Imane Rachidi |
La Haya (EFE).- No hay armas, pero sí puertas blindadas, un libro de Pérez-Reverte, películas, partidas de mesa empatadas y, en la cocina común, un salmón descongelándose junto a una sartén sucia: así transcurre la vida cotidiana en el Centro de Detención de la Corte Penal Internacional (CPI), donde aguardan juicio algunos acusados de los peores crímenes del planeta.
Está dentro de un edificio gris de Scheveningen, barrio costero de La Haya (Países Bajos), y se accede atravesando varios controles de seguridad: el pasaporte se revisa dos veces, los aparatos electrónicos están prohibidos -incluido relojes inteligentes- y todo debe quedar en taquillas antes de pasar por escáneres y puertas blindadas que se abren una a una.
Uno de los pabellones del Centro de Detención de la Corte Penal Internacional (CPI) EFE/Corte Penal Internacional
«Esto no es Guantánamo»















