Hace diez años, el periodista y escritor Álvaro Colomer se enfrentó, junto a su pareja, a un fallido proceso de inseminación artificial que relata desde su punto de vista en In vitro. Una historia cultural de la destrucción de las mujeres.Despojado de dramatismo, Colomer aborda un libro que aúna aspectos que, sin una buena pluma, resultarían irreconciliables: objetividad, ironía, investigación histórica y unas mesuradas gotas de ternura. A cada experiencia personal, el autor contrapone una narración arquetípica derivada de la mitología, de la religión o de la historia que ilustran el afán del hombre por crear vida obviando a la mujer. Se abre así una camino hacia la reflexión exento de solemnidad.Puede interpretarse como “otro señor hablando de cosas de mujeres”(...) pero creo que a veces una mirada externa también puede iluminar zonas nuevasÁlvaro ColomerPeriodista y escritorEl atrevimiento de que un hombre de cincuenta años aborde un tema que atañe tan íntimamente al cuerpo de una mujer fue freno, en primera instancia, y, posteriormente, acicate para escribir sobre el proceso de inseminación desde un ángulo desconocido y, sobre todo, necesario.-¿Cuál era su objetivo al escribir In vitro?Yo diría que el libro tiene tres objetivos. El primero es contar una experiencia real de fecundación in vitro vivida en el seno de mi pareja hace diez años, una experiencia que me dejó profundamente impresionado por el modo en que la ciencia interviene sobre el cuerpo de la mujer. El segundo es mostrar la estupefacción de un hombre que descubre de forma concreta y física algo que muchas veces había leído de manera abstracta: hasta qué punto la sociedad y la medicina ejercen control sobre el cuerpo femenino, incluso con fines positivos. Y el tercero es reflexionar, a través de la historia de la ciencia y de la filosofía, sobre un viejo deseo masculino: separar la creación de vida de la mujer y apropiarse de la maternidad.Ha comentado que temía la reacción que pudiera tener un libro narrado en primera persona por un hombre tratando el proceso de una inseminación in vitro. ¿Eran miedo fundados?Claro que tenía miedo. Soy un hombre de cincuenta años y era consciente de que podía interpretarse como “otro señor hablando de cosas de mujeres”. Por eso, antes de escribir el libro, hablé mucho con mujeres, varias de ellas feministas y escritoras como Mar García Puig, Irene G Punto, Luna Miguel, Lea Vélez o Paula Bonet, y no solo me animaron a hacerlo, sino que compartieron conmigo experiencias muy valiosas que acabaron entrando en el libro. Yo creo que a veces una mirada externa también puede iluminar zonas nuevas. Igual que sería interesantísimo que una mujer escribiera un gran libro sobre la disfunción eréctil masculina, porque seguramente vería cosas que nosotros no vemos. Mi impresión es que el libro aporta un enfoque poco habitual sobre la fecundación in vitro, y estoy contento de haber asumido ese riesgo.Lee también¿Cómo vive un hombre un proceso que puede cambiar su vida pero en el que solo puede ser un observador?Creo que muchos hombres vivimos de espaldas al cuerpo real de la mujer. Lo vemos como objeto de deseo, pero no queremos enfrentarnos a su dimensión biológica, viscosa, vulnerable o incluso dolorosa. Durante el proceso de fecundación in vitro me di cuenta de que existía en mí mismo cierto reparo aprendido, algo muy antiguo y cultural, relacionado con el miedo masculino al interior del cuerpo femenino. En el libro hablo incluso del mito de la “Eva repulsiva”, un relato de los exégetas en el que Adán rechaza a una mujer creada ante sus ojos porque ha visto sus vísceras y su carne desde dentro. Creo que muchas reacciones masculinas siguen naciendo de ahí, de una mezcla de fascinación y miedo. Y la fecundación in vitro obliga al hombre a mirar de frente todo eso.El tabú en torno a la inseminación artificial tiene mucho que ver con la visibilidad de los fracasosÁlvaro ColomerPeriodista y escritorHace diez años, el periodista y escritor Álvaro Colomer se enfrentó, junto a su pareja, a un fallido proceso de inseminación artificialMarta Calvo¿Cree que todavía hay cierto tabú al hablar de la inseminación in vitro?El tabú en torno a la inseminación artificial tiene mucho que ver con la visibilidad de los fracasos. En la reproducción natural, una parte importante de los embarazos no llega a término en fases muy tempranas y, al no estar monitorizados, muchas veces ni siquiera se perciben como abortos. En la fecundación in vitro, en cambio, todo está seguido de cerca y cada detención del desarrollo embrionario se vive de forma consciente, casi con nombre y fecha. Eso genera una sensación de acumulación de pérdidas que en la vida “no asistida” queda difuminada. A esto se suma un factor social: el silencio recomendado en muchos casos para evitar la exposición emocional de la mujer ante miradas de pena o juicio. El resultado es un doble tabú, médico y cultural, que distorsiona la percepción real del proceso.Pese a tratar un tema complicado, su libro tiene momentos de humor. Por ejemplo, ¿cómo se imaginaba que eran sus espermatozoides?Hay una parte del libro en la que el humor aparece casi solo, porque el imaginario sobre los espermatozoides es, en el fondo, bastante ingenuo. Durante siglos se ha construido una especie de relato casi épico en el que el espermatozoide es un “yo en miniatura” que compite, nada y conquista, mientras el óvulo espera como un escenario pasivo. Pero eso no se sostiene: ambos aportan el 50% del material genético y la fecundación es un proceso mucho más simétrico y complejo. Esa fantasía viene de muy atrás, de lecturas aristotélicas y de una tradición cultural que ha tendido a masculinizar el origen de la vida, como si todo el protagonismo fuera del principio activo masculino. El resultado es una imagen bastante caricaturesca, que el libro intenta desmontar con cierta ironía.¿Qué descubrió que desconocía sobre la anatomía femenina durante el proceso?Durante el proceso he descubierto muchas cosas que desmontan la imagen simplificada que solemos tener. Por ejemplo, las trompas de Falopio no están situadas “a los lados” como en los esquemas escolares, sino más hacia la parte posterior, y además no están conectadas directamente al ovario: hay una mínima separación. Eso hace que, cuando el ovario libera el óvulo, este quede literalmente a la deriva durante unos instantes y sea la trompa la que se aproxima, se flexiona y lo captura, en un gesto casi activo. Si ese encuentro no se produce, el óvulo se pierde y se reabsorbe, sin dramatismo, como parte del ciclo natural. Y también he descubierto que en el lado masculino el relato de la competición entre espermatozoides es bastante engañoso: más que una carrera individualista, hay procesos de cooperación en los que unos abren camino para otros. Todo esto cambia la forma de entender la reproducción, porque rompe tanto el esquema pasivo-activo como la narrativa competitiva que solemos proyectar sobre la biología.Fantasea con la idea de un embarazo extrauterino en el futuro. ¿Cómo imagina esa humanidad?No hay prácticamente ninguna narrativa de ciencia ficción que no acabe imaginando, de un modo u otro, que los embarazos terminarán ocurriendo fuera del cuerpo. Hace diez años, cuando empecé a trabajar en el libro, la investigación en gestación extracorpórea ya había avanzado mucho en el mundo animal, aunque todavía no era viable en humanos. No sé hasta qué punto hoy estamos más cerca de ese umbral, pero tengo la sensación de que la tecnología avanza más rápido de lo que se verbaliza públicamente. Si eso llega a consolidarse, no será un cambio médico más, sino una transformación cultural de enorme alcance: cambiarán las ideas de familia, de vínculo y también la noción de propiedad simbólica de los hijos. Hoy, de algún modo, esa relación está muy marcada por la experiencia corporal de la maternidad, pero si la gestación se externaliza, ese eje se desplaza. El subtítulo del libro apunta precisamente a esa tensión: la posible reconfiguración —o pérdida— de una de las experiencias fundacionales de lo que hemos entendido históricamente como “lo femenino”.Háblenos de la fantasía de los hombres, a lo largo de la historia, por crear vida sin intervención femenina. ¿Cuáles son los casos más remarcables?Es una fantasía recurrente en la historia cultural: la idea de que el hombre puede generar vida sin mediación femenina aparece una y otra vez bajo formas distintas. En la mitología griega, por ejemplo, está el caso de Atenea, que nace de la cabeza de Zeus tras la ingestión de Metis, una imagen que ha alimentado esa imaginación de generación “autónoma” masculina, aunque en realidad sigue habiendo una figura femenina previa. En la tradición religiosa y simbólica hay lecturas que interpretan ciertas arquitecturas o formas culturales como alusiones al cuerpo femenino, igual que en la filosofía y el arte han aparecido figuras como Pigmalión, donde la vida surge de la materia moldeada por el varón. En la Ilustración, con los autómatas, y más tarde en la robótica, se intensifica esa aspiración de fabricar vida o inteligencia a partir de lo inerte. Incluso hoy, con la inteligencia artificial, vuelve a aparecer esa misma pulsión de crear algo “vivo” sin recurrir al origen biológico tradicional, aunque cada época le da su propio lenguaje y sus propias herramientas.Si alguien estuviera a punto de pasar por un proceso de inseminación en vitro, ¿qué le diría?, ¿le recomendaría su libro?Solo si es una persona que vive en su cabeza. Si es una persona que vive en su propio estómago, le diría que lo lea después del proceso de inseminación.
Los hombres ante el tabú de la inseminación: “Hay un miedo masculino al interior del cuerpo de la mujer”
A raíz de una experiencia personal con la 'fecundación in vitro', el periodista y escritor Álvaro Colomer aborda desde un ángulo desconocido un tema que atañe íntimamente al cuerpo femenino












