acepté un cigarrillo de un amigo y esa noche ya me fumé medio paquete. Seguí fumando cada vez más hasta que a los 31 años fumaba tres paquetes diarios y mi médico me aseguró que, si continuaba así, no llegaría a los 40 años, o llegaría con una enfermedad crónica incurable. En ese momento yo tenía tres hijos y me aterrorizó la idea de dejar a mi mujer viuda al cargo de ellos. Me costó un año de sufrimiento, pero lo dejé y no he vuelto a probar ni un cigarrillo. Getty Images/iStockphotoEl tabaco es una droga que tiene beneficios a corto plazo, te tranquiliza si estás nervioso, te da placer después de una buena comida, pero todo ello a costa de que te engancha de tal manera que es muy difícil dejarlo. Por suerte ninguno de mis hijos ni de mis nietos fuma, seguramente porque desde muy niños les expliqué lo muchísimo que me había costado dejarlo y el sufrimiento que tuve que padecer durante todo un año. Por eso pienso que hay que hablar del tabaco a los niños, desde que tienen uso de razón, para contarles que es un vicio que, cuando lo coges, cuesta mucho dejar.El Gobierno debería hacer una campaña dirigida a los niños, para que no empiecen con el tabacoEso es responsabilidad de los padres, que difícilmente pueden hacerlo si ellos fuman. Yo me acuerdo de que a mis 13 años veía a mi padre como fumaba y,aunque me dijo una y mil veces que fumar era malo, el ejemplo suyo fue más fuerte que sus palabras. También creo que el Gobierno debería hacer una campaña dirigida a los niños, para que no empiecen. Decirle a un adulto que deje de fumar es mucho menos efectivo que convencer a un niño o a una niña de que no se dejen engatusar.Yo nunca he querido hacer publicidad de tabaco. Solamente en una ocasión mi agencia de Madrid aceptó un cliente inglés, obligada porque nuestro socio Ogilvy llevaba ese cliente en Londres, campaña de la que no quise saber nada. Al cabo de poco, la Generalitat de Catalunya me encargó hacer una campaña antitabaco. Johan Cruyff acababa de tener un infarto por su hábito de fumar y me pareció que era el testimonio ideal. La tabaquera inglesa amenazó a mi agencia de Madrid que nos retiraría la cuenta si no parábamos la campaña de Johan Cruyff y les hice contestar que no teníamos ningún inconveniente en que nos dejara. Dejar de fumar es un acto de inteligencia y de valentía. No empezar todavía lo es más.