Robert Francis Prevost, matemático y doctor en derecho canónico, estadounidense de 70 años, hombre culto y políglota, que consiguió ascender desde el trabajo de base en un lugar perdido de Perú hasta la cumbre de una de las organizaciones más poderosas del mundo, con influencia sobre millones de personas y también conocido como el Papa de Roma, ha escrito 40.000 palabras con 224 citas al pie sobre inteligencia artificial. Tiene su gracia que un líder mundial publique un ensayo filosófico sobre tecnología, así que he empleado mis escasos tokens de atención en leerlo. La primera conclusión es que Magnifica humanitas está muy bien: es profunda e interesante y hace un buen análisis de la situación actual. Coincido con ella en ciertos puntos y me enerva en otros. Inscribiéndose en la tradición de la doctrina social de la Iglesia, Prevost dice que hay que mojarse con las cosas concretas de la vida, y que ahora lo que pasa es que hay unas tecnologías que amenazan la dignidad humana, concentran el poder económico, político y cultural en unas pocas manos alejadas de la sociedad de base, priorizan el beneficio particular sobre el bien común, ponen en peligro el trabajo digno, aumentan la desigualdad, amenazan el medio ambiente y deshumanizan la guerra. Reconoce el bochorno de los abusos de la institución, y cita a Frankl, Arendt y Tolkien. Más de uno a la izquierda ha hecho el chiste, medio en broma medio en serio, de que a ver si nos vamos a tener que hacer ahora católicos. Pero claro, también pone la familia formada por un hombre y una mujer como centro, condena el aborto, defiende que el sufrimiento puede servir para llegar a un fin superior y pide a los Estados financiación para las instituciones educativas religiosas.La segunda conclusión es que todo eso da igual, porque lo importante no es lo que dice, sino por qué, cómo y con quién lo dice. El manifiesto fue presentado de forma conjunta con tres cardenales, dos profesoras y Christopher Olah, el cofundador de Anthropic, la empresa creadora de Claude que se está posicionando como alternativa ética. Al sentarse con él, el Papa también se posiciona políticamente a sí mismo como referente moral del nuevo mundo. “No podemos limitarnos a invocar la moralización de la máquina, la denominada alineación de la IA con los valores humanos, sin tener la valentía de poner una condición ulterior: la posibilidad de discutir el código ético que debe ser usado, sometiéndolo a criterios de justicia social compartida”, escribe en la encíclica. “De lo contrario, quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas. No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos”, continúa. La Iglesia está reclamando su sitio entre quienes están decidiendo la ideología del nuevo mundo. Dejaos de transhumanismo y poshumanismo, si la IA necesita que le digan qué está bien y qué está mal, nosotros tenemos 2.000 años de experiencia en ello, viene a decir.El mundo está tan desquiciado y estamos tan desesperados por una pizca de lucidez que una institución basada en lo irracional (la fe lo es por definición) nos parece sensata porque defiende con finura intelectual una justicia social básica. Bienvenidos sean los aliados, pero la Iglesia también tiene sus propios intereses, y en este momento extraño en el que Máquina y Estado buscan unirse en tantos lugares, echo de menos que todos los poderes estén bien separados.