Opinión
Editorial
EDITORIALDespués de dos años y medio regresan las giras de “proselitismo”.
Las dirigencias partidarias y sobre todo las figuras presidenciables, que tanto ofrecen, analizan y resuelven en foros, entrevistas, debates y redes sociales durante las campañas electorales, suelen ausentarse del diálogo nacional cuando termina una elección. A menudo ni siquiera se hacen responsables de las líneas de conducta o de apoyos de sus diputados. Valga poner como ejemplo el asedio contra la democracia de 2023: prácticamente todos callaron —con solo un par de excepciones— ante atropellos que bien habrían valido la pena un pronunciamiento interpartidario. Pero así ocurre respecto de otros temas de la vida nacional.
La discusión de los grandes desafíos nacionales, la propuesta de alternativas, el simple análisis crítico de causa-efecto nunca están prohibidos, pues ello atentaría contra la libre emisión del pensamiento. La misma Ley Electoral, en el artículo 20, literal H, establece como derecho: el “realizar proselitismo en época no electoral, entendiendo el mismo como las acciones y actividades de formación y capacitación, organización y difusión de su ideología, programa político, propuestas políticas, posiciones políticas, convocatorias y cualquier otra actividad referida al funcionamiento de las organizaciones políticas, así como su difusión en medios de comunicación”.















