Cuando quedan muy pocos films por proyectarse y la expectativa principal está puesta ya en quién ganará la consagratoria Palma de Oro (la ceremonia de clausura será este sábado 23), es tiempo de hacer los primeros balances. Cuando del principal festival del mundo se trata, toda valoración -además de inevitablemente personal, caprichosa y arbitraria- debe ser tomada como provisoria porque son tantos los títulos valiosos que se acumulan en 12 días que el banquete cinéfilo se convierte en gula, en una comilona voraz en la que es muy difícil distinguir los sabores, los matices, las múltiples facetas de su programación.

Muchos títulos que generan entusiasmos inmediatos pueden no resultar tan estimulantes con una segunda visión y, por el contrario, propuestas que despertaron una sensación de fastidio o irritación (el cansancio no ayuda) luego reciben una merecida revalorización y reivindicación. Además, como es imposible ver todo, varias de las sorpresas de Cannes se terminan recuperando días, semanas o meses después en otros festivales o cuando llega el momento de los estrenos comerciales (dato alentador: casi todos los largometrajes más importantes ya están comprados para su lanzamiento en la Argentina).