El jueves pasado estuve mirando una imagen del aparato reproductor femenino en Internet. Era una ilustración similar a la que había visto en los libros de ciencias naturales. En realidad, no recuerdo haberla visto, pero, como tantas otras cosas, asumo que la experiencia colectiva también se vuelve propia. Las trampas que nos hacemos para no sentirnos tan solas. Amplié la imagen buscando un detalle del que me había enterado hace poco: las trompas de Falopio no sujetan los ovarios, sino que los ovarios están suspendidos, como nadando. Y las fimbrias, esos tentáculos tan monos que se abren al final de las trompas y que parecen los deditos de un ajolote, se mueven para coger el óvulo. Pensé: “¿Cómo puede ser que no sepa nada de vosotras, queridas fimbrias, y que, sin embargo, estéis en el centro de algo que preocupa tanto y cuesta tanto dinero?“.Hay mujeres que han pagado, que están pagando, entre 4.000 y 8.000 euros para preservar su fertilidad. No puedo dar los datos concretos de cuántas mujeres son porque el mercado de la reproducción asistida es opaco, porque hay una ley obsoleta y porque el Ministerio de Sanidad tiene un buen merengue en torno a este asunto. Lo que sí sabemos es que el 70% de las vitrificaciones de óvulos se hacen por motivos sociales y que las mujeres se están gastando gran parte de su salario en posponer la maternidad: porque no lo tienen claro, porque no tienen pareja o porque no pueden. Y no pueden porque la vida es cara, porque conciliar es una utopía y porque la vivienda está imposible.La sociedad ha asumido con total naturalidad que sean las mujeres las que financien a los niños del futuro a través de la congelación de óvulos. Hace tiempo que la libertad femenina camina de la mano del mercado y, con ella, la compra de la vergüenza y el silencio. Muchas no dirán que están congelando óvulos, tampoco que años más tarde tendrán que pagar otros miles de euros más por un tratamiento de reproducción asistida y que, en algunos casos, deberán recurrir a óvulos de donantes. Porque hay otra cosa de la que se habla poco: las clínicas no suelen explicitar que la ovodonación es más común de lo que parece y muchas parejas viven esos límites como un fracaso íntimo, un “duelo genético”, que se llama. Tener hijos con óvulos de otra persona ocupa un lugar importante en la reproducción asistida en mujeres de mayor edad. Y también forma parte de la economía de pagar y seguir pagando hasta límites insospechables, hasta que las técnicas no puedan más. Porque, seamos claras, quienes están teniendo hijos tarde son quienes tienen más recursos para ello. Y que haya tenido que ser Núñez Feijóo quien planteara que la congelación de óvulos debería financiarse públicamente dice bastante del pánico que tiene la izquierda a la hora de tocar temas relacionados con la natalidad. Viendo que sostener la fertilidad es una responsabilidad privada y femenina. Que el mercado y la reproducción son indisolubles. Que la mayoría de las interrupciones voluntarias del embarazo siguen realizándose en centros privados, aunque muchas estén financiadas por la pública mediante derivación. Que los gobiernos progresistas celebran haber eliminado los días de reflexión obligatorios mientras, en la práctica, muchas mujeres se los siguen comiendo igual porque las derivaciones tardan días en tramitarse. Viendo que seguimos teniendo una ley de reproducción asistida anterior a la expansión de las técnicas de vitrificación. Que no existe un banco público de gametos (óvulos y semen). Que el origen genético no queda incorporado en el historial clínico de los hijos nacidos mediante donación. Que las donantes de óvulos no cuentan con un sistema de seguimiento público que permita estudiar de forma exhaustiva los efectos a largo plazo de la estimulación ovárica repetida. Que el mercado de la donación compensada (por no decir “venta”) de gametos sigue articulándose fundamentalmente a través del sector privado porque no existe una estructura pública similar a la Organización Nacional de Trasplantes. Que, además, los hospitales públicos adquieren gametos a bancos privados mediante licitaciones.Y viendo que algunas comunidades gobernadas por el PP han ampliado el acceso a la reproducción asistida hasta los 45 años sin acompañarlo de una conversación pública sobre las posibilidades reales de maternidad con óvulos propios a esa edad. Viendo todo esto, creo que voy a congelarme el aparato reproductor entero. Pero por partes.Primero meteré todos mis ovocitos en una cámara frigorífica. Luego el útero. Después, el endometrio y el miometrio. Seguiré con el cérvix, la vagina y el cuello uterino. Y, por último, la joya de la corona: las fimbrias. Me gastaré miles y miles y miles de euros en preservar todo en pequeñas urnas de cristal transparentes que colocaré en la librería del salón, entre los libros, para verlas todos los días y recordarles que valen más que mi lavadora, que mi proyector, que cualquier objeto de esta casa. Que valen más que la biología, que el tiempo, que la vida.