En el programa de divulgación histórica de La 2 El condensador de fluzo siempre había un apartado dedicado a un año en concreto, que consistía en presentar los hechos acaecidos ese año a toda velocidad y en menos de un minuto. Si continuase en antena podrían hacer Bienvenidos a 1995 y la audiencia descubriría asombrada cómo se parecen los episodios de hace 30 años con la situación actual. El resumen de 1995 en menos de un minuto incluiría, seguro, escándalos como la detención en Laos del exdirector general de la Guardia Civil, Luis Roldán, la publicación de los “papeles del Cesid”, que obligó a dimitir al vicepresidente del gobierno, las revelaciones sobre la guerra sucia contra ETA, con el procesamiento del exministro Barrionuevo, el caso de los fondos reservados del ministerio del interior, la imputación del exgobernador del Banco de España por tráfico de influencias… Entonces, como ahora, el PP alentaba el progresivo ahogamiento de un gobierno que resistía a duras penas el alud de informaciones que iban apareciendo en la prensa conservadora (“el sindicato del crimen”), en una estrategia organizada con el objetivo de hacer caer al gobierno, como años después confesaría el director de ABC, Luis María Ansón, de esos años. Entonces, como ahora, el gobierno intentaba bracear a la espera de la mejora de los datos macroeconómicos que debía poner fin a la crisis postolímpica. Ironías de la historia, el entonces presidente, un tal Felipe González, se negaba a convocar elecciones, a pesar de su fragilidad parlamentaria y la evidente falta de oxígeno (por no decir descomposición) de su Ejecutivo. Nada nuevo bajo el sol, pues. Y ninguna perspectiva de mejora. Feijóo ha cambiado de rasante, ha dejado a un lado la impaciencia que lo ha consumido en estos tres primeros años de legislatura y parece dispuesto a esperar viendo como el Gobierno Sánchez se consume. No tiene ninguna intención de presentar una moción de censura. En primer lugar, porque no la ganaría. Pero también porque no tiene programa que presentar. Y si lo tiene, no lo quiere hacer público. Y, en cualquier caso, sabe que tendrá que negociarlo con los que seguro van a ser sus socios. Razón de más para no mostrar sus cartas. El líder del PP solo debe dejar que vaya haciendo su trabajo el galope de Gish, la táctica que utilizó en su cara a cara con Sánchez en la campaña de 2023: una avalancha imparable de acusaciones que el oponente no tiene tiempo de rebatir. Esta es la clave. Golpear, golpear incesantemente, no dar respiro. La acumulación y la rapidez, ese es el punto. Lanzar casos, sospechas, insinuaciones, infundios sin que importe realmente qué hay de verdad o de mentira en todo ello. Lo importante es crear una sensación de ahogo, de caos, de descomposición contra la cual es inútil acudir al fact checking o intentar cambiar el frame. Solo cabe la rendición incondicional, según Feijóo. O la épica del Álamo sanchista. O como dicen que dijo Cambronne en Waterloo: Merde!.