Lo que empezó siendo un laboratorio gastronómico del Caribe se convirtió en uno de los mejores restaurantes del mundo. Una propuesta que regresa la mirada al territorio y que le ha merecido a Jaime Rodríguez, su chef, decenas de reconocimientos que solo lo empujan a seguir haciendo lo que ama: crear.

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Sábado por la noche en Getsemaní, en la calle del Espíritu Santo. Hay, como siempre, bochorno: un aire denso que amainará más tarde pero que ahora mismo, por poco, sofoca. Nadie, sin embargo, parece notarlo: la acera está vacía y la fiesta –la gente bailando y bebiendo en pasadizos estrechos, toda esa alegría– ocurre en otro lugar. Lo que sí resuena es el azul de una fachada, un klein que vibra incluso debajo de la luz tenue de un farol y que tiene incrustadas nueve placas doradas, que fácilmente podrían duplicarse en un par de años: Latin America’s 50 Best Restaurants 2019, 2020, y así hasta dar con The Best Chef 2024. Entonces, una mujer atraviesa la calle, detalla la casa, y dice, antes de desaparecer, con ese acento caribe: “El Celele… sí, está en remodelación”. Y efectivamente lo está.

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“Un plato no empieza en la cocina, sino en el territorio. A veces nace al descubrir un ingrediente nuevo; otras, de una conversación con una portadora de tradición, un agricultor, un artesano. Mi cocina en Celele reúne todos esos aspectos, aunque no siempre un plato los contiene al mismo tiempo”, dijo Jaime Rodríguez.