En las imágenes se aprecian pequeños refugios improvisados y extremadamente precarios, armados con unos cuantos palos, algo de paja y trozos de tela, casi completamente destruidos, expuestos a la lluvia y al mal tiempo. Son cobijos temporales, levantados en medio del lodo, en los que apenas se distinguen pertenencias excepto algún que otro cubo de plástico, algunos cacharros de cocina, unos pocos sacos y dos bidones cargados con unos litros de agua. Las estampas reflejan la crítica situación que se vive en el campo de desplazados de Karama 3 en Damazin, la capital del Estado de Nilo Azul, en el sureste de Sudán. Propenso a inundarse, sin refugios adecuados, unas condiciones insalubres y sin personal de apoyo, se trata de uno de los últimos escenarios de la grave crisis humanitaria que sufre el país en su cuarto año de guerra civil a raíz de la expansión de la contienda hacia esta región desde principios de año. “La crisis humanitaria en Damazin, [la ciudad vecina de] Roseires y las aldeas de alrededor es muy complicada debido a la continua llegada de personas desplazadas y a la presión sobre los servicios básicos”, relata Musab Rizgalla, miembro de un grupo de ayuda mutua en la zona. “La mayoría de las familias desplazadas se alojan en albergues colectivos y en campos de desplazados, además de en algunos alojamientos en comunidades de acogida”, prosigue. La situación en Nilo Azul se ha deteriorado vertiginosamente desde enero, cuando ocurrieron los primeros combates en la región entre el ejército y una alianza de las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) y el Movimiento de Liberación del Pueblo Sudanés Norte (SPLM-Norte). Los choques empezaron cuando la coalición paramilitar apostó por abrir allí un nuevo frente con ataques y apoyo desde posiciones en Sudán del Sur y Etiopía, fronterizas con Nilo Azul. Desde entonces y hasta principios de mayo, cerca de 50.000 personas (unos 10.000 hogares) se han visto forzadas a desplazarse dentro de este Estado, un 77% de ellas solo durante el mes de abril, lo que ha elevado el número de desplazados en la región a más de 550.000, incluidos miles de retornados, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). La mayoría de desplazados más recientes han huido de localidades del sur del Estado, como Kurmuk y Bau, donde se han concentrado los combates. Para escapar, muchos tuvieron que caminar varios días a través de rutas peligrosas con una fuerte presencia de actores armados. La mayor parte de estos desplazados son mujeres y niños, según la OIM, y el principal destino son Damazin, Roseires y los campos levantados alrededor, conocidos como Karama. Dado que esta región se había librado hasta hace poco de grandes combates, sin embargo, la zona ya albergaba a cientos de miles de desplazados de otros Estados de Sudán, incluido de la capital, Jartum, y a refugiados retornados desde Sudán del Sur por la falta de ayudas en el país vecino.Por desgracia, la mayoría de personas vulnerables son niños y mujeresEsto ha provocado que hoy más de 100.000 personas permanezcan instaladas en las afueras de Damazin, incluido en los campos Karama, lo que ejerce gran presión sobre los limitados servicios básicos de la zona y de las comunidades de acogida. “Las principales necesidades actualmente son la asistencia alimentaria, apoyo para la vivienda, agua potable, servicios de atención médica, saneamiento, y protección a familias y niños vulnerables”, señala Rizgalla. En muchos de los campos se vive una situación de hacinamiento, los refugios son precarios y la infraestructura de saneamiento deficiente, según una evaluación de abril realizada por socios de la ONU. El acceso a agua potable y a artículos básicos como jabón son igualmente limitados, añade Aline Serin, la coordinadora en Sudán de Médicos Sin Fronteras (MSF), que apoya un centro de nutrición intensiva en Damazin y clínicas móviles en los campos Karama. Hace menos de una década, la atención en Damazin estaba puesta en una lucha muy diferente. A finales de 2018, esta ciudad a orillas del Nilo Azul y frente al vasto embalse de Roseires fue una de las primeras de todo Sudán en las que estallaron las protestas que rápidamente se propagaron por la mayoría del país y que forzaron la caída del exdictador Omar al Bashir. Como buena parte de la periferia de Sudán, la presencia del Estado central en Nilo Azul ha sido históricamente limitada y, antes del inicio de la guerra, el ejército, entonces de la mano de las Fuerzas de Apoyo Rápido, controlaba principalmente núcleos urbanos como Damazin. La facción del SPLM-Norte que lidera Abdelaziz al Hilu, ahora aliada con los paramilitares, dominaba zonas rurales del sur, sobre todo cerca de las fronteras con Sudán del Sur y Etiopía. Hoy, Serin explica que sobre el papel hay unos 200 centros de salud en Nilo Azul, pero que muchos son clínicas pequeñas o centros que operan de forma intermitente y ofrecen servicios limitados, a menudo de pago y por lo tanto inaccesibles para la mayoría. “En Damazin, y aún más en las localidades rurales de alrededor, la mayoría de los centros de salud se enfrentan a una severa falta de personal formado, medicinas esenciales y equipamiento básico”, agrega. Las mujeres y niñas comparten un miedo generalizado por las restricciones de movimiento y graves problemas de seguridad, sobre todo para acceder a letrinas, a áreas de higiene y durante la recolección de agua y de leña, según la evaluación de los socios de la ONU. A ello se suma una iluminación deficiente, particularmente en los campos, la escasez de kits de dignidad y de servicios de salud, y unos trabajos explotadores e inseguros en el campo o en las minas. “Por desgracia, la mayoría de personas vulnerables son niños y mujeres”, constata Mohamed Kamal, director en Sudán de Plan International, que está presente en campos Karama. “Nos han contado historias horribles de cuando huyeron”, apunta, “hablamos de niñas y niños que necesitan apoyo psicosocial, espacios seguros, puntos de agua, y también de niñas y mujeres que necesitan servicios de género, porque han estado expuestas a todo tipo de violencias”. Kamal comenta que también están notando la falta de servicios de salud sexual y reproductiva y que han comenzado a distribuir kits de dignidad a las niñas y mujeres más vulnerables, pero lamenta que “las necesidades son enormes en comparación con los recursos disponibles”. Las necesidades son enormes en comparación con los recursos disponiblesActores humanitarios advierten además que, a menos que se adopten medidas urgentemente, la crisis en Nilo Azul se agravará pronto con el inicio de la época de lluvias. Previsto en junio, esta no solo intensificará las carencias existentes, sino que también limitará o hará imposible el acceso a algunas de las zonas más vulnerables del Estado y disparará los riesgos de brotes epidémicos, como la malaria y el dengue, y de todavía más desplazamientos secundarios. Restricciones a la ayuda Pese a esta crisis, las autoridades de Nilo Blanco exigieron a finales de abril a los grupos de apoyo mutuo locales conocidos como unidades de respuesta de emergencia que restringieran sus actividades en Damazin y en Roseires, según un voluntario que habló con EL PAÍS bajo la condición de anonimato. “Esto ha tenido un impacto directo en los esfuerzos de respuesta y en la prestación de servicios esenciales a la población civil”, lamenta por mensajes de texto. Estas restricciones impuestas a grupos comunitarios por parte de los aparatos de seguridad y militares se han producido en otras zonas controladas por el ejército, como Jartum, y han ido acompañadas en ocasiones de arrestos, lo que se ha interpretado como un intento de volver a controlar la prestación de ayuda. Durante años, estos grupos han asumido la tarea de ofrecer servicios como comida, atención médica y distribución de agua ante la ausencia del Estado. Serin indica que las organizaciones humanitarias internacionales también tienen dificultades para poder escalar su respuesta en Nilo Azul debido a que tienen que lidiar con largos trámites administrativos, incluido para recibir autorizaciones de viajes dentro de Sudán y de un mismo Estado, por ejemplo para llegar a los campos Karama, así como para poder mover suministros. A estos desafíos se suman, además, los drásticos recortes de financiación internacional a las organizaciones humanitarias, lo que limita muy significativamente su respuesta. Serin señala que, en el caso de Nilo Azul, ya ha habido socios que trabajan en el ámbito de la salud y de la nutrición que se han visto forzados a retirarse o a reducir sus operaciones por este motivo. Kamal también nota que la falta de vías seguras para acceder a Nilo Azul está complicando y encareciendo el envío de ayuda, y apunta que existe un riesgo latente de ataques con drones contra suministros humanitarios, que han aumentado notablemente en los últimos meses. “Aun así, tenemos que correr el riesgo para llegar a las personas más vulnerables”, reivindica, “por todos los medios posibles, tenemos que estar allí y tenemos que entregar asistencia”.