En algún lugar de Kiev, en un campo de entrenamiento militar, un grupo de adolescentes patriotas practica ejercicios militares bajo la atenta mirada de instructores del ejército.

El más joven tiene 14 años.

Vienen aquí cuatro o cinco veces por semana después de hacer la tarea y afirman con convicción estar listos para reemplazar a los caídos. “Nuestros hombres no son infinitos.

Alguien tiene que sustituirlos”, dice Danylo, de 18 años, con sus ojos color esmeralda enmarcados por un pasamontañas caqui.

Al otro lado de la ciudad, un joven de 28 años mira fijamente las paredes de su refugio, confinado y aislado digitalmente desde que evitó el servicio militar obligatorio en febrero.