Los sobrios Sonia Almarcha y Manolo Solo encarnan a una presentadora de televisión ofendida y a un hombre bárbaro e insensible, un troll de internet, personas con contradicciones

Cualquier hombre o mujer con una proyección más o menos pública que haya sufrido en redes sociales el insulto gratuito, la inquina desaforada, el deseo más ruin y la humillación personal, ha fantaseado con la siguiente situación: descubrir por casualidad la identidad del contrario y encontrarse personalmente con ese ser sin cara ni nombre que le ha sacado de quicio o hundido en la desolación con su injusta crueldad. Y después soltarle simplemente, sin anhelo alguno de violencia física: “Dímelo a la cara”.

Javier Marco, desde la dirección, y Belén Sánchez-Arévalo, con el guion, plantearon esa situación en un magnífico cortometraje de 2020 titulado precisamente A la cara, ganador del Goya de la categoría. Cinco años después, en una práctica cada vez más habitual (y comprensible) por parte de los cineastas españoles que están empezando, han convertido su breve pieza de 14 minutos en un largo homónimo, también escueto, de hora y media, en el que han desarrollado el argumento inicial, que básicamente era un clímax constante asentado en un encuentro narrado casi en tiempo real. Además, han cambiado sutiles detalles de los dos personajes principales, añadido otros dos roles (y un tercero, del que siempre se habla, pero que nunca aparece en pantalla) y, lo más importante, han diversificado culpas, derrotas y remordimientos.