Una parte decisiva de cómo envejecemos no está escrita solo en nuestros genes, sino también en los microorganismos que nos habitan. Es la tesis que Alex Mira —biólogo, doctor en Microbiología por la Universidad de Oxford y director del Laboratorio de Microbioma Oral de FISABIO en Valencia— lleva años defendiendo y demostrando: el microbioma influye en la inflamación crónica, el deterioro cognitivo, las enfermedades cardiovasculares y el ritmo al que envejece el organismo. Y la conexión va más lejos: el intestino y el cerebro se comunican de forma constante, y un microbioma empobrecido se asocia con mayor riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el parkinson o el alzhéimer. Cuidar el microbioma, en ese sentido, no es solo cuidar el intestino: es cuidar el cerebro, el corazón y la longevidad.Mira, que participará en el congreso LongevitIA de La Vanguardia el próximo 2 de junio, ha dedicado su carrera a entender ese ecosistema, con especial atención a un territorio habitualmente ignorado: la boca. Con más de 200 publicaciones científicas y premios como el Jaime Ferrán de la Sociedad Española de Microbiología, lideró el descubrimiento de Streptococcus dentisani —una bacteria capaz de reducir hasta diez veces la producción del ácido que provoca la caries— y ha desarrollado tests de diagnóstico basados en saliva para detectar desde caries hasta cáncer colorrectal. Hoy investiga cómo los hábitos más cotidianos —la alimentación, el sueño, el estrés o la higiene oral— alteran el microbioma y condicionan la salud y la longevidad. Sus trabajos apuntan a avances que podrían transformar la medicina: desde los trasplantes de microbiota hasta el análisis de saliva como herramienta de diagnóstico precoz. Un horizonte donde el microbioma, entendido como un órgano más del cuerpo humano, converge con la biotecnología para redefinir la nueva longevidad.¿Cómo empezó su interés por el microbioma?Supe desde niño que quería investigar, me formé en Oxford —donde aprendí algo que vale más que cualquier técnica: a pensar y a cuestionar— y después pasé por Estados Unidos y Suecia profundizando en genómica y microorganismos. Fue entonces cuando entendí que el microbioma es un órgano más del cuerpo humano. Probablemente el último que nos quedaba por entender. Y ahí empezó mi aventura.Durante años se habló de flora intestinal. Hoy el término es microbiota o microbioma. ¿Qué ha cambiado?El término ‘flora’ viene de una época en la que ni siquiera teníamos claro si las bacterias eran animales o plantas. Hoy sabemos que la microbiota es mucho más compleja: incluye bacterias, virus, levaduras y otros microorganismos que conviven con nosotros de forma permanente. Pero el verdadero cambio de paradigma ha sido dejar de ver los microorganismos únicamente como amenazas y entender que son, a todos los efectos, un órgano más del cuerpo humano.¿Por qué afirma que el microbioma es un órgano más del cuerpo humano?Porque cumple funciones que, por nosotros mismos, somos incapaces de realizar. Lo explico con un ejemplo: la fibra es beneficiosa para el tránsito intestinal, pero nuestro cuerpo no puede digerirla por sí solo. Son las bacterias de nuestro organismo las que la transforman en compuestos muy importantes, como los ácidos grasos de cadena corta —entre ellos el butirato—, fundamentales para la salud intestinal y para el buen funcionamiento del organismo en general. Tenemos, literalmente, una auténtica fábrica de microorganismos trabajando para nosotros.Muchas veces pensamos en el intestino, pero usted ha investigado especialmente la microbiota oral. ¿Qué papel juega en nuestra salud?La boca es mucho más que la entrada del sistema digestivo: es uno de los ecosistemas bacterianos más ricos y diversos del cuerpo, y una puerta de entrada directa al organismo. Tenemos bacterias que transforman compuestos presentes en verduras de hoja verde —como el nitrato— en óxido nítrico, una molécula que dilata los vasos sanguíneos y mejora la circulación. Lo que significa que cuando usamos enjuagues antisépticos de forma agresiva y eliminamos esas bacterias, podemos estar subiendo nuestra tensión arterial sin saberlo. Hace años, no nos podríamos haber imaginado que las bacterias de la boca influían en la tensión arterial. Pero la influencia va mucho más allá: por la boca entran patógenos, se generan procesos inflamatorios que afectan a todo el organismo y se producen moléculas que llegan a órganos tan distantes como el corazón o el cerebro.Una de las claves del envejecimiento es la inflamación crónica de bajo grado: silenciosa, invisible, pero devastadora a largo plazoAlex Mira¿Qué es lo que más daña el microbioma?La comida procesada lo perjudica, igual que el alcohol, el tabaco, el sedentarismo o el sueño deficiente. Pero hay un factor que sorprende: el estrés. Y no es una metáfora: las bacterias del intestino y la boca tienen sensores capaces de detectar hormonas como el cortisol o la adrenalina. Literalmente, saben cuándo estamos estresados y reaccionan en consecuencia.¿Y qué podemos hacer para protegerlo?Una vida saludable en sentido amplio: dieta rica en fibra y verduras, alimentos fermentados como el yogur o el kéfir, ejercicio, buen descanso y estrés controlado. Cuando se rompe ese equilibrio aparece lo que llamamos disbiosis: las bacterias beneficiosas retroceden y proliferan otras que favorecen la inflamación y la enfermedad.¿Hasta qué punto influyen nuestras bacterias en cómo envejecemos?Mucho más de lo que pensamos. Una de las claves del envejecimiento es la inflamación crónica de bajo grado: silenciosa, invisible, pero devastadora a largo plazo. Las bacterias intestinales pueden encenderla o apagarla. Con una buena alimentación producen moléculas que refuerzan la barrera intestinal e impiden que toxinas pasen a la sangre. Cuando esa barrera falla, la inflamación se dispara. Y con ella, el envejecimiento se acelera.Mira se ha centrado en investigar el microbioma. Damián Torres¿Hay microorganismos en nuestro cuerpo que produzcan moléculas relacionadas con la longevidad?Sí, y es uno de los hallazgos más fascinantes. Algunos microorganismos producen moléculas con efecto antiedad. Por ejemplo, la espermidina, que activa la autofagia: el proceso por el que la célula hace limpieza, elimina lo que está dañado y se regenera. También producen urolitinas —a partir de compuestos presentes en alimentos como la granada o las nueces— que ayudan a renovar las mitocondrias, las estructuras que generan energía dentro de nuestras células. Sin energía celular, no hay salud. Y nuestras bacterias contribuyen a mantenerla.¿Se ha podido identificar un microbioma característico en personas muy longevas?Sí. Los estudios con centenarios muestran que mantienen una diversidad bacteriana llamativamente alta. También se han identificado microorganismos concretos asociados a la longevidad, como ciertas bifidobacterias. En estudios con centenarios japoneses se detectaron bacterias capaces de transformar ácidos biliares en moléculas con efecto protector frente a la inflamación y las infecciones. Y lo que es aún más revelador: esa diversidad bacteriana no solo protege el cuerpo, sino también el cerebro. Un microbioma rico y equilibrado se asocia cada vez más con menor riesgo de deterioro cognitivo. La frontera entre salud intestinal y salud mental es mucho más difusa de lo que creíamos.Lee también¿Perdemos diversidad bacteriana con la edad?Sí, y tiene consecuencias. Con los años la diversidad del microbioma disminuye por la dieta, los hábitos de vida y los antibióticos acumulados a lo largo de la vida. Se estima que cada ciclo de antibióticos puede reducirla en torno a un 10%. Y esa pérdida no afecta solo al intestino: un microbioma menos diverso se asocia también con mayor riesgo de deterioro cognitivo. De ahí la importancia de tomar antibióticos solo cuando son estrictamente necesarios y bajo prescripción médica.¿Puede recuperarse el microbioma tras un tratamiento con antibióticos?En parte, sí. Dieta rica en fibra, alimentos fermentados, ejercicio y buenos hábitos favorecen la recuperación. Los probióticos pueden ayudar, aunque la evidencia aún no es concluyente. Pero lo más prometedor va más allá: conservar tu propia microbiota antes de un ciclo largo de antibióticos —o incluso de joven— y reintroducirla después, como una copia de seguridad biológica. En ratones, reintroducir la microbiota joven en la edad adulta alarga la vida entre un 10% y un 15% y mejora el colesterol, el azúcar en sangre y la inflamación. Y los trasplantes de microbiota ya son una realidad: en la infección recurrente por Clostridioides difficile —una bacteria que puede proliferar de forma descontrolada tras un tratamiento antibiótico y provocar diarreas graves e incluso la muerte— las tasas de éxito del trasplante alcanzan el 80% o el 90%. Ahora se investigan aplicaciones en muchas otras enfermedades.Si se trasplanta microbiota de personas con ansiedad o depresión a ratones, los animales tienden a cambiar su comportamiento en esa direcciónAlex Mira¿Puede la microbiota influir en la ansiedad, el estado de ánimo o incluso en enfermedades como el parkinson?Sí, y las evidencias son cada vez más sólidas. Los ratones sin microbiota muestran más cortisol, más inflamación y peor respuesta al estrés. Más revelador aún: si se trasplanta microbiota de personas con ansiedad o depresión a ratones, los animales tienden a cambiar su comportamiento en esa dirección. La conexión existe porque intestino y cerebro se comunican constantemente a través del nervio vago. Algunos microorganismos producen neurotransmisores como el GABA, que viajan por ese nervio hasta el cerebro. Y las implicaciones van más lejos: en el parkinson, los problemas intestinales aparecen a menudo 10, 15 o 20 años antes que los síntomas motores. Si pudiéramos detectar esas señales en una muestra de saliva con años de antelación, podríamos intervenir antes de que la enfermedad se manifieste.¿Cómo podemos saber si tenemos una microbiota saludable?Los test actuales requieren prudencia: identifican qué bacterias tienes, pero lo relevante no es su presencia sino lo que hacen. Deberían evolucionar hacia el análisis de lo que produce tu microbioma: si generas suficiente butirato, urolitinas u otros compuestos clave. Pero el verdadero futuro está en la saliva. Una muestra sencilla y no invasiva en la que podríamos detectar señales tempranas de enfermedades —incluido el cáncer— antes de que se manifiesten.Este año la FDA ha autorizado por primera vez probar en humanos una tecnología capaz de rejuvenecer células. ¿Podría cambiar nuestra idea del límite de la vida humana?Sí, y me sorprende que la prensa no le haya dado más relevancia. Los llamados factores de Yamanaka son proteínas capaces de resetear el reloj biológico de las células envejecidas y devolverles instrucciones más parecidas a las que tenían cuando eran jóvenes. Como si pudieras rebobinar una célula en el tiempo. En animales los resultados han sido extraordinarios: se ha recuperado visión en ratones con degeneración macular. Yo siempre había defendido que el objetivo no era vivir más años, sino vivir mejor los que ya podíamos alcanzar. Pero estas tecnologías abren una puerta distinta. No sabemos si hablamos de 10, 20 o 60 años más de vida. Es emocionante, pero también plantea preguntas éticas que no podemos ignorar.Entonces, ¿le inquieta esa carrera por la longevidad que lideran algunas de las mayores fortunas del mundo?Es una historia casi de película. Empresas financiadas por personas como Jeff Bezos o Sam Altman, que probablemente no quieren morir, pero que también ven un modelo de negocio sin precedentes. Por primera vez tenemos la posibilidad de revertir parte del envejecimiento, y eso abre una etapa fascinante y, al mismo tiempo, muy delicada.Lee tambiénEs doctor en Microbiología. Damián Torres¿Hacia dónde va la medicina de la longevidad?Hacia la prevención: análisis genéticos, estudios del microbioma, biomarcadores en sangre o saliva que detecten una patología antes de que se manifieste. Si detectamos un tumor a tiempo, las probabilidades de supervivencia se disparan. El objetivo debería ser que estas tecnologías lleguen a todos, porque una longevidad saludable no puede ser un privilegio.En definitiva, ¿qué le gustaría que la gente entendiera sobre el microbioma?Que es parte de nosotros y responde a cómo lo tratamos. Cuidarlo no exige nada extraordinario: moverse, comer bien, dormir, reducir el estrés. Y aunque la ciencia avanza a gran velocidad, lo más revelador es que muchos de sus descubrimientos apuntan en la misma dirección: los hábitos de siempre funcionan, y ahora por fin sabemos por qué. Podemos empezar hoy.
Alex Mira, microbiólogo: "Una de las claves del envejecimiento es la inflamación crónica: es silenciosa y devastadora"
Doctor en Microbiología, Mira lleva años investigando que la longevidad no depende únicamente de nuestros genes o nuestros hábitos, sino también de los millones de microorganismos con los que convivimos cada día














