No es el mejor festival del mundo, porque existen otros, más o menos voluminosos en cantidad de películas que se proyectan, que pueden resultar más placenteros y edificantes, pero nadie puede desmentir que el Festival de Cannes es el más poderoso: quienes lo organizan tienen todo a su disposición. En él se escribe la agenda del cine contemporáneo (de autor) y se delinean las poéticas hegemónicas del cine contemporáneo, como también se consagran cineastas y las películas que obtienen premios encuentran salas por todas partes. Cannes es visibilidad y legitimidad.Como suele pasar, las 22 películas en competencia constituyen el núcleo de atención. La Palma de Oro evoca gloria y glamour. Pero para atenuar la magia de esa condecoración, basta recordar que películas como El triángulo de la tristeza o Dheepan son algunos de los títulos premiados recientemente. La ganadora de este año no es ni por mucho la mejor de la competencia, pero sí es un poco más interesante que las nombradas recién. Ya ocasionó debates en Cannes durante el estreno, y en Rumania, como sucederá acá, dividirá a cinéfilos y críticos. ¿Por qué Fjord llama a la controversia?Es la segunda vez que Cristian Mungiu obtiene el máximo premio. En el 2007, fue con 4 meses, 3 semanas y 2 días, un ominoso relato sobre el aborto clandestino en tiempos de Nicolae Ceausescu. Al cineasta le interesa la provocación moral, y en Fjord pone en escena la disputa legal entre un acérrimo matrimonio cristiano (él rumano, ella noruega) y el Estado noruego respecto de la tenencia de sus cinco hijos, después de que una profesora de la escuela advirtiera marcas en la nuca y el hombro de la hija adolescente y los denunciara ante una agencia gubernamental de protección al menor.Mungiu ha dicho que él solamente se ha atenido a representar una situación moralmente incómoda, pero no hace falta ser un exégeta entrenado en Oxford para detectar la asimetría entre las caracterizaciones de los miembros de la familia y los distintos funcionarios del Estado noruego. Los matices y la humanidad de los primeros son ostensibles; los segundos, son íntegramente monstruos. Después de ver acríticamente Fjord el veredicto es unívoco: el Estado moderno ha sido coaptado por una secta progresista dogmática e implacable. Quien no se ajuste en su modo de vida a los parámetros de la vida secular conocerá las consecuencias. A quienes le conceden a la película una presunta ecuanimidad, es pertinente señalarles algo más, algo que pasa en el desenlace: una adolescente camina sobre el agua. Evocar al Altísimo para concluir un cuento moral no tiene nada de neutral; es el último gesto manipulador de un relato ofrecido en bandeja a las perspectivas reaccionarias que se expanden por el mundo.En la selección oficial había películas notables. Paper Tiger, de James Gray, transcurre en Queens, Nueva York, en 1978. Es un relato familiar sombrío, en el que dos hermanos se involucran en un negocio con la mafia rusa; se pueden adivinar las consecuencias. Pero lo que importa no es la trama, sino el entramado afectivo y cómo se muestra. Gray es capaz de despedirse de un personaje haciéndolo desaparecer tenuemente en las sombras mientras baja la escalera de su casa. Algo similar, acaso todavía más trascendental, ocurre cuando Adam Driver se esconde entre los maizales en los suburbios de Queens y los rusos intentan asesinarlo. Es un instante sublime, indeleble.Otra maravilla es la nueva de Ryûsuke Hamaguchi (Drive my Car). Se llama Soudain, su relato tiene como escenario París y se centra en lo que sucede en un hogar de ancianos con Alzheimer en el que se ha adoptado un método terapéutico que implica el compromiso de los médicos, enfermeros, asistentes, familiares y pacientes por igual. En el momento cuando la persona que tiene a cargo la institución se encuentra con una directora de teatro japonesa, Hamaguchi introduce una deriva que implica una indagación sobre los criterios de normalidad, una meditación filosófica sobre los límites del capitalismo actual y un viaje a Kioto que corona una amistad. Fue la gran película de esta edición.Otros títulos valiosos fueron Das geträumte Abenteuer, de Valeska Grisebach, y Fatherland, de Paweł Pawlikowski. La primera es un inclasificable relato que transcurre en zonas rurales de Bulgaria, cuya protagonista, una arqueóloga, sirve como nexo para entrever qué pasó y qué sigue pasando en esa región tras el final del comunismo. La de Pawlikowski se ciñe a recrear el regreso de Thomas Mann en 1949 a su país, tras años de exilio en Estados Unidos. Los encuadres del cineasta polaco son inconfundibles, como también el blanco y negro que suele definir cromáticamente sus películas (Ida; Cold War). Pero la interacción entre el escritor y su hija, y el duelo por el suicidio de Klaus Mann, otro hijo suyo, también escritor, son el corazón dolido de Fatherland.El cineasta argentino Federico Luis presentó Para los contrincantes, un cortometraje excepcional que sigue las reacciones de un niño boxeador antes, durante y después de subirse al ring. Es un prodigio humanista, un compendio de observaciones delicadas. Que haya ganado la Palma de Oro al mejor cortometraje de Cannes no debería ser ninguna sorpresa. En este caso, era oro puro.Y si de argentinos se trata, La libertad doble, de Lisandro Alonso, se exhibió en la prestigiosa sección paralela de la Quincena de los Cineastas (aunque bien podría haber sido parte de la competencia oficial). El reencuentro del cineasta con su personaje de La libertad... recibió numerosos elogios de la prensa internacional. En esta ocasión, el minimalismo poético del cineasta no lo privó de señalar las consecuencias que tienen ciertas decisiones políticas (los ajustes en la salud pública) sobre tantas personas invisibles que viven en lugares perdidos del país. El hachero Misael, dadas las circunstancias, tiene que cuidar a su hermana, que ya no podrá estar hospitalizada. Responsabilidad por los otros y libertad personal no son incompatibles para ese hachero que ha devenido ícono del cine independiente argentino.PC
El Festival de Cannes y sus disputas morales
Entre premios consagratorios y grandes películas, el festival volvió a exhibir su poder para definir qué discusiones dominarán la conversación cinéfila de este año.Mientras Cristian Mungiu agitó debates con Fjord, una película de tesis moral conservadora, cineastas como James Gray, Ryûsuke Hamaguchi y Lisandro Alonso ofrecieron algunas de las experiencias más memorables del encuentro.El argentino Federico Luis hizo historia al ganar la Palma de Oro al Mejor Cortometraje con Para los contrincantes.















