Ucrania se juega aquí su futuro. Winnie, su pasado. Por eso no le tiembla el pulso cuando levanta la escopeta para disparar a un dron trampa oculto en el camino. “Escóndete en los arbustos”, grita recargando. Tampoco duda cuando persigue a soldados rusos hasta la muerte. Su nombre de guerra y su foto de WhatsApp son los de un osito de peluche. Su nombre real, Viktor. Y aunque parezca una broma, la posición bajo tierra en la que ‘caza’ sin descanso a los hombres de Vladímir Putin se llama Colmena. Pero Winnie no está obsesionado con la miel ni las abejas. Su único objetivo es frenar al enemigo que le robó su tierra. “Soy de la región de Lugansk, me quitaron la casa y todo lo que allí tenía. Mi trabajo es matarlos Hacerles entender que Ucrania no es suya. ¿No lo comprendes? Muy bien, yo seguiré aquí para que no avances”, dice sin separar los dedos del joystick ni alzar la voz. Foto: Fermín Torrano. En la pantalla, tres rusos corren. Huyen al oír el zumbido de las hélices sobre sus cabezas. Salir del bosque para avanzar por carretera es un error que puede costarte la vida en un frente radiografiado desde el aire. Winnie prepara la aeronave para descender como un halcón persiguiendo a su presa. A 60 km/h, empieza la caída. La pantalla se vuelve negra. “Hijos de puta. No me jodas”, grita quitándose las gafas que le permiten volar y ver como un pájaro. Winnie (32) revisa la grabación con Vlad (25) e Iván (45) a su lado, los tres militares con los que El Confidencial pasará bajo tierra los próximos tres días. Un cuarto soldado ruso que no habían visto es el que derriba la aeronave a golpe de fusil tumbado en la maleza. Sin tiempo para pensar, abren el micrófono en Discord gritando las coordenadas y mandan el vídeo por WhatsApp para que “el enemigo no escape”. Parece un grupo de amigos jugando a la PlayStation. La única diferencia es cuando te eliminan; la partida no empieza de nuevo. Estas son las puertas del Donbás y cada metro que Moscú araña es un problema. En lo militar, el avance ruso en el eje de Lyman-Yampil-Siversk amenaza con envolver los dos únicos bastiones que siguen siendo habitables en el cinturón defensivo de Donetsk: Sloviansk y Kramatorsk. El año pasado, Rusia enfocó su ofensiva en el sur del Donbás, avanzando sobre la destruida Pokrovsk. Pero la ofensiva no logró sellar los objetivos de Moscú y, por primera vez desde 2023, las fuerzas ucranianas han recuperado pequeñas bolsas de territorio. Iván ata con bridas la carga explosiva del dron de fibra óptica. Sus hijos de 15 y 9 años, en Canadá, llevan cuatro sin verle. Foto: Fermín Torrano. Vlad, en la posición bajo tierra desde la que trabaja, a apenas 4 kilómetros de la línea del frente. Salir y entrar (rotaciones) de la guarida es el momento más peligroso del turno. Foto: Fermín Torrano. Organizaciones de monitoreo han documentado ganancias netas para los ucranianos en febrero, marzo y abril. Apenas unos pocos kilómetros cuadrados, pero suficientes para cambiar la dinámica en el campo de batalla, algo que cristalizó en el "desfile de la humillación" del 9 de mayo en Moscú, y la visceral respuesta de Putin sobre Kiev de las últimas semanas. Y en el frente de batalla, pese a las informaciones de que Putin quiere poner fin a la guerra, las tropas rusas siguen lanzando asaltos, desplazando ahora sus esfuerzos hacia la puerta norte del Donbás. El último muro. Es un problema también político; porque si Rusia gana unos kilómetros más, los cañones podrían sumarse al castigo de drones y bombardeos aéreos, reduciendo a escombros las ciudades y el escaso valor que pueda quedarles en la mesa de negociación. “Ya no hay manera de esconderse”, reconoce Vlad, preparando la siguiente aeronave. “Antes, la kill-zone era de 5-10 kilómetros. Este año ya son 15 y pronto serán 20”. Ahora, en algún lugar cerca de Yampil, estamos a menos de cuatro de la avanzadilla rusa. "Abril, 288 drones derribados" Por eso, Rusia se beneficia ahora del mismo bosque que le frenó durante tres años. Los pinos dan cobijo a la infiltración de pequeños grupos de uno, dos y tres militares que obligan a los ucranianos a retroceder. La clave para frenarlos: drones de fibra óptica. Su hilo casi invisible, de hasta 25 kilómetros, los vuelve inmunes a la guerra electrónica y mantiene la conexión bajo las copas de los árboles, donde el kamikaze convencional se queda ciego. Así es como la caza continúa aquí. —¿No hay ni una pizca de compasión? —La gente vivía en paz, trabajaba, no molestaba a nadie... y de repente unos desconocidos llegan y dicen que vienen a “salvarnos”. Siento... odio. Odio hacia esas personas que están destruyendo nuestras vidas. Vlad fuma y descansa durante la caminata de ocho kilómetros hacia su posición. La proliferación de drones ha convertido muchas rotaciones en largas marchas a pie. Foto: Fermín Torrano. Pero pilotar tan cerca del enemigo tiene un precio. El riesgo de ser observado en las rotaciones o cada vez que asomas la cabeza bajo tierra. A veces para recoger los drones que llegan en reparto dentro de robots terrestres. Otras, para despegarlos. De vez en cuando, también para ir al baño. Para dificultar la detección y reducir las pérdidas, Kiev distribuye a sus militares en pequeños subterráneos de 2 o 3 soldados. A unos cientos de metros de la Colmena está el Casino. Un habitáculo con una cama, una mesa, un billete dorado de 100 dólares enmarcado en la pared y una lista: "abril, 288 drones derribados". Zorro (29) sonríe. “La esencia de mi trabajo es salvar vidas. Proteger la logística y las rotaciones de tropas para que la línea del frente siga viva”, explica, chocando en el cielo su dron kamikaze contra un dron ruso. “Todo se resume en detectar y destruir. Destruir y detectar. Sin descanso. Y si queda tiempo y fuerzas… quizás comes”. Winnie descansa entre misión y misión 'cazando' rusos. Foto: Fermín Torrano. Winnie prepara la cena. Con el aumento del peligro, las rotaciones se han estirado, obligando a pilotos e infantería a pasar más tiempo en la posición. Foto: Fermín Torrano. Él intercepta Molnyas, aeronaves rusas fabricadas en masa. Con forma de asa metálica de maleta de viaje y contrachapado en las alas, fueron diseñadas en 2024 para golpear objetivos a 30 o 50 kilómetros a un bajo coste. Pero Moscú los utiliza ahora para todo: infantería, blindados o demoler búnkeres improvisados como este. Para Zorro, el riesgo merece la pena. Incluidos los 8 kilómetros que recorremos a pie para entrar y salir de las posiciones a plena luz del día. Un camino con redes antidrones que solo protegen los primeros pasos y esqueletos de coches y robots terrestres calcinados que nunca alcanzaron su destino. También hay kilómetros y kilómetros de fibra óptica colgando de árboles, casas destruidas y postes que ya no dan luz. Como una enorme telaraña que brilla cuando sale el sol. La unidad ha pedido no publicar las fotografías de la travesía a pie, por motivos de seguridad y la facilidad con la que hoy día puede geolocalizarse cualquier referencia espacial del Donbás. Zorro, en el Casino, posa de uniforme. Antes de ver la cámara, llevaba un bañador con estampado de flamencos. Foto: Fermín Torrano. “Mucha gente no se da cuenta de que, si no paramos al enemigo en esta región, seguirá avanzando. Y entonces la pregunta será: “¿Qué hacemos cuando llegue a casa?”, dice Zorro, mostrando con orgullo los insultos y penes que los rusos le dibujan en las alas de los Molnyas. Él nació en Ternopil, a 900 kilómetros del frente, fue voluntario y habla ucraniano. El compañero que carga la munición en los FPV, sin embargo, es de Lysychansk, fue reclutado y habla ruso. "War, connecting people", bromea. —¿En tu entorno comparten tu decisión? —Cincuenta-cincuenta. He perdido a muchos amigos porque nuestra visión del mundo ha cambiado. No entiendo cómo pueden estar tranquilos, pensando en una ruptura o un trabajo. ¿Qué trabajo? ¿De qué estás hablando? Alístate o sé un civil que trabaja por la victoria. Lo demás, para mí, no tiene sentido. *** Con la punta de los dedos, Winnie cuela el dron entre los árboles. Vlad está a su derecha, vaper en mano, soltando humo e insultos por la boca, mientras observa la pantalla. Un cuadro de la Virgen les vigila en la pared. —Sigue, está justo enfrente. ¡Ve a por él!– pide Vlad, retorciéndose en la silla. —¡Joder! ¡Lo he reventado! — celebra Winnie, con los brazos en alto. Los dos aplauden y sonríen. La ilusión no se rompe ni al darse cuenta de que el vídeo —un sistema obligatorio para verificar las bajas en el ejército ucraniano— no se ha activado. Por suerte, un Mavic con cámara térmica que vigila a 200 metros de altura ha grabado el ataque. Primero, el cuerpo explotando. Después, un brazo inerte. Y entonces vuelve la rutina: preparar más drones, cocinar en el camping gas, ducharse con toallitas húmedas y tumbarse en silencio a scrollear redes sociales hasta la siguiente misión. Cuatro gatos recién nacidos lo rompen maullando en las literas. La artillería rusa golpea fuera. Foto: Fermín Torrano. Foto: Fermín Torrano. “A veces también hablamos, bueno, más bien compartimos nuestros deseos. Fantaseamos", reconoce Winnie. Los más jóvenes con viajar al extranjero y conocer a chicas bonitas. Iván, de 45 años, con ganas de ver a su familia –refugiada en Canadá desde 2022— de nuevo. La guerra de Ucrania es un lugar donde puedes matar a un enemigo, celebrarlo y, un minuto después, hacerle reír en vídeo a tu hijo. "Hay momentos de fatiga, especialmente cuando mueren amigos. Pero esta es mi misión”, confiesa Winnie. "Claro que quiero una familia, mi propio apartamento, un rincón… trabajar tranquilo, volver a casa, ver a los niños, a mi esposa, tener el día libre, descansar y hacer una barbacoa. Pero tenemos un vecino de mierda que, por desgracia, nos ha quitado todo esto”. Vlad levanta dos dedos en forma de cuerno y agita la mano. Todo listo. En la pantalla, otro dron despega. *** Unos pocos días después, Zorro manda un mensaje. Los rusos han descubierto una posición vecina que expone toda la cadena de búnkeres. Por suerte, ningún soldado está herido. "Nos fuimos a tiempo”, escribe en WhatsApp "El Casino siempre gana:)".